Al modo de los ríos
El dios que ve el futuro esconde el desenlace en una noche espesa; ordena las cosas del presente con ánimo sereno; el resto es arrastrado al modo de los ríos.Y si un mortal se angustia más de lo debido, ríe. Horacio
1.
Y claro, si el cafetín de Discépolo era la universidad,
la esquina,
el espacio mítico de la cita con la primera barra,
la iniciática,
la fraternal,
fue la escuela primaria.
Y desde allí,
desde aquel arcano,
cualquiera fuera el lugar del mundo
o del tiempo
en el que estuviéramos (estemos)
-atravesando como el grito de Tarzán la inmensidad de la selva-
siempre nos llegaba (nos llega)
su reclamo.
Puerta a los descubrimientos abismales, la vida.
Velo de las confesiones,
Coincidencia de las elecciones que creímos y
–cumplidas o traicionadas-
se probaron eternas.
Y seguimos allí:
Somos ese desconocido en algún sitio del hombre que somos.
Todos.
Quien sabe en que transcurso o en que estrella.
Pero todos.
2
Porque ya se consumió el cigarrillo del intervalo
y mi vecinita tiene los ojos de haber llorado
la primer cinta era de amor y tenía un final triste…
y aunque no lloro comparto su conjoga,
su anhelo
ese que ya va a pasar
pero que, por más vida que pase, no pasa
se queda a vivir,
con nosotros.
Veinte años no es nada, ya se sabe.
Ni treinta, ni setenta,
y cuando el cantor lleno de sueños
- se llama Alberto, como yo –
en un atardecer salpicado de melancolías y golondrinas,
retorna al principio de esta historia,
nos encuentra igualitos.
No faltan ni los que no están.
Y después
una leve caída de la luz y las voces y las risas
parecida a la lenta pero inapelable bajante de un río
nos arrastran a todos.
y con la misma discreción
-una a una- se borran las imágenes en las sabanas
de los viejos biógrafos.
Las del “Armonía” del Once.
Las del “Pablo Podestá” del Parque.
Las del “Cecil” de la calle Defensa.
Y se quedan los sueños
y a ellos
regresamos los que fuimos.
3
Y la primera es una que nos devuelve todo,
lo que el viento, año a año, se fue llevando,
hasta que
-al final-
la chica se enamora de King-Kong.
En la segunda descubrimos que la vecinita
(la de los ojos de haber llorado)
es Gene Tierney y nosotros Gardel,
consecuentemente, le robamos un beso.
En la tercera paseamos con Cyd Charisse por Central Park
¡Y qué livianos somos, qué ágiles!
bailamos en la oscuridad
¡Pero cuantos fuegos de artificio se disparan detrás de los párpados apretados!
¿Basta que un hombre cierre sus ojos
para que nadie, nada pueda alcanzarlo ni herirlo?
¿Quien fue el que dijo que allí sucede una invención tan poderosa como la vida
y que esa noche paulatina que instauramos es como un despegue
y que, entonces,
en las gastadas sabanas y en el alma
ocurre una historia
única?
4
Toda desmesura es lunar o lunática
también la ferocidad y la belleza
y la fugacidad
y hasta las leyes físicas, la lógica
y la pirueta peligrosa de cada día
y la porfiada rutina
pero sobre todo el porfiado amor
y, peor aún,
la fidelidad.
Entonces
desde aquel lejano aprendizaje
desde ese arcano
-convocados por el grito de Tarzán
y toda la química sagrada-
nos desconocemos absolutamente
como corresponde
a tan viejos y queridos
camaradas
26/27 de enero de 2010 (71 años)