Apenas el infinito


Ali Ahmad Said Esber, un poeta sirio que leo y releo maniáticamente, dice que “el mar no sabe bailar ni dormir más que desnudo”. Te pregunto: Vos que vivís tan cerquita del mar ¿Lo espiaste alguna vez por las noches?. Todo el amor, Buenos Aires, 4 de  enero de 2018   

….Lo que al final importa, es que un día cualquiera, en una playa cualquiera, uno de pronto se pregunta –las razones inquisitivas son misteriosas- por el azar, los accidentes, las combinatorias, que gota a gota, fueron haciendo la ola que, en ese preciso instante rompe contra el acantilado, o aquella otra, que se entrega a la dulce muerte de la arena.

Y así, con la misma naturalidad, entiende que eso tan fugaz -que apenas necesitó un segundo para suceder- fue gestándose durante millones de años. Ese descubrimiento es iniciático.

No importa la edad de quien lo percibe: marca el nacimiento de la consciencia de la fugacidad.

A mí me llegó en la adolescencia y desde entonces todo se precipitó: El tiempo se derramó como un aguacero.

Porque hasta ese anochecer en el que el mar me informó de la conspiración de las partículas de agua y del largo viaje de cada una hacia la reunión de todas, y de su estruendoso final, para mí no existía la historia.

Hablo del día de mi epifanía:

Como el Ambat nací del mar e, igual que el Ambat, permanezco exiliado en tierra firme, mirando el mar, es decir: mirándome a mí mismo.

La nostalgia del mar es la de la placenta, y la de los renacimientos.

Los míticos dioses del mar dispusieron poseer infinidad de palacios en las profundidades abisales, envueltos todos en un azul más profundo que el de la tinta china y custodiados por esa raza de criaturas bellas y voraces que reproducen los  sueños de los ahogados.

Y estos palacios, así lo dispusieron en sus mitologías, eran estancias inconmensurables en los que se preservaban los tesoros de los naufragios, pero, ya se sabe, todo el mar es un espejo multiplicador y el truco se develó: Todos los palacios se demostraron un solo e infinito palacio, de fosas, oquedades y gargantas lujosas y contiguas: El propio mar océano.

La nostalgia del mar del que fuimos expatriados, es la del misterio vislumbrado por un solo segundo.

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