Carta sobre la ida y la vuelta

Buenos Aires, Junio de 2015

Querido Andrés, intento contestarte simple y llanamente, pero tus preguntas me resultan difíciles. Quizás por eso brillaron por su ausencia en  nuestros contactos  anteriores.   Releyendo, advierto que todo quedó bastante confuso e insoportablemente subjetivo. También  me hubiera gustado un poco más de síntesis, pero no la logré. Me enredé demasiado.

En fin:

Volví a la Argentina en diciembre de 1993. Un mes antes de que se cumplieran los 18 años del anochecer imborrable en el que, mirando por la ventanilla del avión como quedaba atrás, le dije adiós,  a Buenos Aires. Creo, Andrés, que ya  te había contado que, por razones de seguridad, viajé sin mi mujer y mis hijos. Ellos se  reencontraron conmigo en Madrid unos meses más tarde. Me parece que no hace falta entrar en detalles sobre  mi estado de ánimo. Sin embargo, pensaba  firme y sinceramente  (o por lo menos de eso trataba de convencerme) que el exilio no iba a ser largo. De hecho, cuando estuve en condiciones de escribir mi primera obra –“El mejor bailarín de  jazz americano”- incluí una escena en la que, un 31 de diciembre, los protagonistas brindan al modo  de los judíos de la diáspora, suplantando la palabra  “Israel” por “Buenos Aires”: “El año que viene en Buenos Aires”. Y chocan las copas.

Eso de “cuando estuve en condiciones” se debe a que llegar e instalarme en Madrid, de ninguna manera significó aterrizar realmente, eso me llevó  mucho más tiempo.  Durante por lo menos un año  me encontré en un “no lugar” o,  más exactamente: No me encontré. Seguí estando en el espacio del que “físicamente” me había ido, allí permanecía mi memoria entera e, incluso,  mis herramientas.  Un ejemplo: si alguna vez supo  algo de alguna cosa (poesía, teatro, lingüística o lo que sea)  el Alberto que había bajado en Barajas  no lo había incluido en su equipaje.

Yo tenía 36 años, es decir, aún era joven y, aunque  por entonces en Buenos Aires  empezaba a disfrutar de algún reconocimiento profesional, de ninguna manera se me podía considerar una figura importante. Quiero decir que quien llegó conmigo a Europa, no era ni un Alterio ni un  Citrinowsky, sino un casi perfecto desconocido. Existía otro agravante: Ni siquiera yo me reconocía.

La por entonces esposa de Norman Briski, una psicoanalista francesa,  Marie Pascal, me ayudó extraordinariamente. Entre ella y el inolvidable Armando Bauleo (gran colaborador de Pichon Riviere y Maria Langer, al que tanto le debemos los exiliados argentinos y, en general toda la psiquiatría española) me  dieron una mano importante y poco a poco empecé a salir del pozo.

Después llegó lo que, me parece, vos ya conocés por entrevistas personales y mails cruzados, mi incorporación  a los circuitos teatrales (especialmente españoles)y preferentemente alternativos, la fundación del Teatro Estudio de Madrid,  la militancia en los organismo de solidaridad (Casa Argentina, Centro Argentino, CADHU, Cosofam, Coordinadora, etcétera) y, paralelo a eso, mi integración (que nunca fue asimilación, pero sí adecuación y reconocimiento)  al país receptor, el crecimiento familiar y sentimental  (lo que significó, amigos y colaboradores entrañables, hijos que pasaron de adolescentes a adultos en países que también consideraron propios (el también es porque, más allá de que la mayor parte de que sus vidas transcurrieron en otras geografías (Alejandro, el mayor, vive desde 1984 en Canadá)   siguen, en lo esencial, sintiéndose argentinos y, así,  toda la secuencia:  nietos, bisnietos, etc.

Todo esto es para que te quede claro que la decisión del retorno no era moco e´pavo. De hecho nunca la tomamos, por lo menos literalmente, nunca dijimos “Está decidió; volvemos”.

Hay un hecho sugestivo: especialmente por razones de trabajo viajamos a bastantes países, pero nunca nos acercamos para estos lados ni siquiera para visitar a la familia o a los viejos amigos. No parecía deliberado, no era deliberado, es más,  nunca, después del retorno de la democracia, dejamos de decirnos  que  en cualquier momento íbamos a hacerlo,  pero la cosa se iba prolongado y ahora, por fin,  admito que el ir postergándolo no fue casual. Es que coincidían, se atraían y se repelían una gran necesidad y un gran rechazo, una idealización (Alberdi decía que el exiliado reinventa el país que dejó, lo imagina según lo desea) y un nunca expresado  rencor. Es difícil olvidarse que tu país alguna vez te echó o, esto es discutible, uno percibió indicios, quizás paranoicos,  de que te echaba.

Cabe la posibilidad de  que, como Liliana Heker le reprocha a Cortazar,  en mis palabras pueda detectarse  una cierta tendencia a generalizar y dramatizar excesivamente la situación del exiliado externo en relación al exiliado interno.  Gente que corría idéntico riesgo que yo, se quedó en el país y sobrevivió, otros que también lo hicieron fueron secuestrados y desaparecidos. Si uno se hubiera arriesgado a probar,  él o sus deudos tendrían ahora  la respuesta concreta.

La idea, la sensación, el dilema de la posibilidad del retorno -y también la del “no retorno” que no me parece, como disyuntiva, un tema de menor trascendencia- se  socializó (quiero decir que fue motivo de abierta reflexión y discusión en Madrid, y por lo que sé también en México, Francia, Suecia, etcétera)  con bastante anterioridad al final del período represivo en Argentina. Durante la guerra de la Malvinas, por ejemplo, fue para todos nosotros   un ítem ineludible.

Recuerdo un artículo de Mariano Aguirre, ”Malvinas, no, gracias” publicado en “El país”, en el cual advertía “el nacionalismo folklórico, chovinista y racista está ganando la partida”  y denunciaba la utilización del nacionalismo y el populismo como armas de la dictadura para embarcar a Argentina en una guerra y ganarse el apoyo popular.  Contestaba así, no solo a García Márquez que había afirmado que se podía hablar de los desaparecidos y de  las Madres de Plaza de Mayo, sin  escamotearle su legitimidad  al reclamo sobre las Malvinas, sino a quienes nos habíamos manifestado multitudinariamente bajo las consignas “¡Fuera los ingleses de las Malvinas!”, pero también “¡Abajo la dictadura! ¡Viva la Democracia!”. Creo, sin embargo, que  lo central para lo que nos ocupa, es que no faltaron quienes exigieron se respetase su derecho a retornar al país para luchar contra el Colonialismo Británico y, a los efectos,  la eliminación de las trabas legales y represivas que se lo impedían (también la liberación de los presos políticos y la restitución de los desaparecidos, con el mismo fin).

Éste- potenciado por una euforia desbordante- fue el clima con el que se vivió, y que  yo y mi familia vivimos en ocasión de  la restauración democrática en 1983. La fiesta  fue colectiva e individualmente orgiástica, pero,  a la mañana siguiente -supongo que  como me pasó a mí-  todos nos despertamos con resaca, sobresaltados por una extrañísima sensación agridulce: felicidad y preocupación en dosis exactas. Ya nadie nos impedía tomar el avión de regreso. Casi se nos exigía o, más correctamente, cada uno se lo exigía a sí mismo.  Muy parecido a un imperativo ético. ¿No retornar de inmediato  a la patria significaba una traición? El “no retorno” como problemática carecía aún de marco teórico, la sociología cultural, uno de los enfoques desde el cual es posible aproximarse  hoy al tema, aún no había detectado la problemática. Se confrontaban entonces,  sin sutilezas, un pasado vivido narrado en clave épica y un futuro débil narrado en clave irónica. Una suerte de “Gris de ausencia” observada no con  la mirada liviana de un  visitante ocasional, como es el caso del sainetito homónimo, sino por la consciencia escindidada del protagonista de  una profunda experiencia de ruptura y readaptación.

El retorno fue distinto a la ida,   pero, en ciertos aspectos, muy parecido.

El lugar añorado permanecía, muy cambiado pero exacto al que había dejado o, en lo más profundo, no había dejado. Inmediatamente me reconocí como “local”, conocía la luz, los sonidos, las gestualidades (que me reproducían) Ocurría, sin embargo,  que ese lugar propio, del que tenía la sensación de no haber faltado ni un solo día, estaba habitado por gente que muy improbablemente me reconocería y, dado el trasfondo, eso se parecía a ese tipo de sueños que no alcanzan a ser pesadillas, en las que todo se parece a la realidad, pero, por alguna razón implícita pero imperceptible, desasosiegan.

Perdonáme tanta subjetividad, pero te juro que fue exactamente así como lo recuerdo: llegar a un teatro, por ejemplo. En el foyer alguien, cuya cara me trae algún recuerdo que no alcanza a develarse, me observa. Es evidente que mi cara le trae también algún recuerdo que no alcanza a develarse. Descubro finalmente que tiene rasgos de X, pero no puede ser X, porque el que me observa es un viejo, y, a continuación,  la súbita revelación: ¡Y X tiene ya tiene que ser un viejo también! Entonces el portador de la cara que tiene rasgos de X se me acerca y me dice: disculpáme ¿Vos no serás A.W.?

-Si, y vos debes ser X.

Y es X, y yo soy, en efecto,  A.W.

Para centrarnos exclusivamente en el Teatro: hay toda una generación de actores, directores, etc. que no conozco ni me conoce,  que me resultan perfectos desconocidos, y así, exactamente, es  como yo les resulto a ellos.

Begin the Beguine, pero con bastante años más, con muchísima energía menos y, lo peor, con una pesada derrota en las espaldas.

Todo esto, supongo, lo intuí, antes de decidir el retorno. Además, ya te conté, nunca nos dijimos: ya es hora de regresar. Una vez, cuando despedí a mi madre en Barajas, al observarla embarcar pensé, “No voy a volver a verla”. Pasó un tiempo y nos decidimos a probar la siempre postergada estancia de uno o dos meses en Buenos Aires. James Bond tenía razón “Nunca digas nunca jamás” me dije. Contra todo pronóstico iba, finalmente, a reencontrarme  con mi madre. A una o dos semanas del viaje recibí la noticia de que mamá había fallecido. Ese, creo, fue el motivo real que me impulsó a proponerle a mi mujer que el viaje de visita  se transformara en un viaje de retorno.

Coincidentemente recibí la invitación  de Chacho Dragún de sumarme a su proyecto para el Cervantes.

Ya era hora, entonces. El Teatro Estudio de Madrid podía prescindir perfectamente de mí y yo del Teatro Estudio de Madrid y, lo más importante: el tiempo pasaba cada vez más rápido.

Si te hace falta alguna aclaración, no dudes en pedírmela. Tengo plena consciencia de que lo que te envío es un despelote.

Un abrazo para tu viejo.

Alberto

 

 

 

 

 

 

 

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