Categoría : Teatro

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“Stimmung” de Karlheiz Stockhause. Una celebración erótica y sagrada

stimmungHace muchos que no veo ese teatro que siempre, de manera consciente o inconsciente busqué: hecho con herramientas tan puras, tan desnudas, tan elementales y elaboradas. Lo más cercano a mi representación de lo dionisíaco: Actores (porque los componentes de Octante voces contemporáneas, son grandes actores y, aunque no bailen, también grandes bailarines. Sus cuerpos al cantar no dejan de danzar. Eso, supongo, es lo que Nietzsche entendía por danza, cuando decía que cada día que un hombre deja de danzar, es un día perdido. El Octeto goza y nos permite gozar con ellos. Se teoriza tanto sobre organicidad, sobre adaptación, sobre sensorialidad y, tras una larga peregrinación por los espacios teatrales comerciales, alternativos u oficiales, se la encuentra diáfanamente en un Concierto de Música Contemporánea. Como si los extremos estuvieran obligados a tocarse, y a penetrarse. Las bodas de lo arcaico, lo mítico con la música y la teatralidad más radical del siglo XX.
Quiero agradecer por este “Stimmung” de Karlheiz Stockhausen ( a la lúcida obstinación de Martín Queraltó que con sus Ciclos de Música en el Cervantes acercó al TNC, un público nuevo (en todas las acepciones del término) y, sobre todo expresar mi admiración a las soprano Rosana Risé y Natalia Cappa, a la mezzosoprano Marcela Bianchi, a los tenores Mario Witis y Lucas Werenkraut, y al barítono y conductor Juan Peltz

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Google me cita por un nombre
que siempre supuse que era el mío.
Es una alegría
ratificar que soy quien creía ser.
Google te identifica como el gran amor de mi vida,
y confirma lo que en mi corazón siempre supe.
Google concluye datando mi muerte
un domingo invernal de hace dos años.
No me preocupa la idea de ya no ser,
pero si la de haber permanecido tanto tiempo
donde no correspondía.

Hora de cerrar

(Huyendo de una mujer que lo amaba, y peor, a la que él amaba; escapándole a la inspiración que, como nunca antes, se le mostraba exageradamente generosa, y le proponía infinidad de imágenes e ideas hermosísimas; tratando de dejar atrás una felicidad excesiva e ineludible, y con la sensación de que le habían jugado una mala pasada…)

Negoció con su vida,
y sin demasiado trámite,
un tiempo prudente.
No una prórroga, para la que,
-aún sin desconocer lo imprevisible-
carecía de razones objetivas,
sino un límite:
el estrictamente necesario.

No se lo comunicó a su muerte,
no por descortesía,
sino porque ella,
se desentendía de esos asuntos
y se limitaba a esperarlo
indiferente.

Quedaban sin resolver
unas pocas cuestiones
para nada importantes,
(no recordaba de su vida
una cuestión que, para él, lo fuera)
pero hablamos de
un individuo escrupuloso
al que le digustaban
los apuntes rápidos y aproximados,
las notas que podrían o no usarse,
y las cuentas pendientes.

En el tiempo acordado,
que resultó exactamente el necesario,
terminó su trabajo.
Y, sin más,
Puso fin a la cosa.

Reseña Crítica de Perla Zayas de Lima

publicada en el portal independiente sobre artes escénicas
GOEN
http://goenescena.blogspot.com.ar/
domingo, 27 de marzo de 2016
Para futuro olvido, de Alberto Wainer.
Una reseña bibliográfica sobre una autobiografía poética.

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Este libro del dramaturgo Alberto Wainer presenta una serie de particularidades: lleva por subtítulo “poemas y etcéteras” dando por sentado la dificultad (¿o inutilidad?) de las clasificaciones; está dedicado a un amplio “nosotros” y al tiempo; y la misma imprecisión baña los datos editoriales: “Buenos Aires, Argentina, Edición limitada. Sólo para que los amigos se hagan una idea. Finales del 2015 (e inicios del 16)”. Obra que de alguna manera puede leerse como un eco transformado y enriquecido de aquella voz paterna que el autor destaca como prefacio a la primera parte, “Precuela”. Los cuatro poemas que la integran le permiten desandar el camino iniciado, atrapar momentos del pasado en los que se funden realidad y mito, literatura y exilio, afrontar un sobrevuelo que lo enfrenta a “la enormidad de la noche/la enormidad del tiempo”, pero también renovar el desafío que le había propuesto a su hijo, la práctica peligrosa de la entrega.
Los tres poemas que integran “Que tan obstinado amor tiene un sentido” aparecen atravesados por cuatro palabras clave: vida, memoria, pasión y sentido, y pueden ser leídos desde la fenomenología de Husserl, ciencia de esencias que se hace posible por la reducción eidética, cuya tarea es (según la definición de Nicola Abbagnano) “purificar los fenómenos psicológicos de sus características reales o empíricas y de llevarlos hacia el plano de la generalidad esencial”.

Lo autobiográfico aflora de manera potente en la tercera parte “Y si dejara de ser todo”. El yo y la capacidad de generar una palabra poética epifánica, reveladora, y la fusión pensamiento-emoción se manifiesta en el poema “Porque humo es nuestro aliento”, en mi opinión una de las más bellas manifestación de la poesía contemporánea argentina. Esta parte incluye también un breve escrito en prosa que significativamente se titula “Entropía”: irreversiblidad del tiempo, transformación que conlleva una degradación de la energía, por lo que entre en un rico diálogo con los poemas que lo enmarcan.
“Música vieja” propone variaciones rítmicas, prosa y verso, consonancias y asonancias en composiciones que revelan el arduo ejercicio de la memoria. Y “Al final se acaban las palabras” reúne textos, que sin concesiones ni lugares comunes, reflexiona sobre el conflicto palestino-israelí con referencias esclarecedoras sobre la pieza teatral de Mario Diament, “Tierra del Fuego”; y se interroga sobre el horror y la violencia de Auschwitz, Sabra, Treblinka, Chatila, Nahar al Bared, Dachau, Chelmo, Gaza. Pero también se atreve a proponer en “Y ahora Hamlet…” una praxis “en la que el odio al mal es tan importante como el amor si queremos que el mundo no se acabe”.
El libro se cierra con “Siete razones para no releerse”, que paradójicamente funcionan como siete razones para que este libro sea releído. Y con “Pistas y Misterios”, donde el discurso autobiográfico expone su itinerario artístico desde su papel como animador del grupo poético El pan duro y, buscando que el tiempo se proyecte desde el pasado al presente y desde el presente al pasado, convoca a “gentes inolvidables”, poetas, ensayistas y dramaturgos con los que el autor de este libro convivió antes de su exilio.
A lo largo de sus diferentes partes Wainer también convoca a personajes (Ulises, Robinson Crusoe, Tarzan), creadores de personajes (Flaubert, Elliot, Faulkner), pensadores (Benjamin, Horacio) y un texto religioso canónico como la Biblia, y los integra en un discurso personal sobre el hombre frente a la nada y el silencio, pero también sobre el valor de la palabra.
Dos datos suministrados por el autor son importantes de incluir.
El primero, el significado que aquí adquiere “Precuela”:
“La palabra es en realidad un neologismo, viene del inglés, y significaría todo lo contrario de secuela. Es decir: habla de lo que ocurrió antes de la historia principal. La pequeña sección que llamo así en el libro, incluye cuatro poemas que, en realidad, por circunstancias e incluso por estéticas preceden a los del cuerpo central del poemario. Incluso dudé en incluirlos, algunos, por ejemplo el que le dediqué, en 1963, a mi hijo de, por entonces, cuatro años, me resultan como ajenos formalmente e, incluso como perspectiva de vida, pero me sigue resonando entrañable y, biográficamente, casi imprescindible. Ocurre lo mismo con El lamento de Poll, escrito en 1981 durante el exilio. Algo, sin embargo, me compulsó a incluirlos. Yo hace muchos años que no publico poesía -hay una antología que en 2006 publicó el gobierno de Buenos Aires en una colección dedicada a los poetas del 60, pero yo no fui el selector de los poemas de dicha antología. Nunca dejé de escribirla, sin embargo, pero pasó a ser como una ocupación privada, urgente pero íntima. Algo, muy misterioso o, por lo menos, momentáneamente inexplicable, me urgió a editar “Para futuro olvido”.
El segundo la tapa, que bellamente sintetiza a este escritor como viajero/peregrino, fue consecuencia del trabajo sobre una foto que abarca parcialmente la contratapa, sacada por el hijo de Alberto Wainer en un muelle sumamente largo que se interna en el mar, en el estrecho de Juan de Fuca, en Victoria, B.C. (Vancouver Island), enfrente del estado de Washington, EE.UU.
Abrenuncio, uno de los personajes de Del Amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez, afirmaba: “Cuanto más transparente es la escritura más se ve la poesía”. En este libro de “poemas y etcéteras”, varias son las palabras claves, que permanentemente afloran: partidas, llegadas, palabras, humo, memoria. Precisamente es la labor poética de Alberto Wainer la que permite que quien lo lee, pueda “hacerse una idea” de los valores artísticos y personales del autor y cómo su poesía y su prosa cargadas de elementos autobiográficos es la vía para “autocicratrizar” las heridas dejadas por el exilio.

Otelo. Una tragedia

 

otelo-1Con Alfredo Alcón y Miguel Dao, en el Teatro Regina (Teatrísimo, 2005)

Shakespeare no parece inclinado a reconocerle a Otelo -el valiente guerrero africano, de piel oscura y ánimo exaltado- los méritos de esa victoria sobre la flota turca, que devolvió al Adriático, desde Corfú hasta el Po, su cualidad de “Mare Veneziano”, y afirmó el dominio de la República Serenísima sobre el Mediterráneo.
El auténtico artífice de la misma parece haber sido Dios, quién frustró la batalla al ordenar una terrible tempestad, con olas que se elevaron hasta las nubes, llegaron a salpicar las constelaciones y, obviamente, se tragaron a la flota turca. Incluso la nave capitana de los venecianos, la que traía a Otelo, estuvo a punto de naufragar y, aunque por un considerable espacio de tiempo se la dio por perdida, se libró de milagro y atracó, final y calamitosamente, en Chipre.
En “Otelo. Una tragedia” (*) –no me disculpo por la herejía- le devolví al Moro el generalato y a sus soldados razones para un festejo merecido:

El ocaso del día de la victoria. El Puerto de Famagusta en la Isla de Chipre se recorta, entre gaviotas, sobre un cielo rojo. Va desistiendo la febril actividad contigua a la batalla y los soldados, que sienten en la piel la sensualidad de la supervivencia , se arrancan de la memoria a los camaradas muertos, alardean de hazañas, beben y, mientras comienzan a encenderse hogueras, se entregan al más exaltada alboroto.

ALGUIEN QUE CANTA
Amigo:
Se acabó la batalla
y estás vivo.
¡Celébralo, bebe y ama
pero no te hagas ilusiones,
no!
Estás sujeto al capricho
de un ángel,
abraza ahora con más fuerza a esa mujer
y canta.
¿Puedes pedirle a la suerte algo mejor?
El ángel vino
detuvo su mirada un instante en tu rostro
y te sonrió.

No hay pronto
no hay mañana
solo hay hoy
para gozar de la vida
y del amor.
Dulce embriaguez
de noche, de besos,
de abandono.
Rojo es el vino
rojos son tus labios
rojos como el vino.
No hay pronto,
no hay mañana,
solo hay hoy.

Amigo:
Si, se alejó la muerte.
Celébralo y bebe.
No, no dejes de beber
hasta que Él regrese.
Hasta que el ángel vuelva.
Vuelva, y te mire fijo.
Vuelva, y no te sonría.

No hay pronto,
no hay mañana,
solo hay hoy.

En otra escena, cercano ya el final, el cantante ratifica lo que, por supuesto, ya se sabía inevitable:

Amigo:
Recuerda como se alejó de ti
la muerte.
Celebraste, bebiste
y gozaste de tu hembra.
El tiempo sucedió
como una música
y se fue silenciando.

Ahora
el ángel, que es fiel,
vuelve y te mira fijo.
Es inútil,
¡Oh! Es inútil amigo
hacerse el distraído.

Quise también que la obra tuviera un nítido trasfondo histórico. No me satisface la explicación de que Venecia y Chipre son, en Otelo, tan arbitrarios como la Dinamarca de Hamlet y que el Theatrum Mundi de Shakespeare, es espacialmente abstracto y temporalmente a-histórico. Creo que a este conflicto de clases y de razas, a esta tragedia política, lo estimula la precisión de su escenario, esa República Veneciana que constituyó uno de los ejemplos más perfectos de oligarquía que conoce la historia. Nunca tanto poder estuvo en tan pocas manos: una aristocracia de comerciantes sutiles, refinados y crueles que disponía ya —y la lógica de Yago no se entiende sin esa precisión— del discurso político moderno.
Es por eso que al final, tras las muertes de rigor, El Narrador refiere el regreso; el del cadáver del más hermoso y blanco ángel veneciano, por supuesto. El otro, el del diablo de carbón de labios gruesos, es ya sólo ceniza dispersa por el viento chipriota.

NARRADOR
Los mensajeros, esta vez del luto, sobrevolaron puntuales la Metrópoli y sembraron de infaustas noticias la luz pulverizada del atardecer entre palomas y campanadas. Poco después tocó puerto la nave que regresaba el cuerpo de Desdémona que, tras un funeral en San Zanipolo, reposa junto a su padre, en el panteón familiar de los Brabanzo en el viejo cementerio de la Isla de San Michele. De Otelo, cuyas cenizas fueron confiadas al viento de Famagusta, en Chipre, pocos recuerdan sus batallas, pero todos ríen cuando en la “Piazza” un comediante, cuya máscara reproduce burlonamente los rasgos del Moro, es apaleado, como cuadra a un cornudo, por su bella esposa veneciana y un apuesto galán. En cuanto a Chipre, la joya tan amada de la República, fue reconquistada por los turcos. Su último gobernador resistió heroicamente durante once meses, finalmente los turcos lo apresaron y estando aún vivo, le arrancaron la piel y rellenaron su cuerpo con paja.

*) Emitida en 2004 en el Ciclo “Las dos carátula” (Radio Nacional. Argentina), estrenada en su versión teatral, dentro del Ciclo Teatrísimo, en el Teatro Regina de Buenos Aires, en octubre de 2005, y respuesta por la Fundación Shakespeare Argentina en la XI Feria del Libro Teatral (2013. El texto mereció, en 2005, el Premio Argentores y su consecuente publicación (lamentablemente, muy defectuosa).

**) La Basílica de los Santos Juan y Pablo (llamado San Zanipolo en dialecto veneciano) es uno de los más impresionantes edificios medievales de la ciudad, Se la llama el Panteón de Venecia debido al gran número de dux de Venecia y otras importantes personalidades que fueron enterrados allí desde el siglo XIII.