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	<title>Alberto Wainer &#187; Vieja Música</title>
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	<description>teatro, poemas, algunos apuntes...</description>
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		<title>M&#250;sica de fondo</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 04:20:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alberto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#160; ( CON MUCHO RUIDO A PUA, LA GRABACIÓN DE 1928 DE &#34;ROSES OF PICARDY&#34; POR TED LEVIS AND HIS ORCHESTRA) Por más atrás que retroceda en el pasado, siempre me descubro suspirando por una mujer. La partera, la nurse, el ama de leche&#8230;eso sí: Platónico. Pero la primera mujer a la que amé, a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&#160;</p>
<p><i></i><i><a href="http://albertowainer.com/wp-content/uploads/2009/11/Nannena.jpg"><img style="border-right-width: 0px; margin: 0px 15px 0px 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px" title="Naná nena" border="0" alt="Naná nena" align="left" src="http://albertowainer.com/wp-content/uploads/2009/11/Nannena_thumb.jpg" width="190" height="260" /></a></i>( CON MUCHO RUIDO A PUA, LA GRABACIÓN DE 1928 DE &quot;ROSES OF PICARDY&quot; POR TED LEVIS AND HIS ORCHESTRA)</p>
<p>Por más atrás que retroceda en el pasado, siempre me descubro suspirando por una mujer. La partera, la nurse, el ama de leche&#8230;eso sí: Platónico. Pero la primera mujer a la que amé, a la que realmente amé, era diez años menor que yo, y como yo sólo tenía entonces nueve años, tuve que esperar un año hasta que ella nació.</p>
<p>Un año es mucho tiempo para quién espera, desespera y todo eso. </p>
<p>Se llamaba Elena. Ella, quiero decir. Elena.</p>
<p>Pero Elena con hache, y yo nunca pude pronunciar la hache&#8230; en realidad la pronunciaba pero no se me notaba. Yo le decía Helena, así con hache y ella escuchaba Elena, así sin hache y, claro, me reprochaba que la nombrara con faltas de ortografía. Eso nos fue distanciando hasta que en cierta ocasión uno de los dos, no recuerdo cual, advirtió que vivía en el extranjero.</p>
<p>A ver&#8230; ¿que más puedo contarles? Ah si: que adoro el invierno y a la primavera y también al verano y al otoño. Ellas son, ¿como decirlo?&#8230; mis estaciones favoritas, pero no crea que las otras me desagradan, no. Claro que usted me preguntaba por el teatro. ¿Porque me preguntaba por el teatro?</p>
<p>¡Ah, el teatro!&#8230;dicen que tiene que ser comprensible para todos.</p>
<p>Y en general estoy de acuerdo. Desafortunadamente cuanto más a todos se dirige </p>
<p>menos lo entiendo yo.</p>
<p>Pero, ¿no gustaría unas galletitas dulces para mojar en el oporto?</p>
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		<title>El cine de las sabanas blancas</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Oct 2009 18:00:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vieja Música]]></category>

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		<description><![CDATA[Cada vez que la pálida vecina, aquella de la que decían que se cansó de amar, se acercaba a la puerta de su casa, tratando de disimularse, de no ser vista ni oída, nosotros, la purretada, con la intuición precoz de la que nos dotaba el barrio, sospechábamos en el murmurar y las miradas de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cada vez que la pálida vecina, aquella de la que decían que se cansó de amar, se acercaba a la puerta de su casa, tratando de disimularse, de no ser vista ni oída, nosotros, la purretada, con la intuición precoz de la que nos dotaba el barrio, sospechábamos en el murmurar y las miradas de las comadres, historias fascinantes…</p>
<p>No alcanzábamos a descifrarlas, pero nos íbamos quedando con cachitos…</p>
<p>…Y también en los súbitos silencios familiares: Cuando nos parecía que en el susurro sigiloso de la conversación de los mayores tomaba forma un nombre…</p>
<p>…el de esa tía distinta, por ejemplo, la de luz especial, sonrisa bonita y tristona, que había desaparecido misteriosamente de las reuniones familiares y de la que solo nos quedaban algunas dedicatorias en libros iniciales…</p>
<p>Y si con los de la tía triste y la vecina pálida había que componer un único rostro para nuestra protagonista ¿no disponíamos acaso del de Libertad Lamarque? ¿No nos acariciaba ella como desde la luna con sus ojos húmedos?</p>
<p>Y nosotros, los pibes, atraídos como las moscas por el azúcar, nos acercábamos… y todos se callaban…</p>
<p>Pero después, a la noche, en la guardada oscuridad de la noche, en la casa secreta de la noche, realizábamos el montaje de todos los fragmentos dispersos y misteriosos y los proyectábamos….<img style="border-right-width: 0px; margin: 5px 10px 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px" title="clip_image002" border="0" hspace="12" alt="clip_image002" align="right" src="http://albertowainer.com/wp-content/uploads/2009/10/clip_image002.jpg" width="215" height="242" />para nosotros, para nosotros solo, en el cine de las sábanas blancas…</p>
<p>Y lo que se veía era, muchas veces, un novelón. Si. Un áspero novelón sentimental.</p>
<p>La buena percantina de barrio, la cantora de las madreselvas que no pudo zafar del metejón siniestro, de la rueda obstinada, de ese eterno retorno que es un tango, de los besos brujos, de los amores malos,&#8230;</p>
<p>Y no solo en la sórdida periferia, en los ínfimos tugurios de la milonga y las claudicaciones,</p>
<p>También por la abigarrada selva de las pasiones enfebrecidas, del amor comprado o arrebatado por la fuerza…</p>
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		<title>Amo a Virginia Apasionadamente&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 29 Sep 2009 02:08:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alberto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vieja Música]]></category>

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		<description><![CDATA[«Amo, usted lo sabe, amo a Virginia apasionadamente, devotamente». Edgar Allan Poe Que voces, Virginia, que voces las que me acariciaron, me apretaron las manos, el corazón, me besaron apasionada, peligrosa, maternalmente. Por ellas, flores de fango, percantas, grelas, naifas, milonguitas y otros lugares comunes… Minas de un tiempo cadenero, del aturdido olvido del barrio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><em></em></p>
<p><em>«Amo, usted lo sabe, amo a Virginia apasionadamente, devotamente».</em></p>
<p><em>Edgar Allan Poe</em></p>
<p><em></em></p>
<p>Que voces, Virginia, que voces las que me acariciaron, me apretaron las manos, el corazón, me besaron apasionada, peligrosa, maternalmente.</p>
<p>Por ellas, flores de fango, percantas, grelas, naifas, milonguitas y otros lugares comunes…</p>
<p>Minas de un tiempo cadenero, del aturdido olvido del barrio familiero y mishio, del percal, del estrilo y de la bronca, del abandono lánguido al chamuyo, al champagne y al cotorro, al taconeo pecaminoso y al insolente armiño, dulce metedura, entre humo, cocó y dale, dale que va&#8230;</p>
<p>Que cosmos de hembras pasivas, posesivas e insolentes, que ternura y que odio la de aquella Pepita Avellaneda y su musa de la mala pata, la de Lola la petisa, la Parda Refucilo, la Barquinazo y la Mondonguito, la Cara sucia, Flora y Juana la rubia, que tanto amé.</p>
<blockquote><p>…y cuando talló La Morocha allá por el año cinco: Lola Candelas, criollita linda, que le aplicó a Saborido tal caída de ojos y con ojos tan negros y profundos que el se abismó en ellos para siempre. Y de eso, de eso trataba al parecer esa musiquita, y eran como las cinco de la matina cuando Saborido llamó a la puerta de la pieza de Villoldo para que le prestara algunos versos, porque él se sabía desvelado para siempre, y tan aturdido de música que necesitaba una que otra palabra para orientarse</p>
</blockquote>
<p>…Esa misma madrugada “La Morocha” sonó y sonó en el bar Reconquista <a href="http://albertowainer.com/wp-content/uploads/2009/09/clip_image002.jpg"><img style="border-right-width: 0px; margin: 5px 5px 20px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px" title="clip_image002" border="0" hspace="12" alt="clip_image002" align="left" src="http://albertowainer.com/wp-content/uploads/2009/09/clip_image002_thumb.jpg" width="174" height="236" /></a>de Ronchetti. ¿Y sabe quien lo cantaba?, la misma proto-morocha que lo había encendido en el corazón de Saborido, Lola Candelas sí, y La Morocha siguió sonando en el tiempo y en la noche, noche tras noche, pero la mirada no, la mirada parecía irrepetible, como los milagros.</p>
<p>Y así lo fue, en efecto, por lo menos durante cuarenta y cuatro años, hasta que, en una matiné del cine Alba (del barrio del Once) Virginia Luque, que hasta entonces había estado distrayendo el metraje de la cinta con Juan José Miguez y con Fernando Lamas, giró la cabeza, se sorprendió un instante y después, me clavó la mirada, profunda, húmedamente.</p>
<p>… <em>Desde entonce, amo, amo a Virginia apasionadamente, devotamente</em></p>
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