Cincuenta años de la muerte del Hombre Rebelde

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De pie: Jacques Lacan, Cecile Eluard, Pierre Reverdy, Louis Leiris, Pablo Picasso, Fanie de Campan, Valentine Hugo, Simone de Beauvoir, Brassai. Abajo: Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Michel Leiris, Jean Abier

El hombre nace libre, responsable y sin excusas. Jean Paul Sartre
De los resistentes es la última palabra. Albert Camus

Me temo que las conmemoraciones de los 50 años de la muerte de Albert Camus no empiezan bien. Más que para recordar la independencia intelectual, la integridad ética, la cualidad revulsiva de las ideas y la grandeza del escritor, están sirviendo para escudar y/o justificar la sumisión al Orden Establecido (de los Medios o las Corporaciones, por ejemplo), la apatía ideológica, la renuncia a “ser en un tiempo histórico concreto”, la insolidaridad, la complicidad corporativa, las traiciones a lo que alguna vez se soñó, a lo que (aunque sea ingenua o equivocadamente) nos comprometió hasta la desmesura de jugarnos la vida. Lo que conminó a Albert Camus, a principio de los años 30, a afiliarse al Partido Comunista de Argelia (para el que fundó el Teatro del Trabajo), lo que lo obligó a abandonarlo en ocasión del Pacto Molotov-Ribbentrop, afrontando así la ira del poderoso P.C. Francés que por entonces -Frente Popular mediante- se declaraba neutral respecto al alzamiento fascista contra la República Española, lo que lo convirtió en un partisano a tiempo completo (y esto incluía el abandono de la literatura) durante la ocupación nazi, lo que también, seguramente, le impidió imaginar una Argelia independiente de Francia, más allá de los horrores probados de los ocupantes, que la izquierda, la denostada izquierda, denunciaba.

Así, los 50 años de la muerte del autor de “El Malentendido (no puedo argüir inocencia en la elección de este título) son una buena excusa para que intelectuales orgánicos vergonzantes, como Bernard-Henri Lévy (que acaba de escribir que “lo que lo sorprende de los bombardeos a Palestina no es la brutalidad de Israel, sino su enorme moderación”) adviertan en la violenta realidad de la Argelia de nuestros días, las razones por las que Camus no le veía un futuro independiente de Francia. Así, textual, como si este presente de Argelia fuera inocente de los 132 años de colonialismo Francés y, en su violencia intrínseca, no se espejara la experiencia de aquel Ejercito Francés –brazo armado de los “Pieds-noirs” (colonos franceses)- que hizo escuela en lo que refiere a tortura, inteligencia, terror de estado, etc., a punto de convertirse en la fuente de inspiración de, por ejemplo, la Escuela de las Américas, en Panamá, creada en 1946 por EEU, en la que se formaron 60.000 oficiales hispanoamericanos (entre ellos los de nuestro “Proceso”) en las técnicas de tortura y “lucha antisubversiva”.

Esta es, también, “La Cultura” sin la cual a Albert Camus le era imposible representarse a Argelia. Esta es “la cultura” que el malo de la nueva versión de la película – me refiero a Jean Paul Sartre- sí advertía y denunciaba consecuente y honradamente. Lo siento, pero en esto, puntualmente, la historia le ha dado la razón a Sartre, de la misma manera que se la dio a Camus cuando se oponía a la opinión de Sartre de que criticar a la URSS era hacerle el juego al Imperialismo. En este agonismo ético-intelectual no hay bueno ni malo, hay sí, mucha pasión: y en la dialéctica de esa Amistad y de ese feroz enfrentamiento, tras Auschwitz e Hiroshima, la síntesis es el redescubrimiento del mundo, el terror ontológico, y también el gesto, la obstinación, absurda pero inevitable, el instinto de sobrevivencia de la Modernidad. Albert Camus lo dejó escrito: La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla.

1 comentario on "Cincuenta años de la muerte del Hombre Rebelde"


  1. Albert Camus, al igual que Jean Paul Sartre, no pueden ser entendidos sin conocer el contexto histórico en el que se desarrollaron, no sólo por ser, en literatura, los exponentes principales del existencialismo, sino que es una forma de vida representada en letra, y no comprendida a fondo por las diversas circunstancias.

    De igual forma, históricamente tenemos personales similares en contra de los regímenes políticos, presos políticos y activistas que agarran el lápiz y esa es su mejor arma, sin embargo, una participación política no sólo es por debajo del agua o por encima, sino ser partícipe verdadero de una idea, sino sólo quedará ahí, alimentando sueños, pero no realidades.

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