Desmayada caricia de Pichuco

Una de aquella barra famosa:
-¿De Petir de Murat?-
Dio (Petit de Murat) una profunda pitada a su cigarrillo
después miró fijo la nube que se iba deshilachando
y, como si allí acabara de entreverla
les comentó a los otros:
Su cara de luna,
que se quedaba colgada,
de algún extraño cielo…

Y en la partitura estaba escrito un silencio estirado y triste,
y así fue ejecutado.

Pero ¿Qué es la tristeza?…
Y ahora es Discepolín el que cavila en voz alta:
La tristeza es el corazón que piensa…
Entonces –imagino yo-
el corazón piensa en tango.

Duende bandoneón de tu son
caricia maternofraternal
que se apiada del dolor de los demás
y al estrujar tu fueye dormilón
desatás las cascadas que alivian al que sufre
y borran, por un segundo (que no es poco)
sus hondas cicatrices.

Y al eco funeral de tu canción,
que es el amor que no se dio
y el cielo que soñamos una vez
y es Cabrera y Anchorena
una patria chiquita de la patria…

…Entonces Cátulo no mentía:
La muerte no es nada y no tiene misterio
solo está el misterio eterno que lastima el insomnio
de los que pasamos silenciosos
pena a pena, tango a tango.
De viaje, si cerramos los ojos.
De regreso, cuando los abrimos, sin habernos ido del todo.

Y en ese estar sin ser
el de una música que se acabó y prosigue
no puede estar de olvido el corazón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *