Detalle de la obra restaurada

“Al no considerar conveniente el total levantamiento de los repintes antiguos, se removieron a algunas pequeñas manchas debidas a excrementos de moscas en la sien derecha de la giganta.
En las costuras que unen los cien trozos de lienzo del soporte original, etcétera…“
Restauratio et umbra. Anónimo,-s.f(…)

Veamos ahora a la giganta:
los tobillos hundidos en purpurina dorada,
escudada
-del mentón al ombligo-
por sus enormes tetas.
Sobre la palma de la mano derecha
una mancha negro humo
(tal vez un caniche enano).
Vuelvo al ombligo:
se redondea y ahonda,
es hipnótico, centrípeto
probablemente, el centro de la tierra.
Detrás de la giganta,
sobre azulón pastel, con pellizcos a espátula
de blanco albayalde
un desfile de pequeños corderos espumosos
y aquí y allá, tildes grises oscuros y ligeros
y media yema de huevo amarillo de Napoles
que quiebra al medio el trazo del horizonte
y emerge fulgido de un mar de salsa verde.
La giganta llora
con los ojos apretados,
y de sus inmensas tetas
se precipitan dos cascadas profusas
madres de
infinitos cursos de agua.
Pero éste , por si hace falta recordarlo,
es apenas un fragmento.
Quizás el umbral,
quizás la llave,
quizás el oráculo de una deidad
susurrado por Pitia
a nuestros ojos crédulos.
El movimiento o la inmovilidad.
Una conjetura holística.
Lo cierto es que al final,
en el todo de ese lienzo infinito
que nunca abarcaremos,
el episodio de la giganta que llora de espaldas
al mar
-aunque anejo a la historia vertebral-
tiene, con seguridad
una razón y un sentido.

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