El espejo en la oscuridad


No sabe de mí
Ni siquiera me imagina ¡Si hasta me pisa!
Qué triste ser la sombra de una sombra…
Marco Antonio

En los primeros días de marzo de 1996, además de la persistencia de la ola de calor y el reflejo de la recesión en la caída de la construcción, en el aumento de los precios mayoristas y, consecuentemente, en la caída del consumo, la noticia verdaderamente sensacional era que Deep Blue que carecía de cerebro, mediante un movimiento aleatorio y sin sentido que, además, no debió haber ocurrido, había derrotado al gran campeón, uno de los más grandes de la historia. El Dr. Georg Schaltenbrand, director del prestigioso departamento neurológico de la Universidad de Würzburg, en un artículo publicado en el Bild-Zeitung, afirmaba que de haber aceptado el campeón someterse a una hemisferectomía de la mitad izquierda del cerebro, Deep Blue habría carecido de la mínima chance de imponerse.
Esa era otra prueba, decía, que en el siglo XXI, ya tan cercano, el género humano se aprestaba a dar un nuevo salto en su evolución, que lo llevaría, quisiera o no, a afrontar retos y buscar oportunidades que hasta ahora tan sólo formaban parte de la ciencia ficción. Los sueños de los autores futuristas comienzan a hacerse realidad –se entusiasmaba el reporteado- y es bueno para nosotros pertenecer, como pertenecemos, al primer mundo. De esta forma las tecnologías que hasta hace poco estaban restringidas al ámbito científico, espacial o militar, ya forman parte de nuestra vida cotidiana. Y los ejemplos que daba iban desde el uso de productos que repelen el agua en los limpiaparabrisas de los coches, hasta el uso de robots y drones para el reparto de productos a domicilio.
Él empleado de comercio no tenía, sin embargo, la sensación de que las cosas fueran tan bien. Por lo menos no para él. Eso de ninguna manera significa que generalizara o que creyera que iban mal. Mal no, pero bien, tampoco.
Aceptaba ser un pesimista nato, del tipo del que si quieren regalarle un millón de pesos, no los acepta porque está convencido de que, apenas se distraiga, se lo van a robar o, vaya otro ejemplo, si llega muerto de cansancio a un pajar, no se sienta por las dudas se haya perdido allí una aguja que, no puede impedir sospecharlo, lo está esperando para pincharlo. Sabía también que por más que buscara y rebuscara, no iba a encontrar en su vida una razón que justificara esa perspectiva tan oscura, pero ¿Qué podía hacer? no encontraba la fórmula para aclararla un poco
Iba tirando, como se dice, lo que puede parecer poco, pero para él, que nunca se había propuesto más que lo que había conseguido, alcanzaba.
Ahora necesito mencionarles dos hechos que ocurrieron esa misma mañana, no porque los crea trascendentes, sino porque me parece que sumados nos dan alguna clave para entender esto que les estoy contando.
El primero –del segundo me ocuparé algo más adelante- lo provocó la lectura de una nota de Clarín en la que alguien afirmaba que dentro de poco se podría ir al Riachuelo a pasear en barco y también a tomar mate, bañarse y pescar. La idea le gustó, pero enseguida se le vino a la cabeza su propia imagen arrojándose al Riachuelo, sintiendo un calambre, y ahogándose.
Y eso que sabía nadar, no era Nicolao pero se las rebuscaba haciendo la plancha. Flotaba, que eso era lo importante, flotar, y hasta lograba avanzar unos metros moviendo los brazos parecido al crol.
Claro que desde que en enero del 92 se había anotado en un curso para “aprender a nadar y/o perfeccionar estilos aprendidos” en el polideportivo del barrio Emiliozzi, no había pisado una pileta. En realidad, ni siquiera terminó la primera clase; fue el mismo sábado en que, cuando estaba por zambullirse, una vecina vino a avisarle eso que había pasado con María Elena y el nene.
Ahora, un atardecer del 5 de marzo de 1996, día caluroso, 29 grados al mediodía, casi 31 de sensación térmica, volvía a casa y pensaba que
cuando se enterase de lo del Riachuelo, ella iba a entusiasmarse, no es que pensara decírselo pero de alguna manera le iba a llegar, y todos los sábados y los domingos le iba dar la lata hasta obligarlo a ir a pasear, tomar mate a la sombra, nadar, y ahogarse en el Riachuelo.
Se vengaba imaginando las lágrimas de arrepentimiento de María Elena cuando viera que, fracasado el boca a boca, la presión en el esternón, y todo lo demás, los camilleros se lo llevaban hasta una ambulancia, cubierto apenas por una manta, lo empujaban adentro y cerraban la puerta.
Cuando finalmente se quedaba solo, a oscuras, en la ambulancia, y escuchaba la sirena, y comprendía que ya se lo llevaban a la morgue, sentía un poquito de tristeza, pero también una paz que le era totalmente desconocida “desde ahora –pensaba- ya no tendré que ocuparme de nada”.
Entonces, por el lado de la Ruta 3, se escuchó el aullido de un lobo, tras un silencio, desde las proximidades del río Matanza, el resto de la manada le respondió.
No era habitual a esas horas escuchar el aullido de un lobo.
Ni a esas ni a ninguna, se dijo.
En Isidro Casanova no hay lobos.
Que yo sepa, corrigió.
Entonces le vino a la memoria lo que su abuelo le contaba del lobizón de Chivilcoy que era séptimo hijo varón seguido, y se convertía en lobo todas las noches de luna llena, hasta que, finalmente, su padre, que era ateo, aceptó rebautizarlo en siete iglesias distintas, y así pudo curarse.
Y yo, que antes de escribir investigo, afirmo que desde aquella historia que ocurrió hacia mil ochocientos setenta y tanto, sobre cuya veracidad no caben dudas, no se no se ha producido, al menos en la provincia de Buenos Aires, ningún otro caso de licantropía con un mínimo sustento científico.
Sea como sea, el empleado de comercio escuchó al lobo que, por el lado de la Ruta 3, aulló ese anochecer.

Desde que se casaron – de eso se habían cumplido ya nueve años- vivían en Isidro Casanova y en el mismo departamento de los años 50, en el que había nacido María Elena, un dos ambientes con un minibalcón con vistas a un callejón.
En agosto del 91, pensaron en venderlo y comprar algo más amplio, fue cuando María Elena quedó embarazada. El aviso clasificado que habían publicado en Clarín decía:
Isidro Casanova 2 amb 3° piso 36 m2
Cfte bcon 1 dorm comedor baño cocina dño
46252379
Después, el 18 de enero de 1992, María Elena tuvo un aborto espontáneo tardío y, aunque ya habían señalizado un tres ambientes en San Justo, desistieron de la mudanza. La decisión fue de María Elena que descubrió que no podía, que por ahora no podía, irse del único sitio en el que no le daban ataques de pánico.
Y cuando descendió en Zeppelin del 620, e inicio por Montgolfier, caminando despacio, el regreso a su casa, se sumergió otra vez en sus pensamientos.
Eso le ocurría casi literalmente, se hundía como un buzo y veía todo como medio azulado, pero un azulado desvaído, incluso lo que se acordaba, si es que se acordaba de algo, se teñía de ese color.

El día había sido largo para María Elena. Desde que no trabajaba en la cristalería, todos los días eran largos. Pero éste, además, era pegajoso, lánguido. Se dio cuatro duchas, una al levantarse a la mañana, otra cuando regresó de hacer las compras, la tercera, a eso de las cuatro y media, para ver más relajada “Luz María”, y la última hacía un rato, después de poner la comida al horno y enseguida arrepentirse y apagar el horno.
Casi no se secaba y se acostaba sobre la toalla húmeda, los dos ventiladores, el del techo y el otro, soplándole.
Y este es el otro acontecimiento ¿Recuerdan que al principio dije que eran dos? que me hace falta para darle algún sentido a esta historia.
María Elena, como quedó dicho, sobre la toalla húmeda, sentía que se iba amodorrando y entonces cantó bajito “Mi cuñado el tejón/ es de Gabón/ y su tío el antílope /es etíope…” –una canción infantil de la que hacía por lo menos treinta años que no se acordaba- cerró los ojos, y se acarició allí. No pasaba nada pero era agradable, y además se acordaba de cosas. Del Estanislao ese Zeballos, por ejemplo, su escuelita primaria que hasta tercer grado era mixta. A Lorenzo se lo cruzó una vez, hace dos años, cuando tuvo que hacer un trámite en La Plata. Estaba segura que era Lorenzo, se le había caído el pelo, pero seguía flaquito y morocho. Él no la reconoció, por lo que ella primero sintió un gran alivio y después una gran decepción. Lorenzo estuvo menos de un año en el Zeballos, debió ser en el 68 o 69. Una vez, cuando salían para el recreo, la llevó hacia un rincón y, mientras le señalaba el pecho, le susurró que le dejara tocarle allí, a ella se le encendió la cara, pero no dijo que no, y entonces él apoyó las dos manos sobre sus tetitas casi inexistentes. Permanecieron unos tres o cuatro minutos así, rígidos, después él bajo los brazos y, sin decirle nada, se alejó hacia el baño de varones. A ella le gustó, aunque el trámite se le hizo un poco largo.
Después de lo del nene perdió las ganas de estar con el empleado de comercio, nunca había sido nada del otro mundo pero, aunque seguía queriéndolo, ahora directamente no era nada.
Sin embargo, si él se lo pedía –siempre que no se tratase de una noche calurosa como prometía ser ésta- no le molestaba hacerlo.
Lo había comentado con Tere, su mejor amiga del secundario, en la reunión de egresadas del setenta y ocho, y ella le contestó que seguramente era frígida. También le dijo que no se preocupara, que el noventa y nuevo por ciento, coma, noventa y nueve por ciento, de las mujeres eran frígidas, por lo menos con sus maridos.
-¿Y vos?- Le preguntó María Elena.
-Yo también- hizo una pausa y aclaró: con mi marido.
Mantenía los ojos cerrados y tapados con un pañuelo húmedo. Se acordó de esa vez que un muchacho mucho más joven que ella la siguió casi dos cuadras por la Avenida Cristianía. Cuando él ya estaba por renunciar, ella -todavía no sabe porque- se volvió y le sonrió. Entonces él muchacho también le sonrió, apresuró el paso, cruzó la avenida y la esperó en la entrada del albergue transitorio que todavía está en la esquina de Antonio Zinny. Ella -tampoco se explicaba las razones,- también cruzó la avenida y, sin pensar en nada, se encaminó hasta donde él aguardaba. Alguien entonces, adentro suyo le preguntó si estaba loca, y rápidamente, volvió a cruzar Cristianía y se tomó el colectivo que la estaba esperando en la parada y que, apenas subida, arrancó a toda velocidad.
Se quitó el pañuelo de los ojos, porque ya estaba tibio, y recién entonces, al hacerlo, advirtió que seguía acariciándose.
Un día, Lorenzo se le acercó subrepticio por detrás y, le pidió que se la tocara, ella le contestó que bueno, pero que otro día, porque ahora la estaban esperando, los sábados su padre la esperaba con el coche. A Lorenzo se le iluminó la cara, a ella, seguramente, también, y ahora le asombraba descubrir que en ese momento no sintió ninguna vergüenza.
El lunes Lorenzo no volvió al Zeballos, la maestra les explicó que los padres del “compañerito” habían tenido que viajar con urgencia. A María Elena la sorprendió que unas lágrimas se le resbalaran por las mejillas y que, más abajo, algo que se parecía a un dulce beso de lengua, tratara de consolarla.

En la semipenumbra, desde algún sitio remoto le llegó la voz del empleado de comercio recriminándole su tendencia a quedarse dormida con un cigarrillo encendido en la boca, buscó en la mesita de luz el atado de Jockey Club casi vacío, comenzó a fumar el penúltimo y, mientras los ojos se le cerraban, se acordó de algo muy cómico, que, sabía, ya habría olvidado cuando se despertara, y fue ahí cuando comenzó a llorar, a dormir, y a soñar que el cigarrillo se le quemaba entre los dedos, pero que a ella no le dolía.

El empleado de comercio miró preocupado hacia el minibalcón. María Elena persiguió su mirada. Las dos miradas se cruzaron y fugaron cada una hacía un extremo opuesto del comedor de tres metros por tres metros, después retornaron y coincidieron. Que se miraran no significa que se vieran, sus ojos, en ese momento, eran órganos auditivos.
Entonces el empleado de comercio respiró hondo y se asomó, con precauciones, al oscuro corralito de 1,20 X 60 que daba al callejón. Miró a la noche sucia y a su aguachenta luna llena.
María Elena le preguntó bajito, casi inaudible si él también había escuchado, él la hizo callar con un gesto, casi no parpadeaba.

Los dos postes de la luz apagados, y el de más allá, el de la esquina de Montgolfier que desde hace más de un mes se enciende y apaga toda la noche, el empedrado de la calle transpira, las casas de enfrente parecen haber sido desalojadas, como las de un barrio apestado o que va a ser volado con cargas de dinamita.

-¿Y que podría oír?
Esta noche ni siquiera el furioso aparearse de los gatos en las azoteas, ni a los perros revolviendo la basura.
María Elena agudiza el oído, pero nada, ni un coche, ni el ruido de una botella vacía que rompe contra las paredes algún borracho. Al fondo el zumbido como de corriente alterna de la ruta 3, y nada más.
Las ventanas ciegas, los televisores mudos, y éste sí que es un dato inquietante.
Alguien viene, dice María Elena, pero miente. Quiere saber lo que él piensa, lo que él pueda contestarle.
Y como él no le contesta nada, agrega: O se va.
Y espera el resultado de su prueba.
-Si se fuera sería el último en irse.
-¿Y nosotros?
El empleado de comercio hace un gesto vago, después señala la noche, afuera.
-¿Y nosotros?- insiste María Elena.
Él la escucha y se dice -para adentro, sin despegar los labios- que sí, que es muy probable.
¿Qué es muy probable?
Que ellos dos sean los últimos.
Y ella lo escucha perfectamente, y él escucha lo que ella piensa de lo que él piensa.
Esos diálogos telepáticos son cada vez más frecuentes, al comienzo, cuando eran novios, incluso durante el primero o segundo año de casados, se daban en ocasiones especiales y, cuando se daban, les parecían encantadores. Ahora les resultan invasivos, y aunque inevitables, los consideran una intromisión desagradable. Algo muy parecido al espionaje.
Hay pocas cosas que irriten tanto al empleado de comercio.
Ha probado con pensamientos que encriptan pensamientos, con pensamientos alegóricos, con pensamientos indelebles, con pensamientos cifrados, pero María Elena siempre ha logrado decodificarlos y la experiencia de él con los pensamientos de María Elena es similar.
-Sí, es muy probable, pero es mucho, mucho más improbable, y ese “mucho” resuena como un cachetazo, y así le duele a ella en la mejilla. ¿Pero qué derecho tiene a fisgonear lo que él está pensando?
Sin embargo, María Elena insiste ¿Y esos pasos?/ ¿Pasos?/ Pasos, si/… o no. ¿Quién sabe?

Únicos seres vivos en un mundo, además, extinto.
El empleado de comercio, María Elena lo sabe bien, está postergando el confirmárselo para que se vaya haciendo a la idea poco a poco, para que el trauma sea menos violento.
“Él cree que que su obligación es protegerme, que tiene que ir preparándome para que, cuando me lo diga, no entre en pánico.”
Y, ese pensamiento, le produce una vergüenza terrible. Ni curiosidad, ni terror. Vergüenza. Esta tarde, mientras ella se borraba del mundo, los vecinos se retiraban silenciosos, sin siquiera recoger sus pertenencias, compulsados por alguna amenaza espantosa, vaya a saber cuál, olvidándose en el apresuramiento hasta de ponerles llaves a las puertas.
Y ella…
-Esta noche podrían producirse robos, saqueos…
El empleado de comercio la escucha, reprime algo que pensó agregar, se toma un tiempo y finalmente asiente.
-Y si algunos otros infelices se quedaron atrás como nosotros…
-…también asesinatos, violaciones…
-…Como después de los terremotos
– O de las epidemias. ¿Escuchás?
-Ya no.
-Yo sí, a la distancia. O vaya a saber si no me lo imagino…
Entonces el empleado de comercio intentó convencerse de que lo que en realidad escuchaba, esos pasos lejanos, eran pura imaginación.
Ahora, admitamos que no hubiera nada que escuchar y él, ofuscado, se lo inventara ¿Cambiaba algo eso? Porque no escuchar solo significaba que no escuchaba, no que no hubiera nada que escuchar, y que no hubiera nada que escuchar de ninguna manera eliminaba la posibilidad de que él igualmente escuchara ¿Para qué otra cosa, sino, están la imaginación, las sugestiones y el terror?
Simplemente estoy imaginando.
O viceversa.
Se reconocía, aunque lo avergonzara, capaz de ver o escuchar con absoluta nitidez, y negarlo.
María Elena, entre tanto, había encendido la cocina y puesto la plancha a calentar.
-Casi no sale gas.
Ese, entonces, era el momento perfecto para que el empleado de comercio se hundiera como un buzo y todo en torno suyo se azulara.

Ahora, la voz de María Elena le llegaba como en ondas, a través de las burbujas de aire que subían hacia la superficie, apagada por los demás sonidos, incluidos lo más lejanos, el de la hélice de una lancha, por ejemplo.
El golpe de la puerta de la heladera cerrada con furia, lo devolvió a la superficie.
María Elena lo observaba emerger, abrumada.
-Se descongeló.
-¿Quién?- parpadeaba y sus oídos zumbaban.
-La heladera.

María Elena no quería hablar y no quería escucharlo. Aunque estuvieran a oscuras, le había dado la espalda porque la inquietaba intuir que él, aunque no la viera, la miraba y, estaba segura, que intentaría arrastrarla a sus siniestras introspecciones.
Un miedo irracional que yo puedo entender perfectamente, porque lo he padecido, pero que apenas logro describir, y con bastante imprecisión.
El empleado de comercio le pidió un cigarrillo, ella buscó con sus manos de ciega en el cajón de su mesita de luz, encontró primero el encendedor y después un atado sin abrir, se los alcanzó.
El empleado de comercio lo abrió, encendió uno y le ofreció otro a ella.
-No, ya no fumo
-¿Desde cuándo?
-Desde anoche.
-¿No fumaste en todo el día?
-Uno sólo, a la tarde.
El ventilador del techo intentó un giro espasmódico.
María Elena ahora sí, duerme, o por lo menos permanece inmóvil, mientras el empleado de comercio no para de pensar, mientras piensa y no piensa nada y apoya la mano sobre el hombro desnudo de ella y deja que se deslice con extrema delicadeza por su brazo y que, por fin, descanse en la cadera. Trata de entrever en la oscuridad las cimas y simas de ese cuerpo que pareciera fosforecer en la oscuridad, pero, de pronto, los pies de ella se rebelan como los de un niño alborotado, apartan furiosos las sábanas y se destapan. María Elena gira, se queja, y el empleado de comercio teme que el ruido de los gastados muelles de la cama la despierte, si es que en algún momento estuvo dormida, pero rápida, como si corrigiera un error, ella vuelve a darle la espalda. Otra vez la amenaza de aquel frágil sueño que no es, la inquietud de que se desvanezca el equívoco y no existan excusas para permanecer en silencio, escuchando el chirrido del ventilador del techo, consciente de un peligro abstracto, inconsistente, temeroso de dormirse, anhelando que los ojos se le cierren, sin esperar su permiso.
Y cuando los abrió ignoraba cuánto tiempo había pasado. Alargó la mano, pero María Elena no estaba a su lado.

Miró la hora en el reloj redondo de la pared, apenas la una y cuarto, entonces, calculó, habría dormido quince, veinte minutos. Allí, en ropa interior, la mirada ladeada hacia el afuera, pero sin exponerse a salir al balcóncito, permanecía María Elena, tensa, un cigarrillo sin encender entre los dedos.
Antes, cuando me dijiste que escuchabas ¿Escuchabas? le preguntó sin volver la vista.
En ese momento recién comprendió esa sensación oscura de angustia, ese gusto metálico en la boca, que sintió cuando se despertó, no la vio a su lado, y pensó que ya no iba a encontrarla, que se había marchado.
-Casi. Ahora mismo no podría asegurarte si escuché o no, y no porque no haya escuchado, que ya te dije que sí, que escuché, sino porque no es tan simple.
Ella se llevó el cigarrillo a los labios y aspiró profundamente, como si el cigarrillo estuviera encendido.
Entonces el empleado de comercio volvió al dormitorio y empezó a buscar el encendedor sobre la mesita de luz. Fue una tarea ardua. No se trata de decir sí o no –le explicó en voz alta y, en coincidencia, encontró lo que buscaba- sino de decir, sí o no con la seguridad de que si uno dice sí es porque es sí y si dice no es porque es no. Pero antes sí.
Volvió hacia el lugar en el que ella permanecía estática y le acercó el encendedor, pero ella apartó rápidamente el cigarrillo de su boca.
-No, ya no fumo.
Hasta el zumbido de corriente alterna de la ruta 3 parecía sofocado.
-Antes escuché.
-¿Seguro?
-Probable…
-Probable no es seguro…
-No. Probable es probable.

María Elena alargó impaciente la mano y él supo que demandaba el encendedor, entonces se lo acercó, ella se apresuró a arrebatárselo y encendió el cigarrillo por sí misma.
Sintió como si le arrancaran el corazón. Entendió que estaba sólo, que María Elena también se había ido vaya a saber cuándo.
¿Quién era la mujer que ocupaba su sitio?
-… Pero la probabilidad era muy alta, se escuchó decir lastimosamente.
¿Cuánto?/ Muy/ ¿Pero cuánto?/ ¿No te digo? ¡Muy!/ ¿90? ¿70? ¿50?/ 50/ ¿50 qué?/ Por ciento/ 60/ ¡60!/ Sí, o 65…o…/ ¿O qué?/ O nada/ 65, eso: 65. ¿Y vos?
-¿Yo qué?
-¿Probable? ¿Seguro?
-¿Probable? ¿Seguro?
El empleado de comercio no soportó que ella le robase su juego
-¿Cuánto?
María Elena lo miró como una gata rabiosa lista para arrojarse sobre él, arañarlo, morderlo y sacarle los ojos.
Sintió que un terror desconocido atenazaba su cuerpo y su cerebro, que sus pensamientos se diluían en una espesa niebla, y entonces ansió hundirse y desaparecer en su limbo azulado, pero era inútil, ella había logrado sujetarlo por los pelos y, con una fuerza extraordinaria lo subía a la superficie. Una pareja de peces de color turquesa ¿O era su paranoia? lo observaba irónicamente.
Trato de mantener el rostro impávido, como si la cosa no fuera con él.
El terror había pasado y lo que sentía ahora era una enorme curiosidad, como la de un narrador omnipresente, en tercera persona –usurpándome el trabajo- registrando objetivamente como su cuerpo emergía lánguido, como si no tuviera vértebras. Se sentía lleno de palabras pero le resultaba trabajoso articularlas, como a los borrachos, y sentía la lengua tan gorda que le ocupara toda la boca. No estaba seguro, además, de que si lograba escupirlas, juntas significaran algo. ¿Pero se podía hablar y hablar sin decir nada? Le parecía mucho más natural lanzarse a hablar sin controlar lo que decía y acabar diciendo la verdad.
¿Pero esa era una razón para obligarse a hablar o para guardar silencio?

Es que es tan, tan confuso, todo.
¿Confuso?
Si, confuso, o puede que no, que confuso no sea la palabra apropiada, pero es la única que he encontrado, la que más se acerca, supongo, a la realidad del desorden que lo envolvía, la que al menos nos permite presentirlo.
Por ejemplo, si uno no pretendiera que fuera…. ¿cómo decirlo? No así, así no. No voy a lograr que me entiendas, así no voy a lograr que nadie me entienda. Y, sin embargo, sí.
Es que todo es muy confuso
Los sacudió un sonido ensordecedor inexistente. Una explosión cataclísmica tan poderosa como la que voló en pedazos Krakatoa, pero insuficiente para producir el mínimo susurro.
Mirá si ahora, precisamente…
– ¿Y ese precisamente?
-No te entiendo.
-Dijiste, ahora precisamente…
-Sí.
-¿Porqué precisamente?
Qué se yo. Hizo un gesto de incredulidad. ¿Dije precisamente?
-Dijiste.
María Elena lo pensó, lo negó, lo reconsideró, y terminó admitiéndolo, terriblemente avergonzada.
-Sí- y el bisbisear se le entrecortó- debo haber dicho precisamente.
Entonces el empleado de comercio supuso que ahora María Elena le iba a explicar y que, finalmente, él iba a entender, pero lo que ella hizo fue volver a encararlo furiosa
-¿Y qué importancia tiene que haya dicho?
Y revivió la gata rabiosa que, acorralada, mostraba sus agudas garras de uñas curvas y retráctiles.
-Ninguna, gritó espantado.
Ninguna, ninguna, ninguna.

Para serenarse necesitaba, lo sabía, un baño frío. Encendió, entonces, la luz -un mortecino filamento amarillo, tembloroso- y apenas si se miró al pasar frente al espejo, no le gustó lo que entrevió que, sin embargo, era una nada o un casi nada, empañada. De la ducha salía muy poca agua, y además tibia, como orina, y, aunque no la viera, presentía que turbia. Sabía que su imaginación le estaba haciendo trampas, y que, si le daba permiso para que se desmesurada, iba a terminar a los gritos, como Janet Leigh.
Entró a la bañera sin despojarse de las pocas prendas que llevaba, pero en lugar de mojarse apoyó fuerte la espalda presionando los azulejos con la esperanza de que guardaran un resto de frescura. Apretó los ojos y los abrió enseguida, salió presurosa de la bañera y corrió hasta la puerta, para asegurarla con el pasador.
Después volvió a su refugio, afirmada contra los azulejos, tratando de no pensar, de concentrarse en el pobre sonido del chorreo de agua, apenas un goteo.
Pero supo que el empleado de comercio tampoco había resistido la cama y que allí estaba, detrás de la puerta, acechándola.
¿El empleado de comercio?
¿Entonces?- le preguntó fuerte, para que su voz lo alcanzara y para que él también le contestara con su voz, con la voz de empleado de comercio.
Él no le contestó enseguida, pensaba la respuesta, y eso quería decir que…
-Nada, dijo finalmente. Un sonido tan tembloroso y apagado que era imposible que María Elena lo hubiera escuchado. Quizás…
¡Ah claro! Quizás esto, quizás aquello, quizás lo otro…
Dijo ella, agitando el agua con las manos, buscando en la jabonera y frotándose con la pastilla rosa, perfumada, la piel seca, como si él la estuviera observando y debiera convencerlo de que realmente se bañaba.
Entonces el empleado de comercio, por fin, lo mencionó.
-Quizás esté solo.
-¿Sólo?…
-O sola, que se yo
-¿Quién?
Pero ella sabía quién y ya no había retirada posible. Su último intento desesperado, ese ¿Quién?, le resonó humillante.
Enmudecieron.
El ridículo sonido del chorrito de la ducha se prolongó un buen rato, igual de inútil que si se hubiera silenciado.
Las escaleras no crujen porque sí…/ No… /Y el ruido de pasos en los adoquines de la calle, el empedrado…/De noche miro pasar las sombras de los perros vagabundos con las cabezas bajas y los rabos apretados. / ¿Cuándo? ¿Dónde?/ De noche…por el techo, se alargan…/ Si, perros con coturnos de madera, que percuten el empedrado/…ver no es oír y sombras son eso…sombras…/Ladran…/ ¿Desde el techo? ¿Las sombras? ¿A quién? … si el techo les tapa la luna/ A veces los muebles hacen ruidos raros, rechinan, crepitan, se estiran como esqueletos artríticos/ las canillas mal cerradas…/ y los sueños que se tropiezan los unos con los otros…/ Si, es muy posible que esté solo…/O sola /esperan a que las luces estén apagadas/ ¿Quiénes?/ Los muebles… y se aseguran de que nadie esté despierto. ¿De dónde les vendrá a los muebles ese pudor?/ A veces se equivocan y uno, un insomne, los escucha.
-¿Y si está solo?

Las dos y cuarto de la mañana –la noche ha virado al hollín naranja, unos nimbus barrigones prometen lluvia, pero ya se sabe que son falaces- la hora de la ronda rutinaria de los asesinos, de los violadores y, por supuesto, también del paseo ingenuo de sus víctimas, con las que parecen haberse prometido una cita amorosa.
María Elena se dispuso a fumar el último cigarrillo del atado.
El empleado de comercio le advirtió que no tenía otro, pero yo sí, dijo. Había guardado uno, por las dudas. Dejar de fumar no significa que no haya ni un cigarrillo en la casa. Es psicológico, tranquiliza, explicó. Lo escondí bien, para no encontrarlo si lo busco. El atado estaba debajo de la ropa de invierno, en una de las valijas, sobre el placard, y su búsqueda le llevó un tiempo, pero, sobre todo, porque se negó a que el empleado de comercio encendiera la luz o como se llamara ese gusano naranja tembloroso, porque la luz únicamente ve lo que ilumina, carece de imaginación para mostrar otra cosa.

Ahora él busca a tientas una lata de paté foie, la abre como puede, con un cuchillo, y ella unta unas rebanadas de lactal.
Intentan entibiar el café que previamente estaba tibio, transportan todo en una bandeja, hasta la mesa ratona frente al balconcito, y se sientan como todas las noches pero, por primera vez, dándole la espalda al televisor.
Lo que realmente aturde es el ruido de un silencio exagerado. Le dispensan toda su atención, pero si no lo hicieran igualmente se les impondría. Cada tanto se miran para comprobar si el otro oye lo mismo. Generalmente el otro asiente y si no asiente, es porque está absolutamente absorto, escuchando.
El empleado de comercio da un bocado y le hace un gesto, animándola, ella vuelve a asentir, pero a otra cosa, y le dice:
-Vos dijiste que está solo…
-¿Yo? Por decir ni siquiera dije que estuviera, menos pude decir que estaba solo…
-Se escucharía distinto.
-¿Qué es lo que se escucharía distinto?
-Los pasos.
-¿Quiere decir que vos escuchaste pasos?
Y espera la contestación. Ella niega con la cabeza, pero no que hubiera escuchado pasos. Lo que niega es que eso que pasa esté pasando.
Él sigue esperándola, la espera y, en silencio le dice ¿No ves que estoy esperándote?
Ella mueve otra vez la cabeza repetidamente. Es que así no ganamos nada, le explica él.
¿Vos pensás que ganamos algo así?
María Elena recoge distraída una rebanada pringosa y le da un mordisco, después aspira y expira profundamente el humo del cigarrillo y vuelve a masticar.
Al empleado de comercio esa alternancia le repugna.
Un ruido muy leve. ¿En la calle? ¿En la habitación? ¿O no tan leve? ¿Una explosión cataclísmica tan poderosa como la que voló en pedazos Krakatoa? ¿Las escaleras que crujen porque sí? ¿El ruido de pasos en el empedrado de la calle? ¿Las sombras de los perros vagabundos con las cabezas bajas y los rabos apretados que de noche pasean por el techo y se alargan? ¿Pero es posible escuchar el paso de las sombras? ¿Perros con coturnos de madera que percuten los adoquines? ¿Los muebles que hacen ruidos extraños en la noche, rechinan, crepitan, se estiran como esqueletos artríticos? ¿Las canillas mal cerradas…y los sueños que se tropiezan los unos con los otros? ¿La pequeña hoja de un árbol movida por la brisa? ¿El aliento? ¿El último, de un moribundo?
Escuchaban, pero sin moverse. Sin quitar la mirada del otro, pero María Elena sin levantar los ojos.
No, no se ha entreabierto ninguna ventana, no ha sonado el teléfono, las aspas del ventilador del techo que giraban lastimosamente han dejado de girar, en la pantalla del televisor nieva, nieva, nieva.
Algo amargo, metálico, les sube hasta la boca.
-María Elena, te estoy preguntando.
Agarró la rodaja de pan untada de paté y la acercó a su boca para darle un mordiscón, no se lo dio, en cambio lo arrojó al suelo con un gesto de desagrado. En serio, María Elena ¿Qué ganamos con esto?
Cliqueó el encendedor, encendió un cigarrillo y dio una profunda calada, empezó a toser pero siguió inhalando, de pronto la cabeza le empezó a dar vueltas y sintió una gran nausea. Se abandonó sentado sobre un almohadón, frente a la mesa ratona y hundió el cigarrillo en la rebanada de lactal untada de paté.
María Elena entonces encendió otro cigarrillo, se le acercó y aguardó inexpresiva
Así permanecieron, mientras el corazón frenético del empleado de comercio se iba serenando, las sombras y los destellos de las sombras dejaban de girar en torno suyo, y desaparecía poco a poco el sabor agrio de su saliva.
Entonces sin levantase, la mira un tiempo, ella está de pie, enfrente suyo y él, desde abajo, muy suave, le pide que de tres pasos.
María Elena o no escucha, o no sabe como se hace lo que le está pidiendo o –creo que también es posible- no quiere hacerlo.
-Tres pasos ¿es tan difícil de entender? Insiste con dulzura.
-¡Tres pasos!- grita enojado.
María Elena da tres pasos.
Ahora yo soy el que los da.
Pero ella está en otra parte, lejos.
-María Elena ¿Escuchaste?
María Elena niega.
Él respira hondo, hace un enorme esfuerzo para no desbordarse. Dije que ahora yo soy el que los da.
Ella aprueba apática.
El empleado de comercio, se yergue con esfuerzo, da tres pasos y concluye: Yo di tres pasos, vos otros tres… ¿Entonces?
-¿Entonces?- pregunta ella a su vez, y abre los brazos, en un gesto desolado.
-Fueron seis pasos- Pero ella ni asiente ni disiente.
-María Elena ¿Fueron seis pasos? Y es como si se ahogara.
-¿Pero quién los dio? ¿Una persona, dos personas?
Y ahora María Elena sí que llora. Llora superada, llora cada vez con más angustia.
Él apoya la cabeza de ella en su pecho, y le acaricia, el cuello, la espalda. Así, permanecen largo tiempo apretados. Después, poco a poco vuelve sobre el tema, aunque muy dulcemente.
-Tenés que olvidarte que lo sabés, olvidarte de que fuimos nosotros los que los dimos. Los pasos, digo. Simplemente los escuchamos, sin ver nada… Los escuchamos y nada más. ¿De acuerdo?
Ella mueve tímida la cabeza, parece que afirma.
– Vamos a ver ahora ¿Cuántos eran?
-Tres cada uno, tres. Tres vos, tres yo.
-¡Te dije que te olvidarás de que fuimos nosotros! Y además…
De pronto se da cuenta de que no entiende lo que está explicándole. ¿De qué se trataba esto? ¿Cuáles era las reglas del juego que jugaban?
Seguramente lo pensó en voz alta, porque ella pensó y él escuchó lo que pensaba ¿Acaso te las olvidaste?
¡Ojala fuera eso! ¡Ojalá fuera solo un juego! ¿No lees los diarios vos? ¿No ves la televisión vos? ¿No escuchás las noticias?
Como vos.
¿Como yo? Yo no sé nada. Pero nada ¿entendiste? Nada pero nada en serio. Nada de nada. Nada al cuadrado. Yo, por no saber, no sé ni…ni… ni… ¿sabes lo que no se?
-No, pensó ella en voz alta
-Yo tampoco- pensó él- Ahí tenés: no sé ni eso…

Si, como se aprecia, es todo muy confuso. Y no sólo para María Elena o el empleado de comercio. ¿Alguien puede entender algo? ¿Cualquier cosa? No ¿no? Y sin embargo sí. Todo, se puede entender. Todo. Quiero decir –el narrador quiere decir- que si uno no pretende ver más allá de lo que las cosas son en realidad, ahí está todo, porque las cosas son eso, eso y nada más que eso, eso y no otra cosa, eso y listo. Pero no, uno desconfía de que sea así, así de fácil, o vaya a saber.

Entonces María Elena volvió a preguntar -¿Estará sólo?- y sintió una enorme tristeza, pero no por ella, tampoco por el empleado de comercio, sino por fuera quien fuera el que pudiera estar allí, afuera, en la negritud, solo.
…A lo mejor, en el fondo, muy en el fondo, una quiere otra cosa, que se yo….
-¿Cualquiera?…
– Cualquiera.
-¿A lo mejor quiere que otra cosa qué? ¿Suceda?
-Que haya…no se…
¿Un desconocido?

Sintieron hambre, volvieron a sentarse en torno a la mesa ratona, se tragaron dos rebanadas de pan lactal con paté cada uno, decidieron entibiar más café y, al comprobar que seguía tibio, se lo tragaron como estaba.
Se habían olvidado del minibalcón, de las escaleras crujientes, del silencio y de las sombras.
Entonces el empleado de comercio le contó de una señora que, cuando era chico, vivía enfrente de ellos, en Colegiales. La señora era muy amable. Amable pero distante. Un día, tendría él cinco o seis años y estaba sentado en el escalón de la puerta de su casa, la señora, al pasar, le acarició la cabeza y después siguió caminando, digna, elegante, como siempre. Él la observó alejarse y sucedió como que si la señora hubiera sentido su mirada. Se dio vuelta, le sonrió y se levantó la pollera. No llevaba bombacha y así, con la pollera subida, permaneció un ratito. Después se bajó la pollera y siguió caminando como si nada. No volvió a ocurrir, la señora lo saludaba, le acariciaba la cabeza, se alejaba…. nada más.

-Se puede llegar a conocer a un desconocido- es la fragosa conclusión que saca María Elena del relato del empleado de comercio, y ejemplifica: Por ejemplo, hace quince años vos eras un desconocido.
Pero él le explica que está confundida, que la que era una desconocida hace quince años era ella. María Elena lo mira sorprendida y lanza una carcajada, evidentemente ha renacido el buen humor en la casa.
-¿Yo?- lo mira asombrada- ¡Estás loco! Yo nunca fui una desconocida, sino preguntale a…
Y allí es donde deja de reírse y se queda muda.
-¿A quién? Le pregunta él.
-¿A quién? Insiste.
De pronto María Elena tiene la mirada de una niña desamparada.
–…A papá… ¡Te iba a decir que le preguntes a papá! Pobre papá…- y se abisma al descubrirlo- ¡Está muerto! Y solloza.
El empleado de comercio hace un gesto amplio, vago, circunspecto, protector.
-Está muerto ¿me escuchaste? ¡Papá está muerto! ¡Muerto!..
Y María Elena que, hipaba, pero ya se iba calmando, estalla nuevamente como cuando no entendía como era eso de dar tres pasos.
-¡Papito! ¡Papito querido!-
El llanto se torna histérico: ¡Y vos no sabés, no podés imaginarte lo vivo que estaba papá antes de morirse!
Al empleado de comercio, eso, además de sonarle estúpido, le parece injusto. ¿Y porqué no voy a poder saberlo?, le pregunta.
-Porque vos no lo conociste.
Vos no lo conociste, le dice. Vos no lo conociste. No le dice “vos no lo conociste como yo”, “vos no llegaste a conocerlo del todo”. No le dice: “si lo hubieras conocido un poco más etcétera”. Le está diciendo, lisa y llanamente, vos-no-lo-conociste.
No lo acepta. Se niega a creerlo ¿El miedo la ha vuelto loca? ¿A quién no conocí? se pregunta. ¿A quién no conocí? le pregunta ¿A tu papá?
-Lo que quiero decir es que cuando vos lo conociste ya prácticamente…
…Y no agrega ni una palabra más, recoge un florero de vidrio alto, flaco y retorcido. El empleado de comercio escucha cómo, en la cocina le cambia el agua. Después vuelve a vaciarlo y se queja del color del agua y de que está tibia. Está tibia, grita con rabia, si hubiera habido flores en el florero se habrían muerto.
Así, es difícil poner orden –es una opinión objetiva- se dice el empleado de comercio, pero María Elena siempre le parece más ágil trasladándose y haciendo cosas en la oscuridad, en los reflejos dispersos de la oscuridad.
Seguramente con esa gracilidad deben desplazarse las ominosas luces que ella observa cruzar el techo cuando él está dormido, se me ocurre de pronto a mí.

Esto de ahora no es terror, esto es ¿Sabe el empleado de comercio como se llama esto? Si desviara por un instante su atención de María Elena, y se lo preguntara, la respuesta sería sí, pero vaya a saber cómo lo llamaría.
Esto se llama impaciencia, ansiedad.
A los niños cuando esperan a los reyes magos, les cuesta dominar la excitación, serenarse y dormir.
María Elena -El empleado de comercio la observa- ha comenzado a poner un poco de orden en la casa, con el mismo detalle, con la misma premura de cuando esperan visitas. Como cuando al principio esperaban visitas.
-¿Prácticamente qué?
Él mismo se asombra al escucharse, María Elena lo miró sorprendida e interrumpe lo que hacía.
¿Prácticamente?
¿A qué refiere ese prácticamente? ¿De qué le está hablando? ¿Qué es lo que en realidad quiere decirle y no sabe cómo decírselo?

Ella presiente un interrogatorio vergonzante.
Un interrogatorio sobre cuestiones que no se preguntarán en absoluto, y que tampoco se deben contestar, pero sí todo lo contrario.
Puede mirarlo por lo tanto, sin ninguna mala consciencia y mantenerle la mirada, sin ver lo que no debe y si ve, si por un descuido ve, de ninguna manera simular que no vio, sino convencerse de que no vio. Expresado así, puede sonar un poco raro, No, raro, no. Un poco extraño. Tampoco extraño. Es como si el que habló que, coincide con quién va a hablar, no fuera el empleado de comercio, sino una persona desconocida. No, no exactamente desconocida, al contrario, una persona conocida que parece distinta, pero que no es otra y sin embargo tampoco es quien era. O que es quien era y por alguna razón resulta irreconocible, o peor, que pretende resultar irreconocible, o peor aún, a quien no se la reconoce porque, en efecto, es otra.
Corrijo, tacho, reescribo algo, reescribo todo, absolutamente todo el párrafo anterior, y, cuando releo, advierto que, además de enrevesado, sigue siendo exacto al que era, palabra por palabra, comas incluidas.
-¿Porqué me mirás así?
-¿Y vos porqué me hablás así?
Al empleado de comercio no se le ocurre ninguna contestación, en primer lugar porque lo que ahora lo preocupa es la mirada de ella, ese brillo peligroso, y en segundo lugar, porque, como ya dije, aunque recuerda exactamente lo que le preguntó: ¿Prácticamente qué? No logra acordarse para qué se lo preguntó.

Tras la pausa, como si acabara de recargar energía, María Elena retomó su hiperactividad. Ha buscado el plumero que por lo general cuelga inútil detrás de la puerta de la cocina, y no deja nada sin plumerear, quita el polvo de los muebles, o su mímica así lo indica. Es cómica, exagerada, un cliché. Y, recortándose en los reflejos, entrando y saliendo de las penumbras, parece que juega a las sombras chinas.
-Papá hasta los 35 años no supo lo que era un resfrío- dice, sin abandonar su maniática motricidad.
-¿Y eso que quiere decir?
-Que papá hasta los 35 no supo lo que era un resfrío.
-¿Y?
-Eso…Nada más que eso Que papá hasta los 35 no supo lo que era un resfrío.
-Pero tu viejo…
-Te prohíbo que lo llamés viejo…-le reprocha, pero mecánicamente, sin excitarse ni dejar de plumerear. Ahora le toca a las paredes, después a los cuadros, a la ropa que cuelga del perchero, al teléfono, al televisor en el que prosiguen las nevadas, después se sube a una silla y le quita el polvo a las aspas inmóviles del ventilador.
Está demasiada ocupada para enojarse
-Porque el viejo de joven no era viejo, al contrario.
-Pero cuando yo lo conocí tu viejo era viejo
María Elena no lo escucha, y eso es una suerte para él. Está revisando minuciosamente todo, milímetro por milímetro de toda esa lobreguez, y al empleado de comercio no le pasa por la cabeza la idea de que finja, al revés, tiene la seguridad de que no se le escapa ni una mota de polvo, pasa y repasa por objetos misteriosos, de cuya existencia él nunca tuvo idea.
Entonces lo invade el pánico de que María Elena, que sigue sobre la silla, pueda volverse y bajar de pronto la cabeza y verlo así, mirándola inútilmente, trata de disimularse, quisiera desaparecer. Una profunda vergüenza de sí mismo, de ser el único ciego en un universo de clarividentes y esa vergüenza propia lo disgusta, lo llena de furor, necesita vengarse de ella.
-¿Y él?- grita- ¿Qué derecho tenía él?
-¿A qué?- y, aunque ya se está bajando de la silla, ni la acción ni la repuesta significan que pause o interrumpa su dinámica obsesiva. Es como un motor que se ha acelerado, que se ha pasado de revoluciones y ya no podrá detenerse nunca.
Pero el empleado de comercio se obstina.
-¿A qué? A llamarme joven ¿O acaso no te acordás que él me llamaba joven?
Y grita tan fuerte que el grito va y viene y el recibir el golpe del rebote de su propia voz, lo aturde y necesita taparse los oídos.
María Elena da un paso atrás, el pecho le estalla en estremecimientos, empuja con fuerza con los brazos para abrir una puerta y escaparse, pero la puerta resulta demasiado pesada y no se abre. Entonces, con un gesto de horror, se protege la cara, la resguarda de un ataque artero e imprevisto, y en seguida, da dos o tres pasos lentos, su pecho se ensancha y se vacía, profiere un aullido, y arremete contra él.
El empleado de comercio la sujeta por las muñecas, lucha para atraerla contra sí, y apretarla. Entonces siente el corazón de María Elena -¿o es el suyo?- golpear como un martillo y se pierde en la confusión de sus respiraciones. No sabe, no se le ocurre como mitigar su pavor.
María Elena, soy yo –le susurra al oído- Sé quien sos, balbucea ella.
El espera, asustado, que se lo revele.
-Papá era un ser exquisito- balbucea en cambio, y enseguida enmudece exhausta. El empleado de comercio la percibe contra sí, blanda, palpitante, si la soltara caería. Entonces trata de separar sus labios con la lengua y, cuando ella aprieta suavemente la boca y se gira, entierra la cabeza en un costado de su cuello. Y al ratito María Elena sigue hablando, muy bajo, con los ojos cerrados, como un bebé al que va adormeciendo su propio ronroneo.
Un ser exquisito -dice- sí, de extrema delicadeza, un tipo de persona de las que ya no quedan…Jamás se hubiera permitido nombrarte antes de saber tu nombre –y respira con dificultad- Imagináte que él te hubiera llamado, no sé, no se me ocurre –Y se extravía. Él teme que vaya a quedarse así, como sonámbula, quien sabe en qué nieblas, pero unos segundos después su voz retorna, aunque ella no todavía
-Imagináte que te hubiera llamado Lorenzo. Lorenzo, sí, y a vos Lorenzo no te gustara, o algo, cualquier cosa, mucho más terrible que no gustarte ¿Cómo podía él, que ni te conocía, estar seguro que no había en tu vida un Lorenzo cualquiera al que odiaras? Y digo Lorenzo, como podría decir cualquier otro nombre, que sí, claro que podría haber sido el tuyo, pero que, mucho más probable, podía no serlo y, peor aún, que podía sonarte como un ruido horroroso, detestable. Pero papá era así, ya te dije –y sonríe con una dulzura impenetrable, una dulzura llena de figuras veladas. Así, repite, pero entonces sucede una casi imperceptible desincronización, menos de un segundo de incoincidencia, entre las palabras y las imágenes que celosamente cubren los párpados ceñidos y húmedos de María Elena. “…Y por eso recurría a “usted”, “joven, “caballero”, etcétera, para no llamarte, por ejemplo, Lorenzo, y vos odiaras a Lorenzo. Ese era mi padre. Un caballero. Lo digo con orgullo…”
Tiene húmedas las mejillas, pero ya no llora, habla muy pausada y mansamente, sin hesitaciones. De cualquier forma, debo insistir, el efecto es raro, como si no fuera la autora de las palabras. Suenan como memorizadas, cómo si mientras las recita estuviera en
otra historia. Y en efecto, está en otra historia, el empleado de comercio lo presiente, lo sabe, pero también sabe que si se lo pregunta ella lo negará, y que, aunque reconozco que eso resulta difícil de entender, no mentira al negarlo.
-Sí, ese era mi padre. Lo digo con orgullo- repitió. Entonces se escuchó decirlo y pareció sorprendida. Comprobó en el empleado de comercio lo que la sorprendía, pero el empleado de comercio había apartado la mirada y, además María Elena lo sabía, él, sin las luces encendidas, era tan ciego como un pez de profundidad.
Finalmente, y desde hacía ya un buen rato, habían deshecho su forzado abrazo, habían dejado (como ya lo dije) de mirarse y sustituido la furia por un contacto laso y una mueca amarga.
¿Cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que miré el reloj? Se preguntó el empleado de comercio y además se prometió no mirarlo por un rato largo. Los relojes están para que el tiempo no pase, pensó. Pero para eso hay que mirarlos seguido. Si lograba olvidarse del reloj la próxima vez que lo consultara ya habría amanecido.
Fue en ese momento que María Elena preguntó en voz alta, ¿Qué hora será?
El empleado de comercio miró hacia el balconcito. Lo único que entraba era negrura.
-Las tres y media- se contestó ella misma y, sin ninguna ironía, comentó que el tiempo volaba e informó que se iba a dormir.
Se levantó y se volvió a sentar.
-Apenas se enteró de que como te llamabas, te llamó como te llamabas…
-Pero casi siempre se equivocaba.
-¡Equivocarse es humano!
Él se acordó de una larga tarde que, hará siete u ocho años, pasaron en la casa de unos viejos amigos de la familia. Desde el mediodía, cuando comieron un asado, hasta bien entrado el atardecer, cuando se fueron, el padre de María Elena, su suegro, no acertó con su nombre ni una vez. El, al principio, hizo como que no lo escuchaba e intentaba no caer en la trampa y volver la cabeza, pero al ratito María Elena le preguntó ¿No oís que papá te está hablando y vos como si nada?
-¡Y ahora ya no está!- Se lamentó ella, con signos de admiración pero sin énfasis- ¡Sin saber, hasta los 35 años, lo que era un resfrío!
-Lo atropello un colectivo, María Elena.
-¡No me cambiés de tema!- le reprochó, pero, sin acritud, como desganada.
Coincidentemente, el empleado de comercio le hizo un gesto igualito al de la enfermera del cuadro de los hospitales, un dedo índice sobre los labios. Shhhh. Silencio. ¿Qué? El empleado de comercio le puso la mano sobre la boca para impedirle hablar, y enseguida, casi inaudible, articuló: Nada. / ¿Qué decís? Peguntó ella en voz alta/ Nada, y lo dijo tan para adentro que casi se ahoga.
María Elena entiende y enmudece, escucha. Nada. ¿O sí? ¿Pasos? ¿Chirridos? ¿Jadeos sofocados? Se ausculta con la mano el corazón, no
percibe latidos. Toma una de las manos del empleado de comercio y la apoya sobre su pecho. Él deja que la mano se extienda y abarque todo el seno. No late, le explica, ella.
-Late, le asegura él, sin retirar la mano, cerrándola sobre el seno.
-No tengo miedo.
El empleado de comercio vuelve a apoyarle la mano sobre la boca. Ella la retira, y muy bajito, insiste.
-No tengo miedo.
-¿Nada?
-Sí, un poco. Mucho. Me asusta mucho no estar asustada.
Sonaba como si alguien arrastrara los pies sobre la alfombra, murmura el empleado de comercio en su oído.
¿Qué alfombra? Pregunta ella al oído del empleado de comercio.
-No tenemos la alfombra, está en el lavadero.
-Como si alguien arrastrara algo.
-¿Algo que se está arrastrando?
Un gesto de asentimiento.
-¿Aquí?
El niega con la cabeza -¿En el dormitorio?- Él vuelve a negar ¿En la cocina?
-En la calle- Susurra al fin, y camina despacio y cauteloso hacia el minibalcón.
María Elena lo detiene con un gritito sofocado, y el empleado de comercio se alegra que lo haya detenido, que le haya impedido seguir avanzando.
-No tengo miedo- confirma ella, azorada.
El empleado de comercio vacila ¿Esa afirmación significa que entonces debe proseguir su incursión al balconcito?

Ahora toda la casa parece un cuerpo vivo, latente, carne lastimada, sensible, que gime atormentada, araña, insulta, muerde, una vibración intensa, constante, el golpeteo discontinuo del motor de la heladera que no enfría, alguna canilla del baño que repentinamente permite que corra el agua, un rasguido como si el techo sordamente se agrietara, los cimientos que se asientan graves.
María Elena se concentra intensa, objetivamente, en cada leve estremecimiento, y reafirma, ya sin dudas, de que no siente nada, se lo comenta al empleado de comercio, alborozada, y se ríe como de una travesura.
Permanecen sentados en el suelo, apretados en un rincón, las manos asidas fuertemente, y entonces el empleado de comercio, musitando y con la respiración entrecortada, empieza a contarle alguna de esas historias tremebundas, famosas y, salvo por él, ya olvidadas, que su abuelo le refería morosamente, sin olvidar ni un pormenor y en las que, así lo creía, estaba la causa de que sus noches infantiles resultaran eternas. Por ejemplo, una que había sucedido en Chascomús cuando su abuelo era joven. Al asesino, después lo llamaron Mateocho, pero su abuelo le aseguraba que había matado a más de ocho. Empezó por dispararle con un rifle a su hermano. Con la primera bala le atravesó la espalda y después lo remató. A una sobrina, que tendría unos doce años e intentó escaparse, la alcanzó y le dio un culatazo en la cabeza, después la violó, la arrojó desvanecida a una zanja y terminó de liquidarla de dos tiros porque le dio pena. Había todavía bastante noche por delante para hacer un desastre. Montó y se fue a cenar con un chacarero que, con su esposa y dos hijas, vivía a unas pocas leguas, y cuando terminó la cena, lo mató de un tiro en el cuello, y mientras se desangraba, se encargó de la mujer. Las chicas trataron de escapar pero él las alcanzó cerca de un pajonal, las golpeó hasta la inconsciencia, las violó a las dos, y las enterró sin asegurarse de que estuvieran muertas. Finalmente se llegó hasta el rancho de otro de sus hermanos, el más jovencito, tomaron unos mates, después unas ginebras, y se fueron a la cama. Él se hizo el que roncaba, y cuando se aseguró que su hermanito dormía, se levantó, lo despachó con un disparo, y siguió durmiendo al lado del muerto. Eso, recordado así, a grosso modo, porque estaba seguro que faltaban uno o dos muertos más, pero no se acordaba, lo que si se acordaba era que a Mateocho le habían dedicado dos tangos que su abuelo se sabía de memoria y se los cantaba. Esos tangos, según me hizo saber mi inolvidable amigo Héctor Negro, tangófilo erudito y gran poéta, eran “Doctor Carús”, de Martín Montes de Oca, y “Don Maté 8” que tenía letra de José Ponzio y música de Domingo Cristino. Sin hacer pausa, el empleado de comercio pasó a hablarle de Tata Dios, que hacía “sanaciones” en Tandil, y hasta había instalado un consultorio médico. El Tata Dios decía que los extranjeros tenían la culpa de todo lo malo que ocurría y, con un grupo de gauchos forajidos que lo seguían como a un iluminado, un 31 de diciembre, bien borrachos, empezaron degollando a un italiano que era organillero y vivía en la plaza, y siguieron con todos los inmigrantes que fueron encontrando. Familias enteras, mujeres, criaturas, todos a degüello. Así, sin siquiera tomarse un respiro, el empleado de comercio pasó a ocuparse del modus operandi del Petiso Orejudo, sin ahorrarle a María Elena ninguno de los macabros detalles de que todavía recordaba con las mismas palabras que utilizó su abuelo. Estaba en cómo Santos Godino, por temor a ser sorprendido, enterró vivo en una zanja que cubrió con latas, a una nenita de tres años que había llevado hasta un terreno baldío de la calle Río de Janeiro, haciéndose el que jugaba, cuando María Elena lo cortó con una irreprimible carcajada. Se disculpó e hizo un sincero esfuerzo para reprimirla, pero la risa surgía irresistible y, como a la hemorragia de un hemofílico, no encontró manera de pararla.

Se han quedado dormidos. Ella continúa riéndose porque en sueños el empleado de comercio no para de contarle con lujo de detalles cosas terribles y ridículas, y aunque intenta explicarle que se ríe de nervios, que no se está burlando de él, aunque lucha por sofocar las carcajadas que, además, le percuten dolorosamente en el pecho –lo que le recuerda una frase de un chiste: “sólo cuando me río”, y la risa crece proporcionalmente, aunque los ojos se le llenen de lágrimas por el esfuerzo de refrenarla, por lo que termina entregándose a ella como a un delirio. En tanto, el empleado de comercio, tiene pesadillas encadenadas, la imagen del loco del martillo que lo embiste se disuelve, y va definiéndose, sobreimpresionada, la cara atormentada de María Elena que rápidamente es tapada por su propia pollera que además sofoca sus gritos y sus súplicas. El sátiro de Floresta se dispone a violarla y después, como acostumbra, la va a estrangular. El empleado de comercio, descalzo como está, no puede correr en su ayuda, tiene los pies ensangrentados y la calle está cubierta de cristales rotos; ventanas rotas, botellas, vasos rotos, todo lo que se pueda considerar como un trozo de vidrio puntiagudo, filoso y cortante.

Se despiertan a la vez, o uno despierta al otro al despertarse. Están entumecidos. Durmieron apretados como protegiéndose mutuamente del frío, pero hace tanto calor que están tan mojados por la transpiración como si se hubieran duchado. El empleado de comercio se incorpora y le extiende una mano, les duelen todos los huesos y necesitan estirar el esqueleto.
-¿Cuánto tiempo dormimos?- pregunta él. No más de quince o veinte minutos, le contesta ella que, ya se sabe, ve perfectamente las manecillas del reloj en la oscuridad. Entonces lo observa arquearse apretándose fuerte la espalda y le vuelve la risa, mejor dicho, prosigue, como si no hubiera existido el interregno del sueño y, casi sin transición, llora. Sin estridencias, pero llora.
-¿Qué ocurre? ¿Estás asustada?
-Ya te dije que no.
-¿Porqué llorás, entonces?

La pregunta es retórica. María Elena antes no lloraba nunca. Hasta que una tarde –hará uno o dos años- lloró, él nunca la había visto antes llorar, pero entonces lloró y ya no paró.
El empleado de comercio recuerda la noche en que fueron a ver “E.T.” al Gran Catán ¿Fueron al Gran Catán? No lo creo, no podría asegurarlo pero me parece que para entonces al Gran Catan ya lo habían tirado abajo para construir una playa de estacionamiento. No importa, la cuestión es que hacía muy poco que se habían conocido y recién comenzaban a salir solos de noche.
Daban “E.T”, y cuando E.T, antes de entrar en la nave espacial, le dice al chico, apuntándole con su dedo brillante al corazón: «Estaré aquí mismo», y después sube a la nave espacial y regresa a su planeta, el empezó a llorar y, por más que trató de contenerse, seguía moqueando cuando se encendieron las luces y, ya en la calle, todavía hipaba. Le había dado como un ataque de llanto y no podía parar, vaya a saber que fibra le tocó. Pero notó que muchos de los que salían del cine, también lloraban, o aún mantenían los ojos húmedos o rojizos, es decir que, aunque intentaran disimularlo, habían llorado.
María Elena, entre todos los que habían visto la película, era –así le pareció- la única que no derramó ni una lágrima.
Y así siguió hasta que una tarde de hará uno o dos años, vaya a saber que le pasó. O de qué se acordó, o en qué o en quien pensó. El, entonces, se lo preguntó, pero ella nunca quiso contarle.
Desde entonces no paró de llorar, a veces una vez al día, otras dos v, en ocasiones tres, pero era muy el raro el día que pasaba sin que ella no derramase al menos una lágrima.
No necesita siquiera un motivo especial, o si disponía de alguno, se lo guardaba, y si el empleado de comercio, como al principio, insistía, se inventaba alguno.

María Elena busca en el rincón en el que hace un ratito se quedaron dormidos, explora apenas en el piso, y enseguida encuentra el atado de cigarrillos, con la misma rapidez y despreocupación ubica el encendedor y así, por un instante, arden sus mejillas empapadas.
-Papito- gime muy queda.
El sofoco los ha empujado al balconcito. Ahora, casi desnudos, temerarios -son dos blancos perfectos- necesitan tragarse todo el aire que no sopla afuera.
Ella sigue en lo que estaba: Expele humo y llora, llora y expele humo. Él comprueba que la calle está aún más a oscuras. Hasta el débil filamento del tercer poste de alumbrado de la calle Montgolfier finalmente ha muerto. La plancha exánime del cielo difumina la escuálida pátina de luz sobre la atmósfera vaporosa. Una apagada irradiación contra la que los tristes apartamentos de enfrente son sombrías siluetas inmóviles.
-Lorenzo…
…Papito.
– Se sentaba en la camita y yo me sentaba a caballito en una de sus piernas…/ ¿Lorenzo?/ Me cacheteaba la colita y me hacía gritar ¡hico! ¡Hico!/ ¡Por Dios! ¡Cómo odiaba yo a Lorenzo! ¡Cómo lo odio todavía!/ ¿A mí?/ ¡Shh!…
No quieren moverse, no quieren hablar. Apenas escuchar la calle, escuchar la casa, escuchar la respiración del otro y el silencio. Demasiado silencio, pensaron.
-Me pareció.
-Si, si
-No- ruega María Elena.
El empleado de comercio alza apenas los hombros ¿Y yo que puedo hacer yo? Es lo que se calla.
¿En la escalera?
El niega con la cabeza.
¿En la calle, en el empedrado?
Él la escucha rígido.
-¿Se alejaba? Pregunta pidiéndole por favor que le diga que sí.
Él, sin volverse, le toma la mano. Le aparta el pelo de la frente y la besa muy suave.
-Decímelo entonces- suplica ella.
-Pero vos no tenés miedo.
-Decíme.
-¿Que se alejaba? ¿Que los pasos, que los pasos del hombre, que los hombres, que la mujer, que quienes fueran, él, la, los que pisaban, se alejaban?
-Decímelo- Y ahora ella intenta besarlo, pero el empleado de comercio la desalienta, apartando la boca.
Le toma una mano y la conduce, con extrema vigilancia, hacia adentro, hacia el rincón en el que hace ¿Media hora? Se durmieron juntos.
-¿Se acercaba entonces?
¿Yo dije eso? /Dijiste que…/Dejémoslo ¿está bien?/ No se me ocurre qué / Que lo dejemos, que lo olvidemos, que hablemos de otra cosa, O. Y va a seguir/… mejor que nos callemos –lo interrumpe, pero la idea del silencio la aterra- O no.
-¿Y entonces?- le pregunta el empleado de comercio, y se odia al comprobar que disfruta. María Elena quiere saber entonces qué. Pero el empleado de comercio insiste, quiere que le aclara ese no, un no del que ella ya ni se acuerda y él se lo vuelve a recordar.
-Ese no. “Callémonos pero no”. ¿Qué hacemos? ¿Lo dejamos, como me pediste antes? Porque antes me pediste que lo dejáramos ¿O no lo dejamos, como me rogaste después?
Se sorprende al sentirse alborozado, casi eufórico, por el miedo que huele en ella, y porque el mismo está temblando. Y estar alborozado del miedo de ella, no detenerse a consolarla lo avergüenza, y no tener vergüenza del miedo propio lo avergüenza. Pero no puede detenerse ya, en primer lugar porque sencillamente no puede y en segundo lugar porque está borracho. Sabe que se van a estrellar y le es indiferente, aunque si realmente le fuera indiferente no temblaría como está temblando, se siente agarrotado y no puede frenar. Además le fascina la imagen de los dos juntos estrellándose. Aprieta los ojos, aguanta la respiración, suelta el volante y, con las manos en alto, aprieta el acelerador.
Abre bien los ojos, y sus ojos ven, muy nítidamente, nada.
– o lo olvidamos, o cambiáramos de tema, o nos calláramos, o que más… ¿Qué más?
Se sientan en el piso, como antes, más exactamente se derrumban, amarrados estrechamente en el rincón.
-¿Que es lo que me estás preguntando? –la voz de María Elena es débil, casi un hilo- En el fondo quiero decir, pero bien, bien en el fondo ¿Qué me estás preguntando?
Ella no debería haber preguntado eso. Ahora, en este preciso instante, los dos juntos sentados en el rincón. No debería haber preguntado ahora eso. Y se asombra al comprobar cómo, cuanto puede odiarla.
Escucha una risita.
-¿Por qué te reíste así?- le pregunta María Elena
El empleado de comercio se sorprende sinceramente. ¿Entonces esa risita fue suya? ¿Fue él quien se rio de modo tan siniestro? Comprobarlo le causa gracia y un poco de aprensión. Vuelve a reír, imitándose para ver que pasa. Él no es un felino, no ve en la oscuridad, pero sabe que ella tiene los cigarrillos en una mano y el encendedor en la otra. Se los quita y enciende uno, después se lo arrima, ella entreabre los labios, parece que lo único que realmente estuviera pasando fuera “Extraña pasajera”.
Hace unas semanas vieron “Extraña Pasajera” en la televisión. María Elena lloró durante toda la película, el empleado de comercio, cuando Bette Davis le dice “Oh, Jerry, no pidamos la luna. Tenemos las estrellas”, se acordó de cuando E.T. antes de subir a la nave espacial e irse a su planeta, apuntándole con su dedo brillante al corazón, le dice a Eliot -de pronto recuerda que el chico de la película se llamaba Eliot- «Elliott estaré aquí mismo».
Acaba de secarse una lágrima que se deslizó por su mejilla. Después comprueba que sigue odiándola, pero un poco más.
¡Qué bien miente, Por Dios! –Comprueba y se asombra- ¡Con que astucia ha ido preparándolo todo para el que termine preguntando sea él! Le preguntó ¿Qué me estás preguntado? Y se lo preguntó para que él lo preguntara. Pero el empleado de comercio realmente se pregunta que le está preguntando. En el fondo. Como dijo ella. ¿Quiere que sea él quien termine confesando?
Desearía que estuviera allí, que fuera lo que fuera, venga a lo que venga y ocurra lo que ocurra, lo que sea, que tiene que ocurrir, se decida y golpee, que golpee o derribe la puerta. Y que haga, que haga, que lo que tiene que hacer lo haga, que haga lo que vino a hacer…
-En este preciso instante nos está observando.
-Quien sabe…
-Ve lo que hacemos.
-Quien sabe.
-Yo sí que sé- dice María Elena. Entonces el empleado de comercio se yergue, la mira un instante tratando de entender algo y, por fin se decide y sale a la intemperie, al minibalcón.
Ella le advierte.
-Ve en la oscuridad, como un astrónomo.
Y como vos, le contesta el empleado de comercio.
¿Podes ver?
Ni contesta.
¿Podés verlo?, insiste.
¿A oscuras?
Recién todo se encendió un instante.
Vos está loca.
Bajá la cortina.
No.
Por favor.
Entonces la figura recortada, sombría, del empleado de comercio desaparece de cuadro, y enseguida se escucha el chirrido reseco del tambor de la cortina de plástico. En ese mismo instante ella le suplica que por favor, no lo haga. La asusta la idea de que suceda algo y ella no lo vea, y cuando él, boqueando como un pescado, se detiene, María Elena, también casi ahogada, intenta que comprenda que tampoco quiere ver lo que sucede, o si alguien o si algo… Abre los brazos y se calla.
-Como quieras…
-No- suplica avergonzada- mejor dejála baja, y cuando él la obedece e intenta nuevamente destrabar el tambor, lo detiene-¡No, no, no!… ¡Por favor, por favor, no!
La entrada al balconcito está despejada, como estaba antes, como toda la noche, como casi todas las noches del verano que recuerda María Elena desde siempre, lo mismo que hace dos noches cuando se desató el diluvio y se despertaron con el rugido de la tormenta que sacudía las vidrios y el viento y el agua entraban a raudales por la puerta abierta, iluminada por las explosiones eléctricas.
¿Así está bien?
Los dos saben que no pueden dar más vueltas, que se acabaron las excusas, que llegó el momento de enfrentarlo.
Suena el Teléfono, pero dejan que suene, y así, aunque insiste, finalmente el teléfono se calla.
Y, como de acuerdo, los dos guardan silencio esperando una nueva llamada. Y el teléfono llama. Llama un rato largo.
Cuando el teléfono termina de llamar, María Elena le ruega al empleado de comercio que se arrime despacito a la puerta y escuche.
El espera la contraorden.
Pero abrí despacito.
¿Qué abra?
Y no enciendas la luz.
¿Qué luz? /la del pasillo/ ¿Y porqué va a encenderse la luz del pasillo?/ ¿Y porqué no va a encenderse?/ ¿Todavía no te diste cuenta de que todo está a oscuras?/ ¿Todo?/ Todo.
Suena el teléfono, María Elena atiende impaciente, como si hubiera estado esperando durante muchas horas precisamente esa llamada, se acerca el tubo a la oreja y escucha. Escucha un gran silencio del que no se pierde ni un mínimo detalle. Finalmente, como de acuerdo, ella y vaya a saber quien, cortan.

Se sospechan atrapados por una masa suave y pegajosa como la tela de una araña y, al querer liberarse, van enredándose cada vez más. Se debaten, pero sin ninguna esperanza, y sin esperanzas continuarán debatiéndose. Saben que no hay manera de evitar el veneno que los inmovilizará y terminará matándolos. Pero además advierten que no ocurre nada, y que tampoco es verdad que no ocurra nada. Ocurre eso, ocurre el no ocurrir nada. Y ocurre absolutamente, podría decirse que ocurre demasiado, que esa nada es demasiada nada. Como que habría que sacarle algo, un poco de nada…porque ¿Cómo decirlo? está demasiado llena.

….Y sin embargo, era la de siempre, la misma noche oscura que se repetía idéntica.

Si cruje, si alguien, si algo, sube, o baja. Recién sí. Puede haber subido. Se habrá/ habrán, detenido allí, del otro lado de la puerta, apoyado el oído, y comprobado que todavía estábamos despiertos, y como escuchó/ escucharon, que estábamos despiertos y él/ ella/ ellos, lo que quiere/ quieren, es despertarnos, arrancarnos del sueño en medio del horror, subió/ subieron, muy suave, muy sigilosos, sigilosas/… ¿Entendés? Uno piensa que va/ van a venir de abajo, de la calle, es lo lógico ¿No?, pero ¿Y, sí, subió/ subieron y no pudimos escucharlo/ escucharla/ escucharlos? Y, aprovechando que estábamos distraídos, subió/ subieron hasta el piso de arriba, o hasta el otro, o hasta aquí nomás, en el descansillo, y ahora espera/ esperan, y si por casualidad alguno de nosotros, vos o yo, quiere cerciorarse y sale a comprobar, y se asoma, él/ ella/ ellos se abalanzan sobre, desde, arriba quiero decir… ¿Entendés?
-Como una manta oscura, pesada, como una tromba, como un piano que se desploma en una mudanza, como una avalancha, como un tsunami, sobre uno, y uno, pobrecito, mirando para abajo…
-Miremos para arriba
Y sí, contado así me parece verosímil: si el empleado de comercio en efecto saliera, saldría despacito, tal como María Elena le pidió que saliera, escucharía el crujido, miraría para abajo, miraría para arriba, trataría de adivinar si el ruido de pasos proviene de abajo o proviene de arriba, un escalón, otro escalón, otro… y así un buen rato. Quienes fuera o fueran que suben o bajan sabría/ sabrían, que el empleado de comercio en caso de haber salido, en ese preciso momento está ¿Apoyado en el pasamanos? Eso está muy bien: que está apoyado en el pasamanos, alerta, ocupado en mirar para arriba y para abajo, y sea quien, quienes, sea, sean, lo sabría/ sabrían, porque no cabe duda que lo ha/ han previsto todo. Él/ Ella/ ellos que estaba/ estaban en la esquina, agazapado/ agazapados, esperando que el empleado de comercio hiciera precisamente eso, salir, apoyarse en el pasamanos de la escalera, mirar para abajo, mirar para arriba, aprovecha/ aprovechan que el débil filamento del tercer poste de alumbrado de la calle Montgolfier finalmente ha muerto, y que nadie puede verlo/ verla/ verlos y cruzaría/ cruzarían la calle, se protegería/ protegerían bajo el alero, y esperaría/ esperarían/ como un/ una/ unos/ buitres, caranchos, que la víctima baje la guarda, se entregue, se engañe. Buenas noches querida, buenas noches mi amor, y entonces sí, abre/ abren el portal/ con extrema delicadeza, primorosamente, como un/ una/ unos artistas, como un/ una/ profesional/ profesionales, que eso es lo que es/ son, la puerta de abajo, no la de arriba, porque arriba no hay puerta ¿Y la puerta de la terraza? Está siempre cerrada con llave, está sellada, eso ¿O no?/ ¿Y las ganzúas, y las palancas?/ Escalón tras escalón, y María Elena y el empleado de comercio –así lo imagino yo porque como dije me parece verosímil- ya están soñando con los angelitos, mejor dicho, María Elena está soñando con los angelitos arrullada por la novia del lémur/ Nació en Kuala Lumpur/ La comadre Cotorra/ Vino de Andorra, y el empleado de comercio sueña con Mateocho, Tata Dios, el Sátiro de Floresta, el petiso orejudo, y ese vértigo irresistible, después, porque ya no habrá después, ya no van a despertar más, kaput, fin, finish, end, finito, No voy a despertar nunca más, y vos tampoco querida, vos tampoco, no te hagás ilusiones, vos tampoco…
-¿Vértigo?
Vértigo. Vértigo, aturdimiento, desmayo. Y no es necesario sufrir de vértigo para sentir vértigo. Hay gente a la que le basta subirse a un escalón para sentir esa terrible atracción del vacío. El abismo debajo de uno, y el pobre tipo está ahí nomás, apenas un poquito, unos centímetros sobre el nivel del piso.
Pero ellos, María Elena y el empleado de comercio ¿Cómo pueden estar seguros de que él, ella o ellos, va o van a ascender, o ya ascendió o ascendieron la escalera? Me pregunto ¿Cómo saben que quien o quienes sean, cruza o cruzaron la calle y que, en las sombras, bajo el alero como ese buitre o carancho, o como se llame el ave carroñera, espera o esperan sin impaciencia? ¿Cómo hacen para convencerse de que nadie sube ni baja, que nadie cruza, que no hay nadie bajo el alero, ni con el oído apoyado al otro lado de la puerta, que todo está bien y que lo que corresponde que hagan ahora es aflojarse, reírse de sí mismos, de su paranoia, y dormirse plácida, profundamente?
Unos pocos centímetros o un abismo, da lo mismo, son la misma medida. El abismo liliputiense, la ínfima inmensidad.
¿Y si se está burlando de nosotros?/ ¿Quién?/ El buitre, el carancho/ Él cazador/ Lorenzo/ protegido/ protegida/ protegidos, abajo del alero.
¿Porqué precisamente de nosotros? ¿Qué le hicimos nosotros?
Quién sabe. Puede que nada. Puede que algo terrible, y ya no lo recordamos.
¿Te basta con una razón? ¿Con una sola? Le pregunta después.
Ella asiente.
Vivimos en un país de mierda.
Mucha gente vive en este país de mierda.
De porquería.
María Elena estudia la opinión del empleado de comercio, y decide que está de acuerdo con ella: de porquería, si. Y suma ¡Que país puto!
¿Puto?
Ahora es el empleado de comercio el que sopesa.
Si, ¡de porquería, de mierda, puto!
¿Y si somos nosotros los que nos estamos burlando de él?
¿De quién?
De él/ ella/ ellos.
María Elena se ríe para adentro. Acaba de imaginar algo terriblemente cómico y juega con la idea. Piensa en la remotísima posibilidad de que sea el empleado de comercio quien contrató al merodeador, al violador, al killer profesional, y entonces descubre que él también, en buena lógica, podría sospechar lo mismo de ella, además está segura que también lo sospecha, y eso le resulta mucho más gracioso.
El empleado de comercio corta de un limpio tijeretazo la ristra de suspicacias que presiente expectantes en ella.

Si él tratara de intentarlo, se llevaría todo por delante, y por eso le pide a María Elena que acerque el pan lactal y el paté de foie ¿Vos no tenés hambre? Le pregunta. Pero ella piensa que con ese calor el paté ya debe oler mal. Los dejamos sobre la mesita ratona, le informa.
-¿Y la mujer murciélago?
-Los murciélagos son ciegos.
-Los murciélagos no sólo no son ciegos sino que pueden ver en la oscuridad y volar por la noche sin llevarse nada por delante y, de paso, chuparle la sangre a las aves de hábitos nocturnos, como los nuestros, y a las ovejas, las vacas, los chanchos, los caballos, y a las chicas de las películas de Christopher Lee, etcétera.
En la maraña de sombras se mueven sombras vivas.
Fue cuando perdiste la llave. Pero quien sabe, puede que sí puede que no. Quizás viene de antes, de mucho antes…
¿O vos imaginás que todo va a terminar ahí? Ahora ya no hay culpa. Podés dar todo, podés hacer lo que te pidan ¿Qué otra alternativa le queda a uno? Es humano intentar calmarlo diciéndole que haga, que se despreocupe, y que tome, que no se haga problemas y use, que pida, que elija, que no se prive, que exija, que repita, que aproveche. Por eso está seguro que fue cuando María Elena perdió la llave y también está seguro de que la culpa es de María Elena
¿Mía? ¿Por qué mía?
Y el empleado de comercio le explica que porque está muy buena, porque tiene un buen culo, y porque lo lógico es que quiera violarla.
-¿Violarme?
Y él insiste que ahí hay que buscar la explicación de todo, el motivo final, y que, aunque ella no pueda creerlo, él, el empleado de comercio sí –que quiera violarte, insiste- si no quisiera violarte sería un anormal, un reprimido, un maricón…
A María Elena las palabras de él le hacen mucho daño, pero le pide que se las repita. Un maricón/ No lo otro, que estoy ¿Cómo?/ Muy buena…/¿Qué tengo qué?/ Un buen culo/ Que quiere… ¿Qué es lo que quiere?/ Violarte/ ¿Cómo?/ Así, así y así, y por aquí y por acá y que vos se la, ya sabés/ ¿Qué?/ Ya sabés/ ¿Qué/ Se la chupés/ Pero yo no…/ Pero vos sí/ ¡No!/ ¿Qué otro remedio tenés?/ ¡No!/ ¡Te amenaza! Y te dice cosas asquerosas, y además…/ ¿Además?/ Tenés ganas, querés…
Y yo, atado, fuerte. Tengo que verlo, y escucharlo, sin poder hacer nada, y vos….
-¿Yo qué?
-… te gusta, ¿te gusta no?
-¡No!
-¿No?
Ella lo mira con reproche porque la hizo caer en la trampa, porque, como él diría, piso el hilito, y después, por la misma razón, lo mira con desprecio. Yo jugué limpio, le está diciendo sin necesidad de decírselo, también, creo yo, le está diciendo que es un cobarde. Él, sin embargo, pareciera inmune a esas miradas asesinas, quizás porque en la oscuridad puede ignorarlas y, entonces, María Elena niega cada vez con menos convicción y termina aceptando.
Puede ser que un poquito, apenas.
A él eso le duele, y María Elena advierte lo mucho que le duele.
-Y a vos.
-¿A mí qué?
-También
-No.
-Si…te gusta
-No.
Entonces María Elena que ha entendido que ahora el empleado de comercio le está suplicando que ya basta, lame dulcemente la brillante humedad de sus ojos, en la negrura, y le susurra: Mucho.
Y él, tumbado de espaldas, con los ojos cerrados, su pecho subiendo y bajando como un fuelle, le pregunta con una voz penosamente audible: ¿Sabés lo que sos vos? Decímelo, le pide María Elena que va trepándose a su cuerpo. Decímelo. Y como él, ella lo intuye, se lo va a gritar, le cubre con una mano, suavemente la boca y le ruega que se lo diga despacio, en voz muy baja, como un secreto. Él se lo dice, y, en su oído, el aliento de la palabra produce un cosquilleo, entonces ella se ríe como sabe que ríen las que son como el dijo que es ella, pero no porque quiera imitarlas, sino porque esa es la risa que nace espontánea de su cuerpo.
Entonces el empleado de comercia se la arranca de encima y después la cachetea, una, dos veces.
María Elena lo mira, él sabe que ahí, en la oscuridad, ella lo está mirando ¿con odio?, y también sabe que en un segundo, pasado el asombro, va a estallar su llanto incontenible.
El que está llorando, sin embargo, aunque aún no lo advierta, es él.

Finalmente se durmieron, las sábanas húmedas y revueltas.
Se despierta asustado, como si lo hubieran sacudido brutalmente, totalmente desorientado, no sabe qué hora ni que día es, dónde está, ni qué hace allí. Cuando, después de minutos o segundos, comienza, muy poco a poco, a reconocer y, especialmente, a recordar, siente que el cuerpo se le agarrota y que la sangre deja de circular. Sabe que aún está vivo solamente porque siente la frente perlaba de sudor. Entonces fuerza a sus ojos a que se abran, y a sus fosas nasales a que aspiren vorazmente y llenen de aire sus pulmones y así se queda, con la vista clavada en donde sabe que está el techo.
Los párpados, que aún pesan, vuelven a cerrársele. Deben ser las cinco, las cinco y media, las seis, supone el empleado de comercio, y escucha, al lado suyo, la respiración leve y el suave ronquido de María Elena que le indica que aún descansa. Cruza los brazos bajo la cabeza y, quizás porque sabe que no puede ser escuchado, le habla en voz baja, para no distraerla de lo que sea que esté soñando.
Le cuenta que durante un tiempo tuvo un revolver escondido en la mesita de luz, como una protección, por si alguna vez lo necesitaba. Un Colt.38, calcado al que usaba Al Capone. Un modelo de 1929, le dijeron. Sigue teniéndolo, pero no en la mesita de luz. Se lo comenté a don Manlio -¿Te acordás de don Manlio, el sereno que había cuando empecé, el policía jubilado?- pregunta inútilmente- Don Manlio que sabía mucho de eso, me dijo que el sitio no le parecía el mejor.
Si se despierta repentinamente, y sobresaltado por pasos, ruidos o lo que sea, me explicó don Manlio no es buena idea empuñar el arma en ese estado de semiinconsciencia. El mejor escondite, me aconsejó, es un escondite cercano, un mueble por ejemplo, de forma que se tenga que levantar para buscar el arma; y en ese ínterin uno se va despejando un poco y piensa mejor las cosas. Por otra parte, si quien sea, ya está adentro y encañonándolo no hace diferencia que tenga el arma en la mesita de luz o no.
María Elena se vuelve despacio, y le pregunta dónde la ha escondido. Él, también se vuelve hacia ella, sin ninguna sorpresa, y después se lo cuenta al oído.
Enseguida se duermen, abrazados, un ratito más.

Más que el ruido, lo que lo que despierta definitivamente a María Elena y al empleado de comercio, es un enorme flash de luz y, después del flash, el crepitar de las llamas. Siguen ruidos de sirenas, metrallas, helicópteros. Por la coincidencia del estrépito del bombardeo y la aparición de una densa nube de humo negro que se abre como un hongo sobre el cielo estañado, parece haber concluido alguna cuenta regresiva De los edificios condenados, ahora ya casi en ruinas –los mismos que anoche parecían desiertos- escapan como ratas unas figuritas patéticas, algunas logran atravesar los vallados o aguantar el impacto del chorro de los camiones hidrantes; las más, sobre todo a las mujeres, a los niños, y a los viejos, los requisas las sacan a la calle a los empujones, sin dejarles recoger sus pertenencias. De inmediato se procede a incinerar los muebles, las ropas y cualquier otro objeto que pudiera haber estado en contacto con los apestados. Si alguna cosa tiene algún valor se la aparta con extremas precauciones higiénicas, y después se la carga en una furgoneta. Sobre la esquina de Settino se han juntado montones de basura, animales muertos, estiércol en descomposición, y una crecidísima cantidad de huevos podridos y panes duros, a unos metros de Grecia, va creciendo una pila que, a primera vista, parece de cadáveres.
El todo es como un denso amasijo de gritos castrenses, ladridos rabiosos, dialectos, voces de espanto y de dolor, explosiones. Son pocos los que entienden el idioma y por eso los Brigada de Rápida Intervención los detienen ya que no acatan las órdenes. Resulta cómico verlos desfilar como borrachos hasta los camiones celulares, no obstante, el empleado de comercio y su mujer, ahora sí bajan la cortina de plástico.

El de la radio prometió que el sol saldría a las 06:45, pero ya eran las 07, 00 y seguía escondido tras una placa gris metalizada, sobre la que irradiaba.
Justo a esa hora, el empleado de comercio se pregunta y pregunta: ¿Puede que, sin saberlo, uno sea un fantasma?
-Yo hace mucho que no me pregunto nada- contesta María Elena que está muy ocupada en otra cosa y dispone, de paso, la mesa del desayuno.
Si igual todo va a aparecer un día- piensa él- Va a estar todo ahí, delante de nosotros, como una montaña de regalos.
-Ahí- le señala a María Elena que no entiende, pero asiente distraída. En la montañita, murmura, y aunque no tenía la menor intención de recordarla, ve en detalle la basura amontonada en la esquina de Grecia.
-Nos va a resultar imposible apartar los ojos, distraernos.
María Elena le informa que la heladera enfría, apoya la mantequera en la mesa y se va a rescatar las rodajas, que olvidó en la tostadora.
…un sombrero muy usado y sucio, un paraguas estropeado, un boleto rosa viejo de tranvía, un frasco de píldoras, un viejo pañuelo de cuello de seda con monograma bordado, y la foto amarilleada de la gran mesa de un banquete, creo yo que de bodas, con las siluetas, (seguramente de los invitados) prolijamente recortadas, y también las dos de la cabecera, la de los novios, se me ocurre.
¿Te digo algo?
María Elena no le contesta, pero él se saltea su falta de respuesta, y le aclara que no puede jurar que vaya a ser así, pero que si es así, puede que hasta los ayude.
-¿La montañita?
-La montañita.
El timbre del teléfono. Cada uno sigue en lo suyo y el teléfono enmudece.
María Elena va después hasta el balconcito y separa dos varillas de la cortina. Por la rendija se cuela una claridad plomiza, sucia.
Al ratito de acostarme –dice sin apartar los ojos del segmento de calle que entrevé- me quedé dormida escuchando el ruido de la lluvia. Después me desperté, pero ya no llovía. Él le explica que no llovió en toda la noche, que hace dos semanas que no llueve (y yo confirmo que la sequía ese año, superado ya febrero, fue preocupante) pero María Elena ni lo escucha y sigue contándole que cuando se dio cuenta de que estaba despierta fue hasta la cocina para beber agua, pero descubrió que no tenía sed, que no tenía ni un poquito de sed.
¿Me escuchaste?- pregunta
Y el empleado de comercio le dice que ahora sí, pero se refiere a que ahora sí que está seguro de que eso de afuera acaba de moverse, como si se arrastrara, y que en ese mismo instante, se queja débilmente,
Ella le pregunta si en la escalera/ En la puerta/ ¿En la puerta?/ En el piso/ Golpea muy despacio/ Ahora araña, creo/ intenta decirnos algo…
La llave –insiste. Sos la única culpable de esta noche de mierda.
Porque quien fuera no sólo quería violarla, quería también estrangularla como hacían Mateocho, Tata Dios y el sátiro de Floresta, y, por supuesto, después le tocaba a él ¿O qué se imaginaba? No pueden dejar testigos vivos.
María Elena le pregunta si le parece que sirva el desayuno, pero no obtiene contestación.
No te afeitaste, agrega.
Pero el empleado de comercio le ruega con un gesto que se calle.
Después, secretamente: ¿No escuchás? Araña.
María Elena respira fuerte, desaparece y no tarda en reaparecer. Trae un Colt 28, igualito al que usaba Al Capone. Se detiene un corto instante frente a la puerta, apunta sosteniendo el arma con las dos manos y efectúa cinco disparos, tres hacia abajo, uno a media altura y el último al sitio donde, de seguir en pie, debería estar la cabeza.
-Pobrecito, dice tras un silencio corto.

Se produjo, naturalmente, una discreta conmoción en la casa, algunas puertas y mirillas se entreabrieron, un vecino temerario se asomó unos centímetros. Un sofocado zumbido de enjambre y, pasada media hora, el sonido progresivamente más próximo y agudo, de una sirena con su orfeón en crescendo de atávicos ladridos., el frenazo brusco, frente al portón, las puertas y las mirillas que ahora se cierran al unísono, pasos rápidos que suben las escaleras y, diez minutos después, las bajan. Finalmente el vehículo vuelve a ponerse en marcha, otra vez la sirena que, por efecto Doppler, se va tornando más grave y termina extinguiéndose, los ladridos en volumen descendente y, gradualmente, el aire conocido, los ruidos familiares, la cotidianeidad que sin prisa y sin pausa se estira como una mancha de tinta, y se reinstala.

Debe haber pasado algo ¿Escuchaste?
María Elena lo toma del mentón y lo obliga a mirarla, se ocupa de secarle algunas lágrimas recalcitrantes. Ella se había prometido no llorar, pero entiende que ya es su turno y entonces el empleado de comercio siente como si la recuperada, es como si ella no hubiera estado allí esa noche y regresara en ese preciso momento. Y vuelve a sentirla tan frágil y temblorosa, que torpemente, repartiendo pequeñas caricias sobre sus mejillas, y sobre sus ojos, intenta serenarla.
Todo está bien –aunque carraspea, logra finalmente que su voz suene casi segura, como si se lo creyera, y es que no quiere que ella dude ni por un segundo que lo que dice es cierto.
Y, mientras él va hacia el dormitorio a buscar una corbata y regresa dejando que cuelgue desanudada sobre la camisa, ella ni se lo cree ni deja de creérselo, porque no conoce exactamente lo que la asusta, pero sabe que pase, lo que pase, sea como sea, seguirá asustada.
Trata de sonreírle, empieza a exprimir una naranja y a esforzarse para contener nuevos sollozos. Canta bajito, trayéndose algo desde muy lejos, un regalo, y se obliga a sonreír.

Mi cuñado el tejón
Es de Gabón
Y su tío el antílope
Es etíope
La novia del lémur
Nació en Kuala Lumpur
La comadre Cotorra
Vino de Andorra
Y la prima Chinchilla
Desde Sevilla

Pero la voz se le quiebra, y sigue exprimiendo la naranja en silencio
-¿Y ahora que pasa, María Elena?
-Papito, no sé porqué me acorde de papito.
-Lleva más de cinco años muerto.
-En diciembre seis…
-Sí. Seis.
-El tiempo corre…
-¿Y si fuera un ciego que solo mira el interior de sus ojos?
Pero sólo lo ha pensado, en ningún momento lo dijo, y que ella le pregunte ¿Quién? resulta inexplicable, sin embargo le contesta en silencio: El buitre, el cazador, y María Elena asiente.
Esta noche llovió ¿Te dije? Yo me acosté a tu lado y escuché un rato largo el ruido de la lluvia… después me desperté y ya no llovía.
La casa, la calle permanece en silencio, el escucha y se dice que no, que tranquilo, que no pasa nada. Y ella contesta a lo que él está pensando.
-Es cierto. Nada.

¿Están los dos esperando algo? ¿Una llamada telefónica, por ejemplo?
Ella fue la primera que se acercó al teléfono, lo miró un instante y después marcó un número. Esperó pero no obtuvo contestación, entonces cortó.
El terminó de beberse el jugo de naranja, se secó los labios con una servilleta. Después se levantó y marcó también un número. Tampoco hubo respuesta.
-¿Entonces? ¿Cómo era eso? / Se sentaba en la cama, yo a caballito en una de sus piernas y gritaba ¡hico! ¡hico! Mientras me cacheteaba la colita…/ Lorenzo.
El empleado de comercio, que acababa de hacerse el nudo de la corbata, se la desabrocha e intenta abrir la ventana corrediza del balconcito pero está definitivamente atascada, puede haberse trabado una de las lamas, o haberse quedado enganchada en el cajón, o, lo más probable, soltado un fleje. Prueba otra vez, es inútil, lo único que ha conseguido es desnivelarla, además de enmugrarse las manos y sudar como un cerdo.

La calle Montgolfier, desierta, parecía flotar en el calor. Un turbio esplendor que esfumaba los contornos y lijaba los relieves. Un polvillo en suspensión, acre, corrupto, y ese silencio opresivo es un gran ruido sofocado. Además, percibe el empleado de comercio, se trata de una elipsis, un silencio acotado. En la esquina de Grecia, seguramente, lo espera el zumbido cotidiano del colmenar a full.
Del edificio de la vereda de enfrente, solo queda el esqueleto de un inmenso barracón encalado, con algunos accesos sellado por tablones clavados y señalado con una gran cruz de tiza. Esporádicamente de su vientre, vaya a saber por qué ranuras brotan todavía algunos astronautas, con capuchas, botas, guantes, máscara, babero, gafas protectoras, fumigadores de mochila y delantales plásticos naranjas. Están alimentando la última fogata con maderas, alquitrán y otros combustibles, para limpiar la atmósfera de miasmas.

Esperó el 620 unos veinte minutos en Juan Sebastián Bach y Zeppelín, y se bajó en Ramos Mejía.
Durante el viaje no ocurrió, vio ni escuchó nada que no ocurriera, viera o escuchara de lunes a sábados, semana tras semana. Nada especial entonces, y eso, creo yo fue lo especial que le pasó ese día. Y así, aunque no podría asegurarlo, se me ocurre que debió repetirse por lo menos tres veces, cuando se bajó del colectivo, y enfrente suyo, la estación del tren permanecía igualita a sí misma.
Faltaba cincuenta metros para Avenida General San Martín y Espora, cuando le vino el recuerdo del domingo a la noche, cuando vio en la tele al presidente que anunciaba la construcción de una plataforma de lanzamientos de cohetes argentinos.
“Atravesaremos la estratósfera y en dos horas estaremos en Japón”, había prometido el presidente. Y él estaba seguro que eso era posible ¿Porque no iba a ser posible? Sabía, sin embargo, como si leyera el futuro, que a él no le iba a tocar viajar a Japón, que él se iba a morir sin conocer Japón.

María Elena se había bajado en Cristianía esquina Antonio Zinny, y aunque ignoraba qué la había llevado allí, esperaba con el corazón desbocado y la sangre latiéndole en las sienes, a la sombra del único árbol de la cuadra: un paraíso enfermo, ahuecado, con unas pocas hojas amarillentas.
Vestía liviano pero ceñida, algo anacrónica y es posible que un poquito equívoca pero, objetivamente –aunque sobre gustos no haya nada escrito- todavía degustable.

Exactamente un mes lunar después –coinciden los vecinos y me limito a tomar nota- volvió a escucharse el aullido del lobo y, tras un silencio ominoso, la respuesta de su manada.

NOTA BENE
Este “El espejo en la oscuridad” de un tal A. W., puede considerarse un desarrollo en prosa de un esbozo dramático, datado en 2011, también firmado por cierto A.W. No es un disparate, al contrario, suponer que relato y apunte dramático tienen un autor común. Lo inconcebible es inferir que ninguno de los A.W. (Suponiendo que los A.W. sean dos) conocía con anterioridad los fragmentos rescatados de cierta novela titulada “El huerto de fractales” cuyo autor, que firmaba “V” y emulaba el nihilismo aristocrático de Franz Kafka, ordenó destruir a su albacea testamentario. En dicha novela non nata, no solo encontraremos las ideas generales de las obras posteriores, también frases completas plagiadas textualmente.
Puede perfectamente, si a alguien le sobre el tiempo, rastrearse influencias anteriores. Suponemos que la cosecha resultará ubérrima. Apuntamos solamente y al pasar, una pieza en un acto titulada “Variante para el mediodía” que, por otra parte, figura como de A.W.

(Para Alicia -como siempre, amor mío- y para Marina, y para Alejandro)

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