El guardián del gueto

“Cierro los ojos.
Hay un mundo sordo,
Hay una grieta
Por la que los muertos
Traspasan la frontera.”
Tomas Tranströmer

1

Sobrevuelo
como un ave nocturna
la maraña ruinosa de callejones,
encrucijadas, pasadizos
del Gueto al que al nacer
fui confinado a perpetuidad.
Los gritos, las risas y las músicas,
los ayes, las pisadas, el escándalo de los motores,
el llanto de los recién nacidos,
los ladridos, los estertores
-incluso las tempestades-
suceden para nosotros en silencio,
como una pantomima.
como una película muda.
Debería infiltrarse desde la Ciudad
al menos un rumor amortiguado
-por ejemplo, el de unas pocas hojas arrastradas por la brisa-
pero, en el intento, se estrellan como insectos,
contra un cristal intangible.
Los muros del Gueto son de silencio.
Y el silencio es invisible.
En cuanto a las luces
en los retirados horizontes
se las percibe como
un anillo de humo de demacrada fluorescencia.

2

Siendo una criatura
-recuerdo todavía la infinita agonía de ese crepúsculo-
logré escapar hacia los bosques,
y allí subsistí amamantado por una loba.
Cuando abandoné la manada
había aprendido a cuidarme en soledad
y era ya un experto predador.
Esa misma mañana me encontré con un lobero
que, guiado por un instinto
al que se confiaba ciegamente,
merodeaba las cercanías
No husmeó, no obstante, en mí al lobo
predestinado a desgarrarle la garganta.
Con su vieja Browning
regresé a la madriguera
en la que había sido alimentado,
disparé contra mi madre y mis hermanos
y después vendí sus pieles.
Puse, en seguida, un océano por medio,
y fui haciéndome lo que se conoce
como un hombre de mundo.
Pero apenas amanecido el día siguiente
desperté en mi ratonera del Gueto
al que al nacer fui confinado a perpetuidad.

3

Vivimos hacinados en el Gueto
promiscuos y ajenos,
como en cuarentena.
Es probable que nos conozcamos
desde siempre
pero no nos reconocemos,
y ninguno puede afirmar
que su vecino sea, en efecto, su vecino
o si está vivo o está muerto;
lo saluda, por si acaso, en silencio
y el vecino, con una inclinación de la cabeza,
le devuelve el saludo
por idénticas razones.
Todo en la vecindad es comedido
desafectado, escueto.

4

Ordinariamente por los noches
sueño que aún vivo en el bosque,
y cuando vivía en el bosque,
soñaba que vivía en el Gueto,
pero en aquellos tiempos
yo no sucumbía a las quimeras
y sabía, con seguridad, que despertaría
en mi silvestre guarida.
Ahora mismo estoy soñando:
reconozco el sendero,
venteo las marcas de mi antiguo territorio.
El lobo sigue el rastro del lobo.
Aúllo largo, sostenido
y espero, totalmente vulnerable a la esperanza,
la respuesta de la manada,
sin la mínima sospecha de que,
no pasado ni un segundo,
resucitaré en el Gueto.
Respecto al mar guardo recuerdos insignificantes
de su vastedad, de su color,
de su inmovilidad, etcétera.
Permanece en mi memoria
aún más callado y sombrío que el Gueto
– un magma estratificado, nocivo, letárgico,
bajo una plúmbea nube de polvo,
como la de una demolición, que oculta el cielo-
una imagen mortalmente detenida que, me pregunto,
si no habrá nacido de una alucinación.
Nada tampoco de las grandes ciudades,
ni de una vida social intensa
a las que (no sé cómo lo sé) dediqué muchos años,
y, apenas del regreso, al atardecer, de un largo viaje.

5

“no era a mí a quien miraba, sino a alguien detrás de mí”
J.M.Coetzee.

El Gueto, por si ya no les dije, rebosa de fantasmas
(Lo afirman, incluso, los fantasmas
omitiendo que aluden
a sí mismos)
Una leyenda urbana apunta
a que los espejos los ignoran
y reproducen –aunque entre brumas-
lo que hay detrás de quien se observa.
Pero los espejos son poco fiables,
o quizás desdeñosos,
o aduladores,
o compasivos,
puede ser también que por su obsolescencia,
(lunas resquebrajadas, azogues corroídos,
la expansión incontenible de las manchas negras,
densas penumbras y neblinas
que desvanecen o suprimen las formas)
atrasen, como relojes.
Eso explicaría que en el Gueto
se ocupe tanto tiempo
contemplando
la imagen que cada uno se ha inventado.

6

Ahora, ya lo dije,
planeo la amplitud del gueto.
Soy -yo mismo me investí- el custodio
el guardián nocturno
de esta emboscada de callejones,
esconbreras, encrucijadas
y pasadizos sin destino,
al que al nacer fui confinado.
Lo cruzo desvelado
bajo un techo de metano y dióxidos
que hace ya hace muchas estaciones
veló la faz de plata
a la que, los hocicos al cielo,
adorábamos en los plenilunios,
Y así, entre innúmeras ventanas
cegadas por tablones de madera
clavados a los marcos,
acecho una ventana libre diáfana
de oscuridad radiante
y aguardo (la noche entera, si es preciso)
a que asome la criatura salvaje
que fue, hace un tiempo infinito, quien yo soy ahora,
y delinee en el horizonte su bosque conjetural.

7

“llana como un espejo, inmóvil, transparente hasta en sus oscuras profundidades.” Iván Turgueniev

Y de eso nada más, creo,
trata lo anterior.
El sentido de lo confiado
es, así, como el agua:
transparente, simple,
y su deslumbradora claridad
se funda en que las cosas suceden
por ninguna otra razón que suceder.
O, mucho más probablemente,
por ninguna razón.
O, vaya a saber.
Pero también se justifica la insistencia
de quien escuchó el relato
en buscarle un sentido
¿O acaso su propia vida no lo tiene?
Por eso tanta elementalidad
resulta equívoca, provocadora,
y tanta literalidad sospechosa.
Es difícil aceptar
Que, sin más, se acaba.
Que no hay más.

8

Sea como sea
y aunque siempre tengo esta historia
ante los ojos,
y sé que así será
hasta el día de mi muerte,
yo no he aprendido aún a leerla.
No la entiendo.

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