El huerto de fractales (fragmento)

Escribí “El huerto de fractales”, una novela de unas 150 páginas, entre mediados de 2015 y los primeros meses de 2016 (los primeros, también, de mi vida de jubilado). Permanece inédita (naturalmente) y sin ninguna perspectiva ni espectativa de publicación. Este fragmento, me parece, es legible como relato independiente.

(…) Mamá y papá murieron en un accidente en la ruta 188, pasando Huinca Renancó, ya muy cerca de Realicó, todavía en La Pampa. El 128 Berlina blanco, de segunda mano, pero en muy buen estado, quedó como prensado para chatarra, pero ni el Scania rojo igualito a un tanque de guerra contra el que se incrustó, ni yo, que aún no había cumplido dos años, sufrimos ni una raspadura. (*)
Después del siniestro continué viaje y me quedé diez años viviendo con mis abuelos en Carmensa, un pueblito mayoritariamente de chacareros, al sur de Mendoza. El choque se borró de mi memoria, no me quedó ni una imagen, quizás porque era demasiado pibe, quizás porque las sepulté en los sótanos del inconsciente.
Mi abuela se miraba para adentro y extraía los recuerdos como si fueran fotos apenitas amarilleadas. Me contaba, por ejemplo, de una chica muy mona, de la que nunca se dijo nada malo y que, además, bailaba muy bien (eso se presuponía), pero a la que, en los bailes que tenían lugar sábado por medio (**) nadie, sacaba a bailar –nadie la cabeceaba, decía ella. No había quien entendiera el motivo -porque no lo había- y se lo consideraba un misterio, pero la cuestión era que ningún mozo hacía nada para remediarlo, o no se atrevía a hacerlo ¿Alguien podía afirmar que Hildita no estuviera “ojeada”? ¡Y era tan linda! Con su vestido de broderí, celestito claro, el de “las ocasiones”, un poco por debajo de la media pierna, sentada allí, tan modosita, con el vaso de limonada “Nora” en la mano pequeña y muy pálida, con el que apenas si se había mojado los labios y que no apoyaba nunca en la mesa, lo sostenía así, a la altura del pecho, y sonreía, aunque todos sabíamos que estaba triste. Un día corrió la noticia de que a Hildita –esa chica tan mona– le habían diagnosticado una enfermedad incurable y que no iba a durar mucho. Entonces sí que estuvimos seguros que el sábado siguiente, que tocaba baile, por fin iba a aparecer el alma piadosa, el primero y quizás último compañero de baile. Si hasta se le pidió a la orquesta que preparado, con cantor incluido, una musiquita que les parecía hecha especialmente para la ocasión. Cuando mi abuela me la cantaba con su poquita voz, me hacía brotar las lágrimas. Venía, la canción digo, tan de lejos, y tan ajada como un vestido de novia antiquísimo, pero sin estrenar. Recuerdo que comenzaba “Princesita rubia de marfil dueña de mi sueño juvenil” y terminaba así, más o menos: “Un cariñito y un clavel, sólo el clavel, lo que quedó”. Todo cursi, muy cursi, y lagrimoso, pero tan vívido que, mientras lo escuchaba, me olvidaba que era imposible que yo hubiera podido estar en ese baile. Pero retomando. Aunque supongo que, durante la semana, todos y cada uno de los galanes se comprometió consigo mismo, cuando llegó el momento ninguno se atrevió a ser su pareja, e Hildita (Lafalla, Hilda Susana) unas pocas semanas después murió virgen, por lo menos como bailarina, y es muy posible también en todos los otros sentidos.
¡Ay! Como deseé que por alguna de esas retrocausalidades, que mi amigo Diego, podía explicar tan simplemente, se me concediera estar (haber estado) allí ese sábado, y ser (haber sido) el único bailarín de la vida de Hildita.
Mi abuelo sumaba a esa lista de “malditos”, gente que, vaya a saber porqué o por parte de quién había sufrido “un daño”, a muchos otros personajes, casi todos remotos, pero también a algunos que yo conocía y que, incluso, eran amigos míos. El Chino, por ejemplo, el hijo del jefe de estación. En los partidos del descampado, detrás del silo de granos de hormigo, los capitanes casi siempre elegían a los jugadores por el método del pan y queso (un paso, “pan”, otro paso, “queso”, y así hasta que alguno, generalmente el más patón, pisaba la alpargata de su rival y ganaba. A él le correspondía elegir, primero –invariablemente a “El paralítico”, un virtuoso de la gambeta que, además, hacia goles- después elegía el otro, y así hasta que los dos equipos quedaban completos.
Al Chino nunca lo convocaba ninguno de los seleccionadores. Hasta los jugadores más malos, los realmente “troncos”, tenían su lugar, de arqueros, sino había más remedio, pero el Chino no, incluso en el caso de que alguno de los equipos quedara en desventaja numérica.
¿Y porqué? –Se preguntaba mi abuelo- si nadie tenía nada en contra suya, al contrario, se lo estimaba, había unanimidad en que era un pedazo de pan, ni cargoso, ni amarrete, ni alcahuete, ni maricón, si ni siquiera faltaba alguien que (vaya a saber cómo ni cuándo) había tenido la oportunidad de ver al Chino en acción en una cancha y aseguraba que tenía “clase”.
Él, desde un costado, miraba melancólicamente los partidos y, cada tanto, nos alcanzaba agua, pero sin quejarse.
Estaba también aquello de Ramón, el peón de los Folgueral, que alguna vez, después de anochecer, supo no estar borracho. Él le enseñó a liar cigarrillos y a fumar a mi padre (esto me lo contó el abuelo bajando mucho la voz, para que la abuela no escuchara que nombraba a su hijo y, por lo que recuerdo, fue la única vez que se refirió a él). Yo escribí hace algunos años la historia de Ramón, aunque si la leen (que es improbable) van a tener que perdonar que me tomé algunas licencias. Resumiéndola, era más o menos así: Parece que el Ramón se murió de noche, pero como estaba dormido, no se dio cuenta. Fue así que se levantó, tempranito, como siempre. Entonces su mujer le contó que él se había muerto a la noche y que tenía que volverse a la cama. El Ramón consoló a su viuda, que lloraba -a los dos les gustó consolarse de mañana, nunca lo habían hecho antes- y después, como si fuera domingo, aprovechó para remolonear otro ratito, mientras la patrona le cebaba unos mates. A los compadres que llegaban al velorio les iba dando el pésame uno a uno, y a la mañana siguiente, pidió que lo dejaran ir a pie hasta el camposanto. Quería –dijo- echarle una última miradita al cielo, a los árboles y sentir el viento en la cara.
No habían terminado de bajar el cajón y Ramón ya sentía una modorra agradable, escuchó todavía alguno que otro llanto, adioses apagados, y un “Tempus fugit” que dijo algún paisano.
¡Qué pereza! Pensó, Y ya no supo de los terrones que golpeaban la tapa, como alguien que llama a la puerta.
Muchos años después, otro Ramón, peón también -pero sin ningún parentesco con aquel que le enseñó a fumar a mi padre y, llegada su hora, animó su propio velorio- armó como un virtuoso, con una sola mano, pero sin fanfarronería, el primero del largo millón de cigarrillos que llevo fumados.
Puedo ver todavía como sustrae unas finas hilachas de áspero tabaco negro, de su curtida tabaquera de cuero, como las extiende aplicadamente y como, antes de enrollar el cigarro, humedece con la lengua los extremos del papel.
Una cosa más, como al paso, un detalle que, hasta recién nomás, creía que permanecería guardado para siempre. ¿Porque lo estoy escribiendo ahora? Mejor ¿porqué recién ahora? Si no se trata de una confesión vergonzosa o algo así, si no se trata de nada importante. Mis abuelos paternos que fueron mis verdaderos padres ya que me criaron, siempre se callaban, como dije, cuando la conversación amenazaba dispararse para el lado de su hijo fallecido, mi padre. No lo hacían ostensiblemente, por lo menos no el abuelo. A La abuela Luisa, aunque disimulara, también se le notaba que el tema no lo gustaba y, por birlibirloque, ya estábamos hablando de cualquier otra cosa, de algo de lo que ellos sabían que mí me gustaba escuchar, viejas historias de Carmensa y, sobre todo, de gente ya muerta, como la Hildita o el Ramón, pero, aunque yo les seguía el juego, no podía evitar quedarme con un regustito de frustración. De mi mamá, de Checha, a la que apenas si alcanzaron a conocerla –quince días en Carmensa, y una semana, la de la boda, en Buenos Aires- se explayaban todo el tiempo que yo quisiera, y siempre entrañablemente. Así, Checha, la mujer más hermosa, fascinante y bondadosa imaginable, era la protagonista de una enorme cantidad de anécdotas, y detalles deliciosos, como aquella vez que la presentaron a los Vargas, y Don Pepe tocó la mandolina y mamá se puso a bailar revoloteando la pollera ancha, como una gitana, o de lo pequeña, pero perfectamente proporcionada que resultaba cuando se la veía venir de cualquier lado; de aquel atardecer en que estaba llorando, mirando por las ventanas veladas al campo neblinoso, y cuando se dio cuenta que la abuela Luisa estaba cerca, se volvió hacia ella, la abrazó fuerte, y se empezó a reír con una alegría loca. También de lo bien que cantaba, “como Libertad Lamarque”, decía el abuelo, “Mejor” lo corregía la abuela, de lo hermoso que era el traje de novia de organdí que usó el día del casamiento, lo bien que le “sentaba” y con qué elegancia lo llevó, permitiendo que la cola, sostenida levemente por las damitas de honor, flotara sobre la alfombra roja de la nave central de San Nicolás de Bari, en Buenos Aires, y siempre así. Y mientras se inundaba de imágenes la Abuela Luisa acariciaba a Tere, la gata gris perla, grandota y eternamente ronroneante, el único bicho con licencia para entrar en la casa. Si hasta se le permitía dormir en la vieja cama matrimonial de bronce.
Una noche buscamos con el Benito, dos caballos en el corral de los Bruni, nos hicimos de aperos y unas riendas viejas, desflecadas, y tratamos de largarnos para Bowen donde, según el Benito, que era dos años más grande, había unos chinitas “que se dejaban”, pero no tuvimos la precaución de evitar que dos de los perros, la Tosca y el Bonzo, se vinieran con nosotros, lo que provocó un concierto de ladridos que despertó a toda la vecindad en varias leguas a la redonda, por lo que nuestra excursión duró lo que un lirio. No nos habíamos alejado ni un cuarto de quilómetro, cuando fuimos capturados. No hubo castigó, por lo menos no nos dieron una paliza, pero a la mañana siguiente el abuelo Pío, tras una larga mateada silenciosa, me miró serio, sacudió la cabeza, y después, mientras vaciaba la yerba usada en la oxidada lata de tomates de 8 kilos, me dijo: sos igual que tu padre.
La abuela Luisa murió en julio de un año que en este momento no recuerdo exactamente, del frío sí que me acuerdo, era imposible de olvidar, y el abuelo apenas si la sobrevivió cinco meses. Entonces, mi tía Zulema, la hermana de mamá, solterona, seca, agria, me trajo a Buenos Aires, a La Paternal, para que viviera con ella, mejor expresado, en la misma casa en la que vivía ella.
Después no supe nada más de todo aquello, o no supe casi nada, sin embargo, hoy mismo, si existiera en la vida alguna técnica parecida al flashback , y se me devolviera, tal como soy ahora, a ese tiempo y a ese espacio, creo, estoy seguro, que reconocería las caras, el camino polvoriento desde la estación hasta las chacras, los sulkys que si tenías suerte se ofrecían a llevarte, las enormes chatas cargadas de forraje, tiradas por dos percherones, las parvas fauvistas, la laguna salada que se secaba en verano, blanca, quebradiza, cegadora, los atardeceres rojos que invariablemente me producían tristeza, todo eso que ha viajado siempre conmigo, como si constituyera mis equipaje, y si me dejaran sólo allí, caminando, librado a mi recuerdo, pienso que llegaría sin demasiados problemas hasta adonde quisiera llegar. Y supongamos que un memorioso con más años que yo, me corrigiera la historia, o cualquier de sus detalle, de todos modos habría sucedido como yo la estoy viendo ahora.
Por primera vez se había producido un cambio importante de capítulo en mi vida. Yo tenía la edad justa para tercer grado, y allí se iniciaba, en todos los sentidos, mi otro aprendizaje, el del barrio, el de Buenos Aires, el del chico que volvía del colegio o no volvía y era lo mismo, porque nadie se inquietaba o preguntaba a los vecinos si lo habían visto, el que, aunque cerrara la puerta con un portazo, no era percibido aunque el percibiera que había alguien que en la cocina o el comedor, una persona o un fantasma que se apuraba a encerrarse en su dormitorio. Pero lo otro, la protohistoria, continuaba y lo seguía disfrutando apenas se dormía, y continúa todavía, y me espera.

(*) En el encalado Galpón Grande, de Carmensa, se alzaba una tarima rústica, adornada con guirnaldas de papel de colorinches, en la que alternaban solistas, grupos musicales y orquestas que se formaban en las distintas colonias de Inmigrantes. La orquesta de la colonia rusa, contaba con un violinista muy bueno. Se lo conocía por Don Alejo y, en cuanto a su apellido, resultaba muy difícil de pronunciar.
Años después pude averiguar que se trataba de Alexei Vladimir Abutcov, discípulo de Soloviev, Glazunov y Rimsky-Korsakov , que llegó a ser uno de los más conocidos concertistas europeos de aquellos años, su talento como violinista, pianista y violoncelista y sus dotes para la composición, le aportaron la admiración y el respeto de los más afamados artistas, pero su gran amigo e inspirador fue , sin la menor duda, León Tolstoi.
Se exilió en Bulgaria y luego partió hacia Sudamérica. Llegó al puerto de Buenos Aires en la primavera de 1924, y poco después se tomó un tren que iba a Mendoza. Allí, en Carmensa, departamento de General Alvear, adquirió una finca en la que fundó una Colonia Tolstoyana que se reconocía cristiana “pero ajena a las iglesias institucionalizadas”, y que practicaba un anarquismo pacifista (de hecho Abutcov escribió muchos artículos para las revistas anarquistas de Buenos Aires).
Durante la Segunda Guerra Mundial abrió en Carmensa sin que, dadas las presiones, le fuera posible sostenerla demasiado tiempo, una filial local de “Solidaridad Internacional Antifascista”.
En su Conservatorio “Schubert” de la ciudad de General Alvear, Don Alejo difundió la obra de Tchaikovsky, del grupo de los Cinco, Beethoven y Mozart; y en el Galpón Grande de Carmensa, hizo bailar, con sus exóticos compañeros de orquesta, balalaikas, pasodobles, canzonetas, polcas, foxtrots tangos y valsecitos, a casi tres generaciones de Carmensinos y gentes de los alrededores.
Alexei Vladimir Abutcov, falleció el 25 de agosto de 1945. Por muchos años se pensó que la documentación musical del profesor (más de 400 obras musicales entre las que, además, se encontraban dos libros sobre contrapunto y armonía) había sido quemada, para evitar problemas, por los peones de su Colonia Tolstoyana, pero en los primeros años del 2000, fue rescatada intacta y protegida y, después, clasificada y puesta en valor.

(**) Hace unos pocos años, cuando mi tía Zulema se estaba muriendo, en un momento de lucidez entre inyecciones de morfina, me dijo que lo del 128 no había sido un accidente, que así lo habían declarado el conductor del Scania rojo y algunos testigos, y que aunque no lo hubieran declarado, ella ya lo sabía: que mi padre abandonó su carril como cien metros antes, apretó el acelerador, y buscó estrellarse deliberadamente. Le producía, o a mí me lo pareció, cierta satisfacción el morirse contándome esto. A lo mejor, era solo un efecto de la morfina que ya comenzaba a adormecerla.

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