El Pararrayos

Y todo aquello, lo otro… ¿No lo echás de menos?
Fue la mejor época de tu vida ¿O no? ¿En serio te pensás que porque te quedás con la boca cerrada, no se te nota en los ojos? Si pudieras, pondrías marcha atrás, estoy seguro. ¿O me equivoco?
Pero ahí, por el momento, se acaba todo, Manú no hace ni como que estuviera sopesando la pregunta, tampoco como que está decidiendo si la contesta o se desentiende. Sonríe, y mueve despacito la cabeza, igualito a quien confirma y también a quien niega y, entre tanto, su pensamiento está en las aspas inmóviles del molino del Vasco. Desde su esquina sombría en el boliche no puede verlas, pero le gusta saber lo que, sin que haga falta comprobarlo, están haciendo las cosas. Lo tranquiliza.
Pero al ratito nomás.
– ¿Creés que no sé qué extrañás? ¿Que no se te nota?
Su intención es rematar con “¿pero cuánto? Más precisamente ¿Pero Cuánto extrañás?
No se atreve. Le suena como demasiado frontal. Tendría que encontrar una manera menos imperiosa de preguntárselo. “Cuanto”, suena como si se exigiera una tasación: ¿Suficiente? ¿Poco? Y Manú pensaría después (que él piensa) que lo que resultó de ese “cuanto” al que fue obligado, es excesivo, o miserable, o que no alcanza, o que es demasiado, y esa inquisición, viniendo de un amigo (porque Manú y él son, ya dijimos, inseparables) debe resultar dolorosa, y eso, precisamente, es lo que él trata de evitarle, que sus recuerdos le duelan a Manú aún más de lo que, está seguro, deben dolerle. ¿Pero qué se puede hacer si es así, si son dolorosos? ¿Dejarlo a solas con ellos? Siente fervientemente que no, que su obligación es otra, compartirlos y, de hacer falta, acompañarlo en el sufrimiento, sufrir con él.
Ocurre simplemente que no encuentra la manera. Que le ha dado a la idea vueltas y más vueltas sin poder enterarse cómo se hace para sufrir algo que se desconoce.
Manú, en caso de haber entendido algo (y está seguro que no) de lo que insiste en contarle, debería saber de su vida más que él mismo. Pero Manú es un poco distraído y se vuela…
También él debería preguntarse ¿Quién es Manú?
Y no es que la pregunta no le haya pasado por la cabeza, pero siempre la ha espantado, como a un pensamiento malo.
Ni una semana se había cumplido desde que Manú se bajó del micro y se instaló en el hotelito, cuando ya coincidieron, culo a culo, frente a la barra del Vasco. Desde entonces – y hace por los menos tres años- fueron inseparables, cualquiera puede confirmarlo.
-¿Y todo lo otro?
-¿Qué?
-¿También lo echás de menos?
-¿A qué?
-A lo demás.
Un gesto ambiguo, el de alguien que separa las manos, mira el techo como buscando allí la respuesta, y después, si el otro pone un poco de buena voluntad, la pregunta se dará por contestada.
Las moscas pachorrientas y un poco borrachas, la frescura umbría y detenida del Almacén y Despacho de bebidas en el que a esta hora, sólo es imaginable encontrarlos a ellos dos –al Vasco no se lo cuenta- apoyados en la curtida barra de madera, con dos botellas de cerveza, una ya vacía, la otra en espera, los vasos a medio beber, y un platito con maníes. Uno de ellos, siempre el mismo, es el que habla, el otro, si es que responde, lo hace con algún gesto, y de tanto en tanto, un monosílabo.
Afuera, pasada la semipenumbra del toldo marchitado, un cielo combado, gris y calcinante, Inmóviles, ya lo dijimos, las oxidadas aspas del molino, grisáceas y resecas las huellas de barro petrificado que trazaron los coches, los tractores, los carros, y los cascos de los caballos, en el invierno inmemorial, cuando toda la calle era un fangal y la lluvia no paraba; desde enfrente -unos 50 metros hacia la placita en la que no sobrevive ni un yuyo achicharrado- empujados vaya a saber por qué, ya que no sopla ni una brisa, se arriman los gritos, las risas, y los chapuzones de la pendejada en el tanque australiano, en el que los Guimblatt les permiten desfogarse.
Hay una edad en la que el calor no aplasta, exalta.
-A lo demás, te preguntaba -y hace una pausa- ¿También lo echás de menos?
Manú, se vuelve hacia el Vasco para pedirle que cambie la botella, porque la que aún no abrieron, ya está caliente.
Pero la cosa es que, no puede evitarlo, el personaje lo intriga y, aunque resulte tiempo perdido, y sabe que lo es, parece obsesionado en reconstruir algo, apenas nada, de lo que, una noche en la que se pasaron en dos copas, Manú –sin darse cuenta- le permitió ojear. Una o dos referencias jeroglíficas, apenitas o menos. Pero intrigantes, o que a él lo intrigaron por la razón que fuera. Quizás porque cada vez que intentó resucitarlas, y no fueron pocas, comprobó que se le habían desdibujado, que a lo que se aferraba era a nada, porque Manú, ese desconocido, era su mejor amigo, y -no le pregunten el motivo- también porque lo compadecía.
Y piensa:
Para intrigarse, para entender, para compadecer ¿no hacen falta motivos y alguno que otro dato?
Pero ¿Qué cambiarían los datos? Y si se los encuentra ¿Quién puede asegurar que encastren los uno en los otros?
Y la cosa no se acaba ahí: Supongamos que encastran pero que al dibujo que resulta del encastre es un mamarracho.
-¿Qué hay escrito en los datos, Manú?
Y Manú levanta un poquito los hombros, es su respuesta, y sonríe. No quiere que parezca que se desentiende, pero se nota que se desentiende.
Y el mejor amigo de Manú, aunque no lo reconozca, se alegra de no haberse enterado de nada nuevo y poder seguir intrigado.
Las moscas, pesadas por el bochorno, esperan que se destape la segunda botella y que, al servirla, sobre la barra pringosa, se derramen algunas gotas de cerveza, pero el Vasco, antes de llenar los vasos, pasa un paño húmedo que las espanta.

 

Cuando finalmente logró abandonar la cama sin hacer ruido para irse para siempre de su casa, Juan Manú Lima ya llevaba un cuarto de hora ensayándolo, pero o los elásticos de la cama, o sus huesos, o su voluntad crujían. Ahora debía enfrentar la dificultad de vestirse a oscuras, con la ropa que fuera encontrando (probablemente la que anoche dejó sobre alguna de las dos sillas), proveerse de un equipo básico e indispensable (dentífrico y cepillo de dientes, el spray de Rexona, una pastilla de jabón, ropa interior (¿uno o dos juegos?), ¿alguna toalla?, el Rolex, regalo de cumpleaños de Elvia, la edición de bolsillo de “La Zona muerta” (anoche se le cerraban los ojos y no tuvo más remedio que abandonar la lectura justo cuando Chuck Spier se decidía a asistir a la fiesta y Johnny, que tuvo otra de sus visiones, le advierte que no vaya al “Cathy’s” porque sobre él va a caer el rayo que lo va a incendiar).
Le tocaba todavía sortear bastantes obstáculos antes de llegar a la puerta de salida. Antes, esto era imprescindible, debía encontrar la valijita vieja de cartón imitación de cuero o alguna de las mochilas de sus hijas, ya que las necesitaba para cargar lo poco, pero muy incomodo de transportar, que se llevaba.
Claro que todo habría resultado más sencillo si anoche, antes de acostarse y con todo el tiempo por delante, hubiera dejado a mano las cosas que ahora tendría que encontrar. Pero desde anoche habían pasado más de mil noches, y cuando se dejó ganar por el sueño, el trabajo que ahora lo ocupaba –abandonar definitivamente su casa- le hubiera parecido lo que seguramente era, una locura, un disparate.
Manú recordó aquella fiesta tan agradable en Belgrano. Raquel y Carlos celebraban diez años de casados, y la felicidad en la antigua casona que terminaban de reciclar, era tan física que se la podía tocar. Los otros invitados se habían ido retirando y ya casi amanecía. Por la galería corría una brisa suave. Carlos y Manú la disfrutaban fumando silenciosos y adivinando, ya que eran indescifrables, los murmullos de Elvia y de Raquel que les llegaban desde el salón, y cada tanto una risita sofocada (porque los chicos dormían).
Entonces, como si fuera la continuación natural de una conversación que, en realidad, nunca había ocurrido, Carlos dijo que a veces tenía la fantasía de “tomarse el buque”, con lo que quería decir de dejarlo todo, su familia, su casa, y refugiarse en algún lugar ignoto, donde nadie pudiera encontrarlo ni reconocerlo.
¿Por qué no la isla de Robinson? -y se rió- Pero no, en la isla de Robinson, tendría que soportar a Viernes.
A Manú le costó entenderlo, pensó que había escuchado mal y, sin embargo, supo que había escuchado lo que Carlos había querido que escuchara. Que él –no otro- escuchara. El silencio se reinstaló, estirándose, incómodo. Entonces Carlos, que volvió a oírse en el silencio tan hondo de Manú, aclaró: No lo deseo. Es una fantasía, sólo una fantasía,
¿Carlos se había permitido esa “fantasía”?
No, no se trataba de pacatería moral, tampoco de una consideración general. Se circunscribía a ellos, solamente a ellos dos, que sin ser los mejores amigos del mundo, compartían la infrecuente certidumbre de haber accedido ya a todo lo que real, profundamente, necesitaban para vivir. Un regalo tan inmensurable como frágil que obliga a una vigilancia severa, sin distracciones ni frivolidad.
Lo demás, esos simulacros de realidad, esas fugas terapeúticas, estaban bien. Hacían falta seguramente, pero no les atañían a ellos. O siempre lo había creído así. Trató de imaginarse a Carlos, sin Raquel, sin Rubencito, sin todo lo material y, lo inmaterial que, lo habría jurado, eran, esencialmente, Carlos. Y se asombró al comprobar que Carlos no existía.
¿Y en cuanto a él? ¿En cuanto a Manú? Lo suyo no era una fantasía. Era una pesadilla recurrente de la que sólo lograba escapar obligándose, con un esfuerzo sobrehumano, a despertar, angustiado, sudando frio, aterrorizado ante la probabilidad de volver a quedarse dormido y que aquello se reiniciara: la espantosa certeza de que nada está garantizado, de que felicidad y fragilidad son sinónimos, de que por más rápido que se corra, siempre algo –y se negaba a representarse ese “algo”- podía alcanzarlo. El presentimiento “del accidente” –indescriptible y, sin embargo, lleno de nítidos y horribles detalles- los lúgubres golpecitos en la puerta y, tras ella, esperando pacientemente en la oscuridad, ocultando el rostro, el mensajero de la mala noticia, del cúmulo de tragedias a las que, como todo el mundo, se sabía expuesto y que si bajaba la guardia, podían asaltarlo a traición, y destrozar ese refugio hermético con lugar solamente para dos adultos con sus crías, que explicaban su existencia y la hacían feliz.
Si a Manú, un vendedor le hubiera ofrecido un pararrayos, lo hubiera comprado sin vacilar.
Y ya que Carlos ahora era apenas un fantasma ¿Existía algún motivo para envidiarlo, y también a su loca fantasía, siendo, como se sabía, incapaz, no solamente de tenerla, sino de pensarse teniéndola? Porque las fantasías, eso debería quedar muy claro, no deben ser en la vida real y tienen que permanecer reprimidas, pero –y esto únicamente se explicaba como una broma- ¿No era Carlos el que a estas horas dormía plácido, junto (quizás abrazado) a Raquel, y él, Manú, el que se había despertado para, como ya dijimos, irse furtivamente, sin premeditación ni un mínimo motivo, de su casa?
Ya era- lo sabía aunque no podía ver el reloj – suficientemente tarde o, según como se mire, temprano. Tres, o tres y media, o cuatro, calculaba, y todas –Elvia, su mujer, sus dos hijas, Moni y Coca, las “Mellis”, y la prima Romy, que al día siguiente (hoy en realidad) cumpliría el decimotercer día de los quince que se había reservado para pasarlos con ellos- estaban, sin duda, profundamente dormidas. Pero en la oscuridad todo se le hacía cuesta arriba o, mucho peor, cuesta abajo, ya que el próximo desafío consistía en el descenso de una escalera relativamente empinada -muy empinada- con un primer tramo bastante corto, y tras un escalón que sorpresivamente se revelaba como el último, el descansillo de ¿Cuánto? ¿Metro y medio, dos? A continuación, dos pasos, más o menos, girar para la izquierda y enfrentarse al segundo y respetable precipicio. Llevaba más de quince años bajando y subiendo esa escalera pero no tenía una idea precisa de sus proporciones, era absolutamente incapaz de imaginarla en abstracto, y aunque sabía que, si se atreviera a darles permiso, sus piernas se encargarían de bajarlo con toda facilidad y precisión, por rutina, no estaba dispuesto a comprobarlo ahora. La temperatura parecía agradable, algo más fresca a esa hora, pero agradable, él, sin embargo, traspiraba y sentía a su corazón golpeando sobre un yunque. Así, o más o menos así, lo debe pasar un condenado a la horca mientras espera que en cualquier instante se abra la trampilla abajo suyo. Eso pensó y a continuación se observó a sí mismo desde la óptica de un objetivo espectador hipotético ¡Qué patético debía resultar ese hombrecito a medio vestir intentando no despeñarse, tan increíblemente torpe y desorientado!
Casi se alegraba de la negrura que, al envolverlo, lo protegía del ridículo.
Y pensó: ¿Qué, quien, lo obligaba a él a hacer lo que hacía? ¿Alguna vez, sin contar ésta, había pasado por su cabeza la millonésima parte de una idea tan desquiciada? Porque, y eso era lo único de lo que estaba absolutamente seguro, carecía de razones, amaba a Elvia y a las “Mellis”, y se sentía feliz, cómodo, querido y respetado en su hogar. Esto que todavía pisaba era su sitio, el que naturalmente le correspondía. No había en todo el mundo otro tan suyo, con criaturas (las tres) tan suyas, con nada, absolutamente ninguna cosa, que no le fuera propia.
En algunas ocasiones, en las que, por trabajo -siempre por trabajo- necesitaba alejarse por unos pocos días, se sentía desdichado como un desterrado, y esperaba impaciente la hora del regreso. Pero entonces sabía, que aunque le pareciera tan lerda y lejana, esa hora iba a llegar, y que, entonces, lo compensaría.
Y recordó que anoche, cuando ya se le cerraban los ojos, apenas si tuvo tiempo de maldecir al dueño del “Cathy’s” por no haber comprado el pararrayos que le ofrecía el viajante, y que hoy, sin ninguna relación, el primer pensamiento, el que lo despertó, fue que debía abandonar su casa ya mismo y para siempre.
En el medio de dormir y despertar, nada, ninguna otra cosa.
Tanteó como un ciego, buscando la barandilla de la temida escalera, cuando logró detectarla se aferró a ella, respiró hondo, suspendió vacilante el pie derecho y permitió que cayera hasta comprobar que había sido recibido por un escalón, sólido, amigable, ahora lo mismo con el izquierdo, después otro escalón, y así…
¿Ahora? ¿Qué era lo que lo estaba esperando afuera? ¿El ominoso Mensajero embozado por la oscuridad? ¿Qué otra cosa? Una soledad, fría, oscura, insondable, como un abismo. Y rogó por algo o por alguien que le impidiera trasponer la puerta de calle.
Ese alguien no existía, por supuesto.
Como sea –y para hacerla corta- Juan Manú Lima se alejó para siempre de la casa en la que había vivido quince años feliz (uno menos de los que llevaba casado) y acometió lo poquito que le quedaba a la noche.
Antes miró hacia arriba, al dormitorio en el que soñaban Moni, Coco y la Romy, después hacia la otra ventana, la del dormitorio en el que adivinaba a Elvia, dormida, tibia, plácida y, seguramente, ya invadiendo su lado de la cama.
¡Cuántas veces, desde allá arriba él había sido el que miraba hacia donde estaba ahora! Una ojeada al reloj: las 5 y cinco; no era aún de día pero ya casi se rozaba el límite. Hora de ir perdiéndose, y empezó a perderse, a hacerse más chiquito, a los tropiezos, peleando con ropas y cachivaches porque no había encontrado ni la valijita ni alguna mochila de Coca o de Moni. Del hombro, se le resbalaba una toalla, y antes que la toalla tocara el suelo, ya la acompañaban un par de medias azules de compresión, después Stephen King, al que había tratado de aguantar bajo el mentón. Lo que importaba ahora –sentimientos aparte- era, tratar de acomodar la carga, y seguir.

 

Elvia, a las siete y media en punto, salió hacia el centro para iniciar de una buena vez esos trámites engorrosos que la agobiaban de lunes a viernes, pero que extrañaba los domingos. Sus hijas dormían todavía y supuso que su marido había salido para la oficina más temprano. No era infrecuente que Manu adelantara su rutina, tan poco infrecuente que había dejado de ser una rutina. Hasta bien pasado el medio día el trabajo se le complicó bastante y no pudo regresar hasta las tres. Descuidando su agenda le había prometido a sus hijas que hoy se haría “un huequito” para almorzar con ellas. No tenía ninguna importancia, Moni y Coca ya le habían avisado, cada una desde lo de su respectiva condiscípula, que se les hacía imposible interrumpir la tarea y que las perdonara. Tenían (las dos) que repasar algunas materias que habían descuidado un poco. Eso, de comer “algo” en casa de alguna amiga, o viceversa, era habitual, y que tuvieran alguna materia descuidada, constante. Normalmente, la misma Elvia, picaba algo rápido en el centro, o se lo hacía subir desde el resto-bar para, decía ella, “no cortar el ritmo de trabajo”. En cuanto a Romy, ya les había avisado anoche que hoy, para despedirse, pasaría el día, en la casa de la tía Sofía, hermana mayor de Elvia y que, muy probablemente se quedaría a dormir con ella.
Todas –madre e hijas- se conjutaron, por fin, sobre las nueve y cenaron algo que Elvia improvisó con los restos de la comida de anoche. Manu no llamó para avisarles que se retrasaba, pero Manu nunca avisaba cuando se retrasaba, un poco por distraído y otro poco porque sabía que sus retrasos eran tan frecuentes que nadie se iba a inquietar y, enfecto, así sucedio. Cerca de las diez, se instalaron frente al televisor para ver “Infidelidad” con Richard Gere. Ya la habían visto, pero hacía bastante, y Richard Gere les gustaba a las tres. Coca y Moni lo preferían en “American Gigoló” y lamentaban que en ésta pareciera tan viejo como papá, pero Elvia mentía diciendo que lo prefería así, que ahora estaba más “interesante”. Cuando Edward contrata a un detective para que siga a Connie, y le informe, Elvia se disculpó, dijo que se le cerraban los ojos y, tras algunos mínimos detalles, se desparramó en la cama. Veinte minutos después dormía, con un pequeño ronquido, la boca apenas entreabierta y “El factor Scarpetta” -con el dedo índice marcando la página 15- sobre el pecho.
Las chicas terminaron de ver la película, sumaron algún otro comentario sobre la senectud de Gere y cumplieron, pasó a paso, cada uno de sus hábitos nocturnos previos al sueño con los angelitos, o con Brad Pitt o, mejor aún, con William Levy, protagonista de “Triunfo del amor” una telenovela mejicana. Romy había recibido de Televisa, una foto autografiada de William Levy, y se las mostraba pero no permitía que sus primas la tocaran.
Así, más o menos, se llegó al día en el concluyó la estadía de Romy, la acompañaron a la terminal de Retiro. Conducía Elvia, lo que había pasado a ser lo habitual, Manu, desde hacía más de un año, se había olvidado del coche. Opinaba, como todo el mundo, que manejar en el centro se había convertido en una verdadera tortura, pero, al revés de todo el mundo, era fiel a su convicción y, salvo que tuviera que ir a Pilar, a Ramallo o cualquier otro sitio de esos, se lo dejaba a Elvia.
Romy, con sus despedidas, había ocupado el teléfono toda la mañana y, suponiendo que Manú hubiera intentado despedirse de su sobrina, le hubiera resultado imposible comunicarse. Romy, a la hora de irse, se sentía culpable por ello, pero Elvia y las chicas la le dijeron que se despreocupase y dejase las disculpas y despedidas en manos de ellas. El adiós fue corto pero no tanto como para impedirles llorar convenientemente. La estadía de Romy, las cuatro coincidían, había resultado muy agradable y, mientras la primita subía al micro le pedían, elevando la voz, que no dejara pasar mucho tiempo sin volver, a lo que Romy contestaba, en el mismo registro, que ahora les tocaba a ellos.
Esa noche daban “La cabeza borradora” un bodrio en blanco y negro en el que nace un bebé del cual todos (incluidos sus padres) opinan que no es un bebé sino un monstruito, por lo que ipso facto cambiaron de canal, Mientras hacían Zapping, a Coca le pasó como una ráfaga, la idea de de que hacía bastante que no veía a papá, iba a comentárselo a mamá y a Moni, pero en ese preciso momento, en el canal al que habían cambiado, el “Titanic” se llevó por delante un témpano, y eso desalojó la pregunta de su cabeza, y lo que ahora sí recordaba , y perfectamente, es que en ese camarote hacia el que ahora corrían, Jack, poco antes del desastre, había pintado a Rosie desnuda.
Y como anoche, o el Titanic se seguía hundiéndo, o había surgido alguna otra emergencia, porque todas, recién despiertas y rápidamente desayunadas, se entrecruzaban como zombis acelerados, sin tiempo de intercambiar al esquivarse, algo inteligible. Las “materias descuidadas” que la cercanía de los exámenes transformaban, para Moni y, especialmente para Coca. en síntomas de pánico, insomnios y urgencias, las largas y fastidiosas reuniones de Elvia con los gestores y con “Contaduría”, porque el fin del semestre es el fin del semestre y llega puntualmente dos veces por año, como los vencimientos, las hipotecas, los impuestos impositivos, los seguros, los gastos de manutención, etcétera, que se le echan a una encima y, no es suficiente con eso: la costumbre de Manú de olvidarse que ya se inventó el teléfono –por lo menos el de línea- de dejarse invariablemente en casa el celular, de estar reunido cada vez que una lo llama hasta que, agotada, desiste de llamarlo, de no tener horarios predecibles, de irse antes de que amanezca y regresar cuando ya todo el mundo duerme, y así al otro y al otro día , hasta que, sin previo aviso, la sorpresa de encontrarlo dormido, bien pasado el mediodía, y ponerse las tres de acuerdo para no hacer ruido. de modo que Manú aproveche a descansar. Después, otra vez cada uno a lo suyo y, así, con pocas, gradualmente menos coincidencias, demasiados cansados para hablar, o peor, con mucha necesidad de hablar, de desquitarse, pero ese día, el convenido, lo imprevisto, algo que no está agendado pero que es urgente. y a cualquiera de los dos ya se le está haciendo tarde. Eso en cuanto a Elvia y Manú, de las “Mellis” mejor no hablar…
Manú, en una de esas raros ocasiones en que cenaron todos juntos (hace ya un año de esto, y era domingo) dijo, en broma pero lo dijo: ¿Qué opinan si antes de ponernos a comer nos presentemos?
La verdad es que era difícil sorprenderse del hecho de que Manú no estuviera en casa y más difícil, todavía, reparar en que no estaba. Porque, tranquilamente, podría haber estado, o estar todavía sin ser notado. ¿Y si en alguna ocasión, cualquiera de las tres, hubiera pasado por delante de Manú, mirado en la dirección en la que estaba, y no advertir que lo estaba viendo?
También., era plausible, teóricamente pero plausible, que cualquiera de las tres se lo hubiera cruzado fugazmente e intercambiado con él un “buenos días” o un “buenas noches” . Pero pedirle a alguien que fuera consciente de eso que “podría o no haber pasado”, era pedirle demasiado.
Así fue como con toda naturalidad, sin olvidarlo, pero no acordándose, se fue perdiendo en la casa la costumbre de Manú.
A la hora de las comidas, por ejemplo, ya se ponían únicamente tres cubiertos en la mesa. Aunque nunca llegó a ocurrir, si alguna –en algún ramalazo de memoria- hubieran preguntado ¿Y el cubierto de papá? las tres se habrían sorprendido de haberlo olvidado cuando pusieron la mesa.

 

Si existiera manera de estar sin ser visto, y ver y oír lo que ocurre a partir de lo que lo que se presupone como no estar, Manú la hubiera ensayado, pero sin ninguna expectativa. Porque supone, y supone bien, que al que se le enquistaron hábitos y echó raíces, le está prohibido desarraigarse y si lo hace, se le debe después prohibir el regreso.
Aunque retóricamente -ya que la respuesta la conoce hace mucho – se pregunta si el pasado alguna vez se acaba.
También (y también retóricamente) si es posible deshacerse de una historia vivida en cada una de sus secuencias y –sin borrarse uno mismo- dejar de ser nuestros recuerdos, nuestros pegajosos recuerdos, nuestros abominables, amados, odiados, recuerdos. Y si, como decía, existiera esa cualidad de presencia invisible, no se tendría tampoco expectativas. Confirmaría, sencillamente que donde hubo hábitos, rutinas, no hay diferencias entre lo que se presencia y lo que se imagina. Diferencias que merezcan ser reseñadas como diferencias. Que, en líneas generales, reconocería todo lo que viera, se adelantaría a lo que iba a suceder, tendría las respuestas de lo que todavía es un supuesto, etcétera. Igual que en un déjà vu en el que se recuerda lo que está aconteciendo por primera vez.
Pero no existe ni hay necesidad de que exista ese modelo de rewind, y cuando en una de las primeras noches, tras su fuga, Manú soñó que regresaba a su casa, descontaba que conocía el argumento que se representaría a continuación, lo que se diría y lo que se pensaría, también lo que se dejaría de decir y lo que se fingiría no pensar. Miró (en su sueño) las ventanas encendidas y vio, con los ojos cerrados, una por una todas las acciones que Elvia, Moni y Coca realizaban, en ese preciso momento.
Apretó el timbre y esperó a que le abrieran.
El tiempo de espera fue largo. Confirmó, por la ventana, que todo estaba tal como lo había dejado, que la película proseguía como si no hubiera existido un corte.
Pero había existido. Lo advirtió en la cara de Coca, que fue la que finalmente le abrió la puerta y a la que le correspondió comunicárselo:
Es verdad, te fuiste de casa, pero fue porque te habías muerto.
Se quedaron un ratito mirándose. Coca parecía incomoda, se suponía que, aunque los dos estuvieran estuviera allí, ella no debía advertirlo.
-Tuviste durante muchos años un tumor en el cerebro- le explicó- pero nunca, te trajo molestias.
Manú lo asumió con mucha dignidad y se despidió de Coca que, aunque pensaba que estaba hablando con nadie -y del piso de arriba bajaban los murmullos de Elvia y Moni- le dijo que estaba sola en la casa, y entonces, nuevamente, Manú se volvió a marchar, pero esta vez ni siquiera miró hacia las ventanas, porque esa ya no era su casa. Para compensar, no tenía que cargar con ningún equipaje escurridizo, lo que lo ayudaba a que el despegarse fuera mucho más ligero,
¿Y si la realidad -su abrupta decisión de abandonarlo todo- no fuera en realidad, la realidad? ¿Y si se tratase de una tesis, de una conjetura de la que se puede regresar antes de que se hayan quemado las naves, cuando queda aún tiempo para decidir otro itinerario?
Probar ¿Existe alguna definición más exacta de libertad?
Probar para reincidir, pero probar. Probar sintiéndose un cobarde que pide y se aferra a un salvavidas, pero probar.
Eso, lo sabe, no cambia nada. ¿Tarde o temprano va a darse de narices con el arrepentimiento? Seguramente. ¿Entonces? No se permite ni el consuelo de hacer como que ignora que es inevitable arrepentirse de todo. Si se empeñara, podría hacer cómo, podría hacer que…
,…pero es un cabeza dura. Ocurre que Manú antes no se pudo imaginar –lo acababa de descubrir- que necesitaba perderlo todo para, después, estar seguro que lo necesitaba.

 

No llegaron para ver el comienzo, encendieron el televisor cuando Bella, que la hace Kristen Stewart, está a punto de ser atropellada en el estacionamiento de la escuela y Edward -no pueden recordar el nombre del actor- aparece repentinamente y detiene el golpe con su mano y, después, trata de persuadirla de que debe alejarse de él, lo que no deja de ser extraño ¿no? Y Bella, naturalmente, se queda muy confundida.
Entonces a las tres les parece escuchar un ruido, como si alguien caminara, pisando fuerte, en el piso de arriba.
Elvia dice “debe ser papá”, las chicas asienten pero sin agregar nada ni permitir que las distraigan, porque a Bella la están invitando al lugar de los Quileute donde saben, porque ya vieron “Crespúsculo” cuatro veces, que Bella se va a encontrar con Jacob, que para Coca se llama Taylor Lautner y para Moni, Billy no sé cuánto.
Y entonces se produce un corte de luz, y el haber visto “Crepúsculo” cuatro veces, no les proporciona ningún consuelo.
Las “Melli” corren para averiguar si el corte afecta a todo el barrio.
Elvia permanece un ratito sentada, en silencio, sin moverse.

 

Después sube con cuidado las escaleras y se dirige, muy lentamente hacia el dormitorio que, como toda la casa, está a oscuras.
“Y ya no estaba allí. Fuera lo que fuere lo que había estado allí, ya no estaba más. Se levantó y dio media vuelta y por supuesto no había nada.” (Excepto Manú, pensó) “Cerca, en alguna parte, quizás en todas partes.” ¿Tarde o temprano iba a darse de narices con el arrepentimiento, pensó? “Todos hacemos lo que podemos, y eso debe bastarnos… ¿y si no nos basta? Debemos resignamos. Nunca se pierde nada, Sarah. Nada que no se pueda hallar”.
Era la última página (la 456) del libro. Faltaban unos pocos renglones para el final.
“Los árboles murmuraban sigilosamente”
Y los ojos, como aquella otra noche, se le cerraron.

*) Post scriptum (totalmente fuera de contexto): Si uno está leyendo un libro y se muere sin haberlo terminarlo, finge no haberse muerto hasta completar la lectura.

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