En la oscuridad, como una brisa…

Fue en el cine Cuyo, de la calle Boedo, la película, dirigida por Vincent Minelli, se llamaba “The band Wagon”, pero aquí la rebautizaron (inexplicablemente porque había sido filmada en 1953) “Melodías de Broadway 1955”. Supongo, entonces, que cuando entré a la sala tendría unos 16 años.

Comenzó la proyección y, en la oscuridad, la vida adolescente proseguía ansiosa pero acompasada. Así, hasta que (en la pantalla sucedía una hermosa noche de verano) sin ninguna señal que me previniera del riesgo, Fred Astaire y Cid Charisse bajaron de un carruaje en Central Park. De lejos les salía al encuentro “Dancing in the dark”, con absoluta naturalidad, como una brisa. La música no surgía de ningún lugar intangible, la producía una orquesta absolutamente física y, además, otras parejas bailaban como ellos seguramente lo harían en unos instantes. Pero lo inexplicable resultó el tránsito, lento, imperceptible, del caminar, del paseo, a la danza; lo misterioso fue como, sin efecto alguno, se iba esfumando lo que rodeaba sus cuerpos que apenas si se tocaban, porque aunque el mundo seguía allí, en torno a ellos, uno no lo veía. Era todo tan creíble, tan fácil y, vaya a saber la razón, tan triste, exultante, y epifanico. La cámara se limitaba a seguirlos, estremecida, temerosa de quebrar algo increíblemente frágil, irrepetible.
Cuando salí del cine –doce o doce y media de la noche- mi vida, en lo esencial había cambiado. Eso es, creo, lo que se conoce como una educación sentimental. Percibir muy sutilmente algo que es imposible traducir en palabras, muy dulce y doloroso, algo que anhelaba y sabía que iba a pasarme toda la vida rastreando, algo que si por alguna extraña fortuna encontraba, igualmente estaba sentenciado a seguir buscando hasta la muerte.
Hoy se cumplieron diez años del día en que Cyd Charisse creyó que podía irse de mi vida.

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