Folgueral

Hace muchos años (tantos que todavía el abuelo de mi abuelo no había nacido y, no podría asegurarlo, pero creo que al abuelo de mi abuelo se lo había contado su abuelo) vivía -es una forma de decir- en un poblado pampeano llamado Cachirulo (que en mapuche significa “médano con pasto”) un señor muy pálido, de apellido Folgueral, que decía que era un fantasma. Los vecinos más allá que no le creyeran, lo tenían en tan alta estima que, si se lo cruzaban en algún descampado o en la intersección de dos senderos del monte, hacían como que se asustaban.
Era un parroquiano habitual del almacén y despacho de bebidas llamado “Manzur”, por el turco Manzur, su dueño. En ese sitio supo haber, a mediados del XIX una posta, solitaria en la llanura, en la que paraba la mensajería que venía de General Acha, sus propietarios eran tres hermanos apellidados Botón, por lo que la Posta fue conocida como la de “Los tres botones”. El “Manzur” -me contaron- hasta hace diez años todavía existía. Su nuevo dueño, era otro Manzur –lo mínimo un bisnieto del original- que lo remodeló estilo burger y le cambió el nombre. Ahora, si es que sigue en pie, es el “Texas”.
Era muy raro que Folgueral faltara alguna noche, e invariablemente se prendía en una mano de truco. Alguno, alguna vez –por despistado o por bromista- le preguntó por qué siempre se aparecía después de anochecido, y él contestó que “porque esa era la hora de las apariciones” y que, además, si llegara más temprano nadie se iba a enterar. Como todos los fantasmas era transparente, aseguró, y a la luz del día, “ni se lo notaba”.
A menudo, por no decir todos los días, alguien, para cortar camino hasta Toay, pasaba frente a la chacrita cochambrosa en la que, física o espiritualmente, residía el fantasma, y lo veía y oía, guadañando maleza, hachando troncos, o sentado a la raleada sombra de un algarrobo ahuecado y nudoso, ordeñando a Amparito (que era una vaca fantasma). Lo que se debía hacer entonces, era disimular silbando, mirar para otro lado y seguir caminando como si nada. El fantasma, por su parte, devolvía la gentileza prosiguiendo imperturbable con lo que estuviera haciendo.
Una noche Folgueral no apareció por lo del Turco, y tampoco la noche siguiente, ni la otra.
Las truqueadas eran sonsas sin Folgueral, se extrañaba su mamporro a la mesa cuando plantaba un as de espadas, sus estentóreos ¡Quiero retruco! ¡Envido! ¡Flor!¡Contraflor y al resto!. Nadie lo decía, no hacía falta, pero todos sabían que, lo que realmente hacían ahora, mientras jugaban con desgano, era dejar pasar el tiempo hasta que en cualquier momento Folgueral reapareciera, se sentara sin dar explicaciones, se refregara las blancas y largas manos sacudiéndose el frío, aunque fuera verano, y preguntara ¿Quién da?
Pero el que apareció en cambio, jadeando y balbuceando atropellado, una de esas noches, fue un tal Jiménez, cuarteador de oficio, que tuvo que reponerse antes de poder contarle a los presentes que hacía un ratito nomás, justo cuando el sol se escondía y él regresaba con su yunta de sacar una chata empantanada, había escuchado el cencerro de Amparito, que se perdía hacia el lado de Lihuel Calel.
Pasado el estupor y después de mucha discusión, con votación incluida, los parroquianos decidieron ir hasta la chacrita, para enterarse de lo qué pasaba. Esperaron, sin embargo que fuera noche cerrada, por las dudas, no fuera que con lo poquito que quedaba de luz… (Cada cual le permitió a su pensamientos llegar hasta ahí nomás, nadie se animó completarlo).
La noche, resultó ventosa, fría y, aunque había luna, a cada ratito una nube negra la cubría. La tranquera estaba entreabierta, sin la tranca puesta y el caserón totalmente vacío, pero no porque se hubieran llevado las cosas, al contrario. La puerta de madera cortada a media altura y carcomida del establo de Amparito, se golpeaba.
-Es el viento- dijo alguno.
-Si, es el viento, repitieron, animándose, los otros.
Adentro únicamente una fragancia, ya casi desleida, de bosta, leche y orines, una alfombra raleada de paja humedecida (por la mañana había llovido) el bebedero reseco y la luz de la luna que se filtraba trémula a través de las tablas separadas del techo.

Pasaron cinco, seis o siete años de todo eso y nadie todavía nombraba al fantasma, pero tampoco lo olvidaba. Hacía falta un poquito más todavía para que se convirtiera en una de esas historias que es obligatorio contarle a un forastero, sobre todo si afuera del lugar en el que se está protegido, la noche es negra y desapacible. Al ratito -está probado- la oscuridad se llena de ruidos inquietantes “¿Qué puede haber sido eso?” pregunta nervioso el forastero. “¿Qué cosa? Yo no escuché nada” es la respuesta obligada.

“Era noche bien cerrada…” así prosiguió el primero al que se le ocurrió contarle esto a su nieto, que después se lo contó al suyo y así de abuelo a nieto hasta que me tocó a mí escucharlo.
Era noche bien cerrada, decía, “y yo sentado en lo de Manzur, con un porrón de cerveza mitad lleno y mitad vacío sobre la mesa. Juro que no estaba borracho; miraba lo oscuro que es como no mirar, y pensaba en nada que es lo mismo que pensar en todo, pero junto”
Presintió entonces a alguno que había entrado en silencio , y enseguida, sintió una mano apoyada en el hombro.
Vio como la silla que tenía enfrente se apartada de la mesa, y escuchó el leve crujido del que se sentaba.
Manzur miró, saludó o no (nunca se le notaba) y siguió lavando unos vasos. Al ratito, como si hubiera escuchado que se lo pedían, cerró la canilla, se secó las manos con un repasador y alcanzó un mazo gastado de barajas y un plato con porotos.
Después los naipes, unos centímetros por encima de la mesa, se mezclaron solitos, y enseguida, lo que fuera que estaba enfrente, le alargó uno, se quedó con otro y así hasta tres para cada uno. Entonces el mazo buscó el centro de la mesa y se apoyó, bien ordenadito.

“Y ahí jugué la mano más loca de mi vida –contaba quien contaba- oía los envites desde la boca de nadie, los mamporros en la mesa. Resonaban, de eso estoy seguro, pero adentro de mi cabeza, porque, créanme, allí no se hablaba, todo era silencio. Y, mientras tanto el juego seguía, la mezcla virtuosa, uno u otro que daba, los porotos que se amontonaban, No gané una sola mano, pero el Turco, que no se había perdido ni el mínimo detalle de la partida, cuando la cortina de esteras de paja nos avisó que estábamos solos, me dijo: Pura cuestión de suerte, jugaste bien. Mejor que nunca.
Sí- le contesté- ¿pero contra quién?
¿Contra quién? Se rió y después dijo: Esta igualito, puede que un poquito más demacrado.”

Y, claro, la noticia corrió, y todos se alegraron y, como no podía ser de otra manera, a la noche siguiente lo de Manzur estaba atiborrado.
El único que faltaba allí era Folgueral.
En realidad no se lo vio ni escuchó nunca más.

“Me fui de Cachirulo en el año 1958, hacía poco que había universidad en Santa Rosa, y allí cursé Agronomía. No “amasé” como agrónomo una fortuna, pero logré vivir decorosamente y (toco madera) sin sobresaltos. Además me gustaba y me sigue gustando lo que hago: controlar las cuencas y los sistemas de riego y drenaje para uso agropecuario y forestal, y todo eso. Me casé (amo a María Teresa, mi mujer), tengo dos hijos ya grandes (a uno le va bien con la hostelería, la otra es médica) y un solo nieto al que algún día, supongo, tendré que contarle todo esto. Si supiera exactamente en qué consiste la felicidad, me clasificaría entre quienes la alcanzaron, pero como no lo sé, me limito a constatar que no hay nada de lo que pueda quejarme ni tampoco demasiado más para agregar a mi biografía.
En Cachirulo ya no me queda familia, alguna vez me ha tocado tener que pasar por allí por razones de trabajo, pero casi siempre yendo para otro lado. Lo que alcancé a ver en esos cruces fugases no me gustó, ruinas de un tiempo muerto y calles desdibujadas, lo de Manzur ahora es una tapera, y el sólo pensar que, como me contaron, alguna vez quiso ser “Texas” resulta un buen chiste, aunque bastante triste. Prefería, entonces, preservar mis recuerdos y, si podía evitarlo, no me detenía. Por ejemplo, nunca busqué mi casa -lo que es bastante raro, porque allí yo había sido feliz- y si no tenía más remedio que pasar por delante de lo que quedaba de la estación de ferrocarril en la que, cuando yo era pibe se detenía dos veces por semana el tren que venía del sur y seguía hasta Mercedes, o por la placita, que era ahora un yuyal, o por el esqueleto del chalet incendiado de un tal Christophersen (de quien un historiador local medio chambón escribió que era el fundador del pueblo, lo cual es un invento), miraba para otro lado.
Se trata, en resumen, de un pueblo fantasma de no más de cuarenta habitantes del que, los que todavía son jóvenes, seguro que se están preparando para escapar.
Y hablando de fantasmas: almorzaba yo un domingo en casa de María Teresa, con la que acababa de comprometerme, cuando, Naty, una primita y ahijada suya de ocho años, estrelló e hizo trizas una especie de “reliquia sentimental” de la familia, con la que, a fuerza de gritos y de llantos, había logrado que la dejaran jugar. Fue un verdadero drama: María Teresa lloró porque de chiquita ese había sido su juguete fetiche, yo aproveché a consolarla, Carolina, la madre de Naty y hermana mayor de María Teresa, se enojó porque el escándalo le pareció exagerado y, además porque, según dejó bien claro, la única que tenía derecho a gritarle a Naty era ella, y enseguida lo probó, agarrándola fuerte de un brazo y arrastrándola hasta el dormitorio de arriba, para que se durmiera una hora de siesta. La única que no perdió el humor –al contrario- fue la bisabuela que, cuando volvió a reinar la paz, dijo riéndose: ¿Así que finalmente nos libramos de Amparito?
Ese nombre, Amparito, resonó adentro mío como un cascabel, y me apresuré a recoger del piso, muy cuidadosamente, los trozos del juguete. Se trataba de la miniatura de una vaquita de porcelana esmaltada de blanco con unas manchitas negras.
¿Amparito? Pregunté.
Sí, como la vaca de Folgueral, me contestó la bisabuela ahogándose de risa.
– ¿Y quién era Folgueral?
– Era un nombre, prosiguió la vieja. Para mí y mis hermanos nada más que un nombre. Folgueral esto, Folgueral aquello. Si alguno hacía algo que a los demás nos enojaba, lo castigábamos llamándolo Folgueral durante una semana y por supuesto que el que se había ganado el nombre se sentía avergonzado y, en cuanto podía llamaba Folgueral al que, con una nueva hazaña, le tomaba el relevo. Todo lo que nos daba risa o nos divertía se llamaba Folgueral, la propia vaquita de porcelana, por ejemplo, y también el Chaplín de madera, pintarrajeado, que daba vueltas en un trapecio sobre sí mismo. A veces Folgueral nos causaba ternura, incluso amor, a mi muñeca preferida, la de trapo, de pelo de lana dorada y dos botones que reemplazaban a unos ojos redondos y celestes que se habían desteñido cuando la quise bañar conmigo, la bauticé Folgueral, también al canario que cantaba tan lindo que nos hacía llorar.
-¿Y porqué Folgueral?
-Porque así nos sonaba cualquier cosa que nos pareciera cómica, y también lo que odiábamos, lo que queríamos mucho pero mucho, o lo que nos asustaba.
-¿También lo que los asustaba?
-Sí, porque papá nos había contado que Folgueral era un fantasma y teníamos pesadillas con él.
Y Claro, a partir de aquello no dejé de buscar a Folgueral, la mínima huella que pudiera haber dejado. Exageraría si dijera que se convirtió en una obsesión, pero sí en una manía, a veces fastidiosa, a veces divertida.
Poco más tarde, ya casados, nos tuvimos que mudar a La Plata, pero igual yo tenía que viajar muy seguido a Santa Rosa y, apenas se daba la oportunidad, le preguntaba a quien fuera, sobre todo a los más viejos, si ese apellido le sugería alguna cosa. También cuando, como era habitual, debía trasladarme, e incluso instalarme unos días y hasta semanas, en General Pico, Macachín, Santa Isabel o cualquier otro pueblo o ciudad de La Pampa, o del sur de Buenos Aires, Saliqueló, Trenque Lauquen, por ejemplo, o de Mendoza, Alvear, San Rafael, y así en todos los lugares a los que, por distancia, el fantasma podría haber llegado. Mi manía, era evidente, se agravaba.
Esas estancias de trabajo, que, como dije, a veces se prolongaban, tenían obligatoriamente un costado social: visitas protocolares, banquetes de bienvenida o despedida, almuerzos o cenas en las casas o fincas de algunos destacados miembros de las llamadas “fuerzas vivas”, etc. y, en ellas, además de aburrirme, indagaba, por si las moscas.
Fue así que, de pura chiripa, conocí en un asado a un puntano viejo y muy pícaro. Era el intendente de Nueva Constitución y se jactaba, medio en broma, medio en serio, de ser sobrino bisnieto nieto de en baqueano famoso que en 1865 instaló la primera estancia cercana a las lagunas de Bagual y que sin ser militar ni haber estudiado leyes, llegó a juez de paz, comisario, presidente de la Municipalidad y comandante de la Guardia Nacional. De él, decía el intendente, “heredé tres aficiones: la de la política, la de de juntar plata y la de pescar pejerreyes”. Era además, y se encargó de probarlo, un memorioso, Cuando, un poco achispados, ya nos despedíamos, se me ocurrió contarle rapidito la historia que venía arrastrando. Me escuchó con una atención que era de compromiso, se quedó pensativo un buen rato y después me dijo que eso le sonaba de algo y que ese algo le venía más que de un recuerdo, de una sensación que, estaba seguro que, si se lo proponía, aún podría sentir en el estomago. Un Folgueral muy viejo -prosiguió- había llegado vaya a saber de dónde a Dixomville, lo que ahora sería Fortín la Plata. Eso había ocurrido bastante antes que naciera su padre, pero la gente grande cada tanto hablaba de él en voz muy baja, como si solo movieran los labios, de una manera misteriosa. Los chicos aguzábamos el oído y con mucha paciencia, terminamos descifrando que se trataba de una especie de cuco, con el que cuando eran chicos los habían amenazado sus mayores, supongo que para que se portaran bien.
“Lo que nunca entendí –me dijo- era la razón de tanto secreto, de tanto empeño en que el piberío no se enterara. Pensó un instante y agregó: seguramente debía haber algo más que eso. Sí ¡Vaya a saber qué!
Y eso pareció todo, pero antes de que pusiera en marcha el coche se acercó a la ventanilla y me dijo: Años después alguien -no recordaba quién- me habló de un ruinoso rancho de adobe y paja en las afueras, más para el lado de Usiyal. Hacía más de cien años que lo había hecho un viejo que, puede ser porque ahora estoy sugestionado, me suena a Folgueral o a algo muy parecido. Después se supone que el viejo se murió, pero nadie supo cuándo. La cosa es que durante años, ninguno se animaba a pasar por delante del rancho después de oscurecido. Se contaba de un tal Macaluso o Macalusi que había fanfarroneado que a él ni los muertos ni los fantasmas lo asustaban, y cuando alguien lo desafió a que pasara una noche entera en el rancho, aceptó la apuesta. Al día siguiente lo encontraron medio zumbado y con el pelo blanco.
Eso era todo, ahí Folgueral se acababa para mí, o así me lo creía. A lo que no me atreví fue a preguntarle al intendente si sabía algo de de una vaca llamada Amparito, quizás porque conocía la respuesta y no quería escucharla.

“Folgueral, estoy seguro, se murió en el preciso instante en el que entró al Manzur, para despedirse de los parroquianos” – aseveró el primero que le contó esto a su nieto, “¿Y ya no estaba muerto de mucho antes? Le preguntaba el nieto, “Sí, pero de un modo distinto”, le contestaba, y añadía “¡Fue una pena que aquella partida de truco tuviera un solo espectador! Si Folgueral se hubiera aguantado un solo día más estoy seguro que no habría quedado sitio ni para una mosca en lo del Turco” “¿Y porqué al otro día la gente iba a estar más enterara de que el fantasma se iba a morir, que el día en que se murió? ¿No es lo mismo?” La lógica del nieto era impiadosa. “No” fue lo única respuesta que se le ocurrió. Pero, aunque sin demasiados sustentos, era un “No” lleno de convicción.

Su hijo le preguntó a su propio hijo si quería conocer Cachirulo, el pueblo en el que el abuelo, el día antes de morirse había pedido que lo enterraran (y aquello sí que había sorprendido a todos, porque siempre había dicho que no le gustaba ni siquiera pasar cerca).
Entonces, el hijo y el nieto llegaron al poblacho cerca del mediodía. Allí, para mostrarle a su hijo, no había más que imprecisiones: y las ausencias no se miran, se sienten. Pasearon un rato, pero, era evidente que el chico se aburría.
La excursión, por lo que parecía, iba a resultar un fracaso y, ante esa evidencia, se pregunto qué era lo que esperaba que pasara cuando la propuso. Todavía tenían que visitar el cementerio, pero sentía que, si realmente tenía una cita, era en otro lugar. Y por fin se dio permiso para acordarse del atajo del monte, aquel por el que la gente (cuando todavía la había) solía cortar camino hasta Toay. Llegaron hasta allí con tanta seguridad como si los estuviera conduciendo un guía.
“Yo tendría, supongo, la misma edad de mi hijo ahora, y también su misma fascinación”
Caminaron, escuchando, pero como desde adentro de una enorme campana de cristal que empañaba los sonidos, el escándalo hiperactivo de las aves, que a esa hora violeta del crepúsculo, se organizaban para, a coro, zorzales, jilgueros, pepiteros y monteritas, dar un buen final al día.
Y el silencio los aturdió súbitamente, apenas requebrado por el susurro de la brisa que agitaba los pastales. La noche lentamente caía sobre el mundo.
Abrieron bien los ojos para escuchar con toda su atención (hay que escuchar con los ojos y mirar con los oídos) les había enseñado el abuelo.
De lo oscuro del monte, en cualquier momento, debía llegarles, los dos estaban seguros, el sonido de un cencerro que se iría acercando.

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