Y ya habiendo llegado hasta aquí…

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“No recuerdo ni una sola línea,
ni siquiera sé dónde buscar”.
Leonard Cohen, La energía de los esclavos (1972)

…Y si a alguno le sobra tiempo
y elige perderlo indagando qué, quien,
o porqué es,
puede probar con una excusión
al depósito de cosas olvidadas.
A sus barracas grises. A sus vertederos humeantes.
Allí (sólo él, y a través de los altos cristales rotos,
las alargadas notas roncas del viento)
deberá hundir las manos
en sus inmensas hacinas de desechos
y tantear, rascar, revolver hasta el limo del fondo,
sin una idea clara de lo que está buscando
ni la mínima sospecha
de la que encontrará.
A propósito de hallazgos
-sobre teóricos hallazgos, digo-
conviene que las expectativas sean modestas,
ni excesivos terrores ni esperanzas.
Pero, ya se sabe, la advertencia es inútil:
el hombre es aún más crédulo
que cruel o malicioso;
la fatalidad del encuentro
con lo mejor o lo peor,
la ilusión de recuperar un paraíso
que nunca poseyó,
o el fascinado espanto de asomarse al infierno
como si el infierno le fuera desconocido,
son inevitables.
Lo que tiene garantizado
es que la cosecha
-poca o mucha-
siempre tendrá que ver con él,
que los tristes despojos
(si hay alguno)
serán legítimos
-su obra
o su origen-
que no encontrará allí
nada
de lo que sea inocente.
Y si está convencido
de ser capaz de enfrentar a sus fantasmas,
y se ha prometido
que llegado el momento,
tendrá el valor de sostenerles la mirada,
que se disponga, por prudencia, al desengaño,
al encuentro con el cobarde desconocido
capaz de desbordarlo
y forzarlo a cerrar los ojos
o, peor aún,
al descubrimiento de que no hay fantasmas,
o que si los hubo se han borrado
o que únicamente se reflejan
en el silencio y la ausencia
y para reconocerlos
debe ser ya uno mismo
silencio y ausencia.

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