Hacer el duelo

“En un bulín, cuatro velas
alrededor de un cajón”

Ofrenda Maleva, Guillermo Cavazza y Jacinto Font

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Cuando el 14 de septiembre de 1967, un viejo y querido amigo me presentó a ¿cómo era que se llamaba? Yo vagaba por French, a la altura de Billinghurst, en dirección a Coronel Díaz; tras casi una semana de frio y lluvia, disfrutaba de un inesperado anticipo de la primavera. Silbaba “Tus ojos para mí” de Francisco Canaro, un poco a lo Irusta, Fugazot, Demare. Siempre silbo cuando paseo despreocupado, y mi repertorio es ecléctico, quiero decir que no me restrinjo a un período, a un género o a un estilo, como alguien podría precipitarse a conjeturar por el carácter de lo que esa mañana silbaba. Me encantaba –me sigue encantando- deambular al compas de, por dar solo un ejemplo, “Delicado” de Waldir Azevedo, y mirar los árboles y el cielo de Buenos Aires, y hasta me ha ocurrido abandonarme al ritmo del paseo y animarme con una marchita tipo “Curupayti” de Juan Fulginiti.
Hay quien dice que suelo irme por las ramas, y sí, suelo irme.
Retomo entonces. Decía que el 14 de septiembre de 1967 un viejo y querido amigo me presentó a como se llame. En esa ocasión, tampoco en las otras en las que coincidimos, pude encontrar en él nada personal, distintivo, hasta que finalmente entendí que eso se debía a que no tenía nada que lo fuera.
Era tan poco interesante que resultaba imposible no interesarse en él.
Cuando se lo comenté a mi viejo y querido amigo, se mostró totalmente de acuerdo, casi con entusiasmo, pero agregó que precisamente por eso le era imposible renunciar a frecuentarlo. Tanta insustancialidad parecía insostenible, pero-en este preciso momento se me borró su nombre- la sostenía, por lo que había que rendirse a la evidencia y admitir que se trataba de una persona fuera de lo común.
Ahora ¿En qué rincón de algo tan fútil, adocenado e indiferenciable como, sin duda, era ¿cómo es que era? podía esconderse la peculiaridad?
Había una sólo respuesta, en ninguno.
Eso resultaba obvio y, además de obvio, no era cierto, lo que complicaba la cosa.
A lo largo de toda mi vida he asistido al desfile de un colosal ejército de seres ¿cómo llamarlos? esfumados. ¿Tiene eso algo de especial? No lo creo, seguramente a usted le ha ocurrido lo mismo. Supongo que se trata de una fatalidad inevitable y universal.
Un buen ejemplo nos lo proporcionan las viejas fotos, esas tan habituales en las que en un círculo de amigos predestinados a ser, pase el tiempo que pase, inolvidable cada uno para los otros, suele infiltrarse un rostro ignoto que mira al objetivo franca y afablemente y al que, además, se lo nota cómodo.
Está, no cabe duda en el sitio que le corresponde estar, no usurpa el lugar de nadie. Y es imposible no preguntarse ¿A quién pertenecen esos rasgos prolijamente borrados de la memoria? y revisita infructuosamente, nombres, lugares, ocasiones…pero bueno, nada más, a eso se limita todo, a unos pocos minutos de asombro, a un moderado ejercicio de memorización: después lo más razonable, la renuncia ¿acaso tiene remedio? El álbum se cierra e, ipso facto, a otra cosa mariposa, a la primera que tenga un mínimo sentido.
Ahora bien: Todos estamos de acuerdo en que la medianía es la norma ¿O me equivoco? ¿Desmesurarse en ella no es por lo tanto contra natura?
La medianía es comedida, anémica, indistinta, jamás excesiva.
Se llamara como se llamara (ustedes saben a quién me refiero) carecía de un sí-mismo y es un sí-mismo lo que hace a un individuo.
Vuelvo sobre el párrafo anterior y no alcanzo a entender lo que quise expresar.
Con toda seguridad el argumento no es mío, lo leí en alguna parte y vaya a saber porqué se me dio por copiarlo. No tiene importancia, suele ocurrirme, si todas las cosas que escribo (me gusta anotar lo que sea) se me hubieran ocurrido a mí, podría afirmarse que poseo algún talento, lo que es totalmente falso. A veces encuentro algún apunte mío –suelo dejarlos por ahí, tirados- le hecho una ojeada, y si me gusta, y eso sí que es raro, le echo dos ojeadas, tratando de descubrir que significa y preguntándome de quien será, la idea digo, porque de lo que estoy seguro es que mía no.
Pero les advierto ¿O ya lo hice? que no puedo evitar irme por las ramas.
Me enteré del deceso de quien les decía el 7 de agosto de 1969, me acuerdo con tanta exactitud del día en que me enteré, porque el jueves 6 habían anunciado que para el viernes 7 se esperaba una tormenta eléctrica con fuertes lluvias, que se extendería desde la madrugada hasta bien entrada la noche y, en cambio, estaba fresco pero soleado.
Entré, contra mi costumbre –ya que tiendo a las rutinas- al primer café que encontré, nunca había estado allí antes, o puede que sí hubiera estado y se me hubiera olvidado. “La pinturita” se llamaba y estaba (ya no está) en Nicasio Oroño, casi llegando a Coronel Apolinario Figueroa.
Aquí debo aclarar una cosa, eran las 9 y pico cuando salí de casa, pero no tenía idea de cuánto tiempo había pasado desde entonces, supongo que no mucho más de hora y media, pero tampoco menos. Me despisté cuando me puse a silbar algo que me sonaba conocidísimo pero no podía recordar el nombre. Cuando me pasa eso, muy pocas veces, me pongo como loco, todo lo que me rodea se borra hasta que –felizmente siempre ocurre- me acuerdo del título, o de la melodía, porque también me ha ocurrido al revés, recordar un título pero no la música. Cuando me acuerdo, decía, aterrizo. Una especie de sonambulismo que puede durar diez o veinte cuadras, y que el día menos pensado va a ser la causa de que un auto me lleve puesto. Pero ya dije: sucede muy espaciadamente.
Lo que silbaba, por si a alguien le interesa, era un fox-trot que Magaldi grabó en 1931, “Tristezas del Harem” de Spadone y Ferreyra.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Les contaba de que se llamara como se llamara se había muerto justo un mes antes.
Me enteré por mi viejo y querido amigo al que encontré de pura casualidad en “La pinturita”. El había pedido un cortado, pero ni siquiera le había puesto el azúcar, y se notaba que ya estaba frío. Parecía desolado, cuando me senté a su mesa me parece que no se enteró. Tenía la mirada perdida y ni siquiera respondió a mi saludo. Nos mantuvimos así, en silencio, un rato largo, hasta que, finalmente, se volvió hacia mí y musitó “se nos fue”.
Una de sus manos se apoyaba sobre la mesa, como para sostenerse.
Tenía los ojos húmedos y se le notaba el esfuerzo por contener las lágrimas. Le pregunté quién era el que se nos había ido y, aunque balbuceó dos veces, no le entendí.
Permanecimos inmóviles. Yo como suspendido, él con los ojos bajos, pero no tan bajos como para ocultarme las lágrimas rebeldes que terminaron corriendo caudalosas por sus mejillas, hipaba.
Entonces, para reconfortarlo, apoyé una mano sobre la suya. La vi marchita y salpicada de unas pecas marrones idénticas a las que manchaban el dorso de mis manos.
No creo que haya percibido mi contacto, lo observé y advertí que se hacía cada vez más pequeño, que se me iba, no sé hacía donde, pero, fuera el que fuera el lugar en el que ahora estaba, quedaba muy lejos. También yo terminé yéndome. Viajábamos cada uno por su lado, pero seguramente por un paisaje que, sin ser el mismo, resultaba idéntico.
No había allí algo que pudiera distinguirse, o extrañarse, no había nada que conjeturásemos como de algún lado, formas, ruidos que un viento deshacía antes de que fraguaran, y que podían haber sido o no sido voces, gritos, risas, llantos, golpes, perfiles tan confusos como los objetos que se ven desde la ventana de un tren en marcha, una grisura cada vez más densa y oscura, como la de un quemadero de basura, que se iba extendiendo por todas partes, se filtraba por resquicios imperceptibles y se extendía como una garra, para atraparme, envolverme y engullirme. Si, como alguna vez leí, la nada no está vacía, aquella era su sustancia.
Volvimos de allí, como si, espantados, hubiéramos logrado descender antes de llegar a una estación en la sabíamos que nos esperara vaya a saber qué, es decir, como si nos hubiéramos arrojado de lo que fuera en movimiento.
Compartíamos un momento luctuoso, que exigía cierta compostura, aunque yo todavía ignoraba a quien se lo debíamos.
Cuando, si alguna vez los cerramos, abrimos por fin los ojos, o despertamos, o no sé, me preguntó.
-Nada, ¿No?
-Un mago y un conejo
-¿Y una galera de doble fondo?
-Eso, y una galera de doble fondo.
Asintió. Miramos casi al unísono hacia la calle. Vi a través del vidrio en el que decía en dorado ATIRUTNIP AL, que, por Nicasio Oroño, pasaba poca gente, y que los que pasaban, apuraban el paso.
-Es que empezó a lloviznar.
-Si, al final parece que el pronóstico del servicio meteorológico se va cumplir, comenté. Él, tuve la sensación, no comprendió del todo, por lo que le aclaré: es que anunciaban una tormenta eléctrica con fuertes lluvias, que se extendería desde la madrugada hasta bien entrada la noche.
Mi viejo y querido amigo lo pensó un momento y por fin consintió, después dijo: No importa, casi todos llevan paraguas.
Entonces me decidí a ir directamente al grano y preguntarle, pero antes, vaya a saber por qué capricho, me vino a la cabeza el recuerdo de una noche ya muy lejana¸ en la que me desperté angustiado, empapado de sudor, y corrí a mirarme al espejo porque se me habían olvidado mis facciones.
Lo que me pregunto ahora es si tengo recuerdos. Sí, claro, cómo todo el mundo. ¿Pero recuerdos de cosas que realmente ocurrieron?
No digo exactamente, nadie recuerda exactamente nada, pero ¿Y si toda esa colección de instantes, rostros, sitios, que yo llamo “mis recuerdos” fueran pura imaginación, o sueños, o engaños, o un collage de imágenes que, sin que yo me enterara, mi cabeza ha ido guardando y combinando?
Por ejemplo, la imagen de un piano que había en la sala cuando yo era chico y que , según me aseguraron, nunca existió; la de mi abuela paterna hablándome en gallego y friéndome filloas en una sartén negra y grandota, aunque mi abuela paterna murió antes de que yo naciera, también, aunque algo vagamente, la de una noche, -yo no podía tener más de nueve o diez meses- en la que vino a cenar Teófilo Ibáñez, el primer cantor de Roberto Firpo, amigo de mi tío Fito, que a los postres cantó “La vieja serenata”, que tenía música propia y versos de Sandalio Gómez.
Me fui acostumbrando a inventarme cosas, no recuerdo cuando empecé. Sobre todo después de las vacaciones. Cosas para contarles a mis amigos que por lo general terminaba creyéndomelas, o preguntándome si pasaron o no pasaron.
A los otros siempre les ocurrían sucesos extraordinarios durante las vacaciones. A todos menos a mí…
Tiene que haber sido en enero o febrero, porque esos eran los meses que, mamá, mis dos hermanas y yo, invariablemente pasábamos en Mar del Plata. Algunas veces también traíamos al Abo, como llamábamos al abuelo (el nos contó que, en Galicia, le decía “avó” a su abuelo). Siempre silbaba.
Supongo que de ahí me viene la costumbre.
Papá se aparecía los viernes, ya bien de noche, y el domingo al anochecer se volvía a Buenos Aires. Cuando el Chrysler se alejaba todos salíamos a despedirlo. Mamá lloraba un poco pero se le pasaba enseguida, y después se la veía más alegre que cuando estaba papá.
Los anocheces siempre me ponían melancólico. Lo más parecido a añorar a alguien a quien se ama, supongo. Claro que yo -por lo menos hasta ese día- no sabía de que se trataba eso. Sigue ocurriéndome, pero de otra forma. A lo que siento ahora no lo llamaría melancolía.
¿Qué edad tendría yo? ¿Diez, once años?
La muchacha apareció pedaleando por la calle de tierra, frenó la bicicleta frente al chalecito de tejas coloradas (suizo, a veces alpino, lo describía papá) y su pie derecho, para guardar equilibrio, se apoyó en el pasto. Después me miró, se apartó el pelo de la frente y me contó que no hacía ni dos horas que había llegado y que habían alquilado una casita cerca, apenas doblando la esquina. Yo me quedé en silencio, pero ella siguió. Me preguntó cómo me llamaba, cuánto más pensábamos quedarnos, a qué hora íbamos a la playa, a qué playa íbamos, y después esperó mi respuesta. Llevaba un suéter blanco porque había refrescado, y una pollera pantalón también blanca.
Definitivamente triste y aterrado corrí hacia casa y cerré con un portazo. Me llevó un rato largo sosegar la respiración, sin embargo, cuando sigilosamente separé las varillas de la persiana plegable, ella continuaba allí, como si me esperada. Había apoyado la bicicleta contra el cerco de ligustrina y, sentada en el pasto, sacudiéndose la arena de las sandalias, me esperaba.
Después yo la espiaba todos los días desde mi trinchera de esterilla.
Teníamos lo más parecido a una cita, ella no faltó nunca
La veía acercarse pedaleando, y además era puntual, me esperaba quince, veinte minutos, o media hora, y en la medida que la luz se volvía más escasa su figura se iba desdibujando hasta que, ya casi una sombra, despacito, y tras echar una última mirada hacia mi escondite, montaba la bicicleta y se alejaba.
A veces ocurría que, mientras la espiaba, el Abo ponía en el combinado del salón un viejo disco de pasta, casi siempre el mismo, y la música me llegaba directamente al corazón.
Con los años me enteré que el tema se llamaba “Amor Gitano” y era de Cayetano Silva.
Me quedaba un rato, inmóvil en la oscuridad, escuchando el disco, con la esperanza de que ella (yo le había puesto un nombre pero se me fue olvidando) volviera.
Si vuelve, salgo, me juraba, pero nunca ocurrió. Sentía mucha pena y ganas de llorar, pero no lloraba. A veces mi mamá o algunas de mis hermanas me preguntaban en broma ¿Y tu novia? ¿Ya se fue?
Dicen que pasar toda una vida sin amar es terrible, pero es posible que yo haya estado enamorado alguna vez.
A veces, cuando paseo, silbo “Amor Gitano” y ahí es cuando me pregunto si eso de lo que me acuerdo me pasó a mí alguna vez.
¿Alguien me puede explicar a qué viene esta historieta inoportuna?
Me disculpo otra vez, ya les advertí que suelo irme volando por ahí.
Estábamos ¿en que estábamos? Sí, sí, estábamos cuando yo y mi viejo amigo tratábamos de reponernos de esa pesadilla de la que, sólo arrojándonos desde ella, habíamos logrado huir.
¿Estaría mi rostro tan descompuesto como el suyo?
Ninguno de los parroquianos de “La pinturita” daba la impresión de haberse enterado. Cada cual en su propio compartimento del tren. Uno, alto, calvo, amarillo verdoso, el gabán cruzado azul oscuro, con La Prensa abierta y extendida, pero sin dar la impresión de estar leyéndola, otro, bajito y sanguíneo, con una camisa beige “Copa y Chego” de manga larga, que se le desabrochaba a la altura de la barriga: miraba automáticamente al televisor que tenía el volumen muy bajo, inaudible. Casi al fondo, una parejita joven, linda, ella vestida de rosa viejo, el montgomery mojado, doblado sobre el respaldo de la silla, algo más oscuro y un poco descolorido, él con una camisa escocesa roja y negra de algodón y unos vaqueros “far-west” ya bastante usados. Los imaginé saliendo del hotel de enfrente, digamos que una media hora atrás. Los dos tenían una expresión indisimulable de decepción.
¿Falta alguno? Sí, El mozo, al que por un instante no molestaba nadie, lo que le permitía mirar adormecido adentro suyo ¡Ah! y detrás del mostrador, secando un montón de vasos, un señor de pelo ralo, canoso, y una cara muy ancha, cruzada en toda su extensión por una sonrisa inexplicable.
La chica del montgomory mojado, insistía en revolver el café, los ojos grandes, negros, fijos en el pocillo.
“Ahí va la reina mía/ la virgen soberana, / la gloria y el encanto/del alma sevillana. / Dicen que más de un chulo/ por su querer murió, /y por tu amor, gitana/ morir quisiera yo…
Miré hacia el televisor y vi a la niña que acaba de montar y escapar pedaleando por una calle de arena, llevaba el pecho desnudo, y tan plano, que parecía un muchachito. Avanzaba erguida sobre el sillín, contra el viento que le agitaba el pelo y le castigaba el rostro.
Fue entonces cuando entornó los ojos y separó los labios secos y un poquito agrietados por el aire, la sal del mar y, tal vez, por el tiempo…
Todo era de una normalidad agobiante, incluso la tormenta –ya no se podía hablar de lluvia y menos de llovizna- que, sin embargo, para quienes la observábamos resguardados, lucía bastante razonable.
Tuve que repetirme una o dos veces que estábamos los dos muy afectados, mi viejo y querido amigo y yo, quiero decir, que compartíamos, aunque todavía no supiera cual, una pérdida irreparable.
La muchacha había desaparecido tras los médanos.
Las gotas de lluvia resbalaban y abrían pequeños senderos en el vidrio empañado de la ventana. Mi viejo y querido amigo se había puesto de pie y buscaba el Perramus. Cuando el mozo nos alargó la adición, detuvo mi gesto de buscar el dinero para pagar y dijo: Invito yo.
Recogimos los paraguas que todavía estaban secos, saludamos en general y salimos. Caminamos un buen rato sin mirarnos ni intercambiar palabras, y también sin acordarnos de abrir los paraguas.
El agua bajaba caudalosa y se encharcaba casi a la altura de las veredas, teníamos los zapatos, las medias y los bajos de los pantalones empapados, el pelo nos chorreaba, pero nos permitíamos chapotear como chicos traviesos y, no obstante, a los dos nos embargaba una enorme, profunda tristeza.
Se va a mojar, me dijo, pasado diez o quince minutos.
No importa, le contesté.
Podría resfriarse o algo peor, perdone pero usted ya no está en edad de…
¿Y usted?
Movió la cabeza -evaluaba mi respuesta- asintió.
-Yo doblo aquí, me dijo. Ya habíamos cruzado la avenida Juan B. Justo y él vivía, creo que vive aún, en Batalla de Parí y Cucha-Cucha.
Abrió el paraguas como si de pronto importara no mojarse y me estrechó la mano, ya se disponía a soltarla, pero se la retuve.
-Sí, ya sé. Apenas si murmuró.
Volvió a cerrar el paraguas, Evidentemente resultaba incorrecto, para lo que seguía, resguardarse de la lluvia.
-Sé muy bien que desde que nos encontramos no hago otra cosa que escurrir el bulto…
Parecía avergonzado, sus ojos se habían humedecido nuevamente, pero no por la lluvia, se habían humedecido desde adentro.
-Lo que ocurre…
No di ninguna señal de impaciencia, que se tomara el tiempo que necesitara.
-Lo que ocurre- repitió -o lo que más me entristece- rectificó- es que no hay remedio, no puedo, me es imposible acordarme de cómo se llamaba el finadito.
Advertí su esperanza de que yo se lo recordara, pero guardé silencio y entendió enseguidita. Entonces sí que cada uno enfiló por su lado.
Había amainado algo, pero regularmente, sobre unas casitas bajas, un refucilo iluminaba el cielo cerrado, como si alguien estuviera tomando fotografías con un flash.
Pensaba que ni mi viejo y querido amigo ni yo, estábamos doloridos por la muerte de ¿cómo era que se llamaba? Lo que nos apenaba era la nuestra, la propia.
¿En cuántas fotos amarillentas seré yo el anónimo? ¿Quién será el que al observarme se preguntará “Y esta cara de quién es”?
Pensé en la chica en bicicleta que se me apareció en el televisor de “La pinturita” ¿Se acuerdan que les conté del chalecito alpino que teníamos en Mar del Plata? Debía ser 1915 o 16, y una mañana encontré, acostado frente a la puerta de madera del jardincito, a un hermosos cachorro de setter que, alguien que había terminado sus vacaciones, debió abandonar allí, por la noche. Cuando se advirtió descubierto el cachorro probó con su mirada más triste, no podía, sin embargo, disimular la lucecita de esperanza que brillaba en el fondo de sus ojos castaños.
Me costó, pese a la infrecuente ayuda de mis hermanas, convencer a mamá de que nos lo quedáramos. Ella decía que cuando viniera papá, lo iba a sacar “a las patadas”, pero, cuando vino papa, mamá, que por entonces también estaba enamorada de Simón (así lo había bautizado yo, no por Bolívar sino por “El Santo”) lo convenció muy fácil.
Simón se convirtió en mi mejor amigo, en el único. Aunque costó, conseguí que lo dejaran dormir en mi cama, me seguía a todas partes, jugábamos a la pelota, y durante nuestras largas caminatas, yo le arrojarle algún palo y él me lo traía de vuelta.
Como no me dejaban llevarlo a la playa, buscaba cualquier escusa para no ir yo tampoco. Si no lo lograba, mientras los demás tomaban sol, nadaban y se divertían, permanecía sentado en la arena, enfurruñado, con una toalla sobre los hombros para que no se me quemaran, inmóvil y mudo. Si abría la boca era solamente para preguntar cuando volvíamos a casa.
Una tarde, al regresar, Simón salió muy contento a recibirnos. Traía un pájaro en la boca – un chorlito de color canela que estaba muy lastimado, pero aún aleteaba- se trataba, evidentemente, de un regalo para mí, y Simón movía la cola alegremente.
La historia no terminó bien ni para Simón ni para mí…
…No se me ocurre la razón por la que empezamos con eso ¿Qué tiene que ver con lo que estábamos hablando?
El silencio es oro, así que ya me callo Era hora ¿No?
Hay algo, sin embargo, que antes debo rectificar: “Curupaytí” es de Cayetano Silva y “Amor gitano” tiene letra y música de Juan Fulgini.

Alberto Wainer
20/12/17

2 comentarios on "Hacer el duelo"


  1. Entrañable y atrapante. Intriga hasta el final y la ambigüedad une a los personajes. Muy bello.

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