Hora de cerrar

(Huyendo de una mujer que lo amaba, y peor, a la que él amaba; escapándole a la inspiración que, como nunca antes, se le mostraba exageradamente generosa, y le proponía infinidad de imágenes e ideas hermosísimas; tratando de dejar atrás una felicidad excesiva e ineludible, y con la sensación de que le habían jugado una mala pasada…)

Negoció con su vida,
y sin demasiado trámite,
un tiempo prudente.
No una prórroga, para la que,
-aún sin desconocer lo imprevisible-
carecía de razones objetivas,
sino un límite:
el estrictamente necesario.

No se lo comunicó a su muerte,
no por descortesía,
sino porque ella,
se desentendía de esos asuntos
y se limitaba a esperarlo
indiferente.

Quedaban sin resolver
unas pocas cuestiones
para nada importantes,
(no recordaba de su vida
una cuestión que, para él, lo fuera)
pero hablamos de
un individuo escrupuloso
al que le digustaban
los apuntes rápidos y aproximados,
las notas que podrían o no usarse,
y las cuentas pendientes.

En el tiempo acordado,
que resultó exactamente el necesario,
terminó su trabajo.
Y, sin más,
Puso fin a la cosa.

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