Los colores que las palabras arrojaban a mis ojos.

¿Qué estás leyendo? Le pregunta Polonio a Hamlet. Palabras, palabras, palabras, le responde el joven Príncipe.
…Y se elevaron montañas de palabras para vaciar el escenario de palabras.
El Padre Ubú desencadena un alud de enunciación patafísica para decir que
«Vivir es acto, y sus letras no tienen sino el sentido del delirio de una cochinilla dada vuelta”, ¿Y Artaud? ¿Que nos dejó finalmente Artaud? Hermosísimas, desmesuradas palabras furiosamente escritas para conjurar la superstición de los textos y de la poesía escrita. Y así, la exuberancia de didascalias, de descripciones maniáticas de acciones mudas, que articula Beckett, y la cómica tragedia verbal, contranatura, paródica, de Ionesco: y el guión silencioso pero abigarrado de letras de Handke, etcétera, etcétera, etcétera.
Toda una summa literaria que demuestra, irrefutablemente, que el teatro no es literatura. 
Dylan Thomas, el hereje, crea la partitura de la antítesis genial de esos discursos, y con
“Bajo el bosque de leche”, su comedia para voces, una constelación verbal enceguecedora, les propone una crisis reveladora. Thomas nos abre otro teatro que logra todas las sugerencias y figuraciones de un espectáculo invisible y lo transforma en realidad, y cuando la representación nos permite figurarlo, la imagen, la acción, deben ser desatadas por las palabras, eso sí, desvanecidas, inciertas, trémulas, como los recuerdos y las músicas que trae desde lejos el viento. Con esas voces, en polifonía, se construyen los sueños y los íntimos pensamientos de los habitantes de Llareggub, pueblito de pescadores, el espacio que retrotrae al paisaje de la infancia: Swansea, en la rocosa costa celta de Gower. Allí fue donde el poeta, se enamoró de las palabras que -nos cuenta- estaban allí entonces, aparentemente inertes, hechas solo de blanco y negro, pero de ellas, de su propio ser, surgían el amor, el terror, la piedad, el dolor, la admiración y todas las demás abstracciones imprecisas que tornan peligrosas, grandes y soportables nuestra vidas efímeras. Y la voz de Richard Burton (otro galés genial, camarada de las legendarias borracheras del poeta) es el instrumento natural de esa eufonía. El grabó la obra en 1954 para la BBC. Cuando en 2003, en ocasión de los 50 años de la muerte de Dylan Thomas, la BBC volvió a registrala, necesitó rescatar su voz de la antigua grabación (Burton había muerto en 1984) e insertarla en la nueva producción, para que la magia volviera a suceder.

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