Milagro en el ‘camino viejo’ del barrio de La Boca

Ando en el arte popular
y por las noches enamoro
a las muñecas del bazar.
Maravilloso y miserable
El infortunio y la fortuna.
Soy permanente, soy variable
como la cara de la luna.
De la horca salvé a Villón
y para el malo tengo un palo
para el poeta cantimpalo
y para el pobre una canción
RAUL GONÁLEZ TUÑÓN

Hojeaba, esta tarde, un libro de Roberto M. Llanes publicado por la Municipalidad de Buenos Aires en 1947 y encontré, una fotografía muy gastada (por lo que espero se me perdone su publicación) del viejo Teatro Sicilia. Una imagen casi espectral que venía persiguiendo inútilmente desde hace mucho tiempo.
Esto, naturalmente, me obligó a releer en “A la sombra de los barrios amados” el poema que Juancito Caminador escribió en el Sicilia: “Títeres en la Boca del Riachuelo”, después busqué –y como cada vez me ocurre más seguido- no encontré- unos apuntes entrañables de Javier Villafañe en los que cuenta sus peregrinajes iniciáticos compartidos con, entre otros, Enrique Wernicke, José Luis Lanuza y Juan Pedro Ramos por los primitivos teatros de títeres y marionetas del barrio de La Boca, Me conformé (no tuve más remedio) y acompañé la foto con estos modestos apuntes que llevo conmigo desde hace mucho y que, aunque es improbable pueden, si la vida dura un poco más y me  lo permite, llegar alguna vez a ser algo más sustanciosos.
Charles Nodier el romántico autor francés autor de “Historia del rey de Bohemia y de sus siete castillos” que admiraba los relatos fantásticos del escritor alemán E.T.A. Hoffman creador de Olympia (la bellísima muñeca-autómata construida por su “padre” Coppelius) asegura que el primer títere de la humanidad fue la primera muñeca en manos de un niño con un monólogo como guión improvisado”
La Opera dei Pupi (literalmente teatro de títeres en italiano es una de las tradiciones más populares y antiguas de Sicilia y consiste en una una mixtura de las técnicas del títere de varilla, de cuerda y de marionetas que, desde el siglo XVIII, se estableció en el sur de Italia, (especialmente Nápoles y Sicilia).
Vito Cantone, nacido en Catania, en 1878, descendía de una familia que generación tras generación, había hecho de este arte su oficio, y, tras la muerte de su padre viajó a la Argentina en 1895. Ya en Buenos Aires, y rápidamente, logró instalarse con sus muñecos, en el Teatro Sicilia, en la calle Necochea 1339, sobre el ‘camino viejo’ del barrio de La Boca.
En el “Sicilia” representó el más variado repertorio de la dramática titiritera. Su madre, Nazarena Crimi, participaba con su canto en estas representaciones.
A Cantone- evoca Javier Villafañe- lo vi en el “Sicilia” , si mal no recuerdo, y representaba viejos romances como ‘Carlo Magno Imperatore’, textos sobre los Paladines de Francia y tantos otros actos fantásticos del teatro. Cantone poseía además una voz muy grata, dulce, con inflexiones sonoras unas veces y marciales otras, según fuera el personaje representado” ( Entre los personajes que desfilaban en escena figuraron Orlando, Reinaldo, Carlos Martel, Carlomagno, la princesa Bradamante, Herminio, Rogelio del Águila Blanca, otros paladines de Francia, el emperador africano Agramonte.
Los primeros titiriteros de la Boca, por lo que sé, fueron sicilianos, y entre ellos, se contaron colaboradores de Cantone tales como Vito Correnti, José Macarigno, Salvador Costa, José Constancio Grasso, Felipe Puglionese, Nicolás Scuccimaro, Carmelo Nicostra, Leonardo Maccheroni y otros”.
En aquel teatro de títeres trabajó, como silbador y organillero, Juan de Dios Filiberto (el autor de “Caminito).
En esta evocación sería injusto olvidarnos de Carolina Ligotti y Sebastián Terranova quienes llegaron a Buenos Aires en 1910 y e instalaron en la Boca, primero con el Teatro San Carlino, –que funcionó en Olavarría al 600 y en 1919 en Necochea entre Suárez y Brandsen– y luego en el Cine Italia, frente a la plaza Brown, en la Vuelta de Rocha.
Ser titiritero también es ser poeta. El muñeco, igual que las palabras, desvela un secreto del hombre, y con el muñeco, como con las palabras, el hombre desvela un secreto del mundo. El títere alumbra el adentro del titiritero y, mientras dura el truco, valiéndose de gestos y voces prestadas, va deshilachando, para el público y para el titiritero, la espesa cortina de trivialidad que ocultaba una realidad extraordinaria.

 

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