Que uno no olvida nunca

Un día deserté de la calle principal,
y proseguí
por atajos y callejas.
Procuraba no ser reconocido,
no volver a
escuchar nunca mi nombre,
ser -como ya lo era- pero sin distracciones,
nadie.

Me extravié por espirales
pitagóricos,
desentendido de la brújula,
sabiendo que el rumbo,
aún confiado al capricho,
es, irremediablemente, el único.

La cita con la Señora inmemorial
(en una mano, extendida hacia mí,
una manzan roja, envenenada,
la otra tocada por un azul rayo de luna)
era, lo sabía bien, inexcusable;
y el terror o la esperanza
tan inutiles
que su desasimiento se parecía al amor.

Ella me llevará
-así ocurría en los sueños de la infancia-
por un frondoso túnel vegetal
gradualmente sombrío,
con copas que se buscan
e, imperceptiblemente, van cerrando
los párpados de su verdor eterno,
y a mitad de trayecto me soltará la mano.

Desde allí, seguiré en solitario
hasta que suceda una llamada seca,
sin reflejo,
todo enigmas y sin ninguna clave
hasta el fundido a negro.

Y después del final,
la respuesta temida:
Uno no olvida Nada. Nunca.

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