Trampantojo

Hasta ayer, apenas
sin saber lo que quería
lo quería frenéticamente.
sin idea de lo que buscaba
se obstinaba en la búsqueda
y corría, corría, corría.
para llegar puntualmente
a ningún lado.

Había sido la suya una vida perfecta,
es cierto que desconocía su sentido,
pero desbordaba ambición
o absoluta falta de ambición
que es lo mismo.

Pero esta mañana
por alguna razón o sin razón alguna
-que también es lo mismo-
las tostadas y el café
no le supieron a nada.

¿Se debía, quizás,
a la grisura del día tras los cristales empañados?
¿a la llovizna fría y silenciosa?
¿a las imágenes mortecinas
que temblaban y gemían a la intemperie
como perros abandonados,
y que se perdían lenta y definitivamente
como ocurre con lo que deja atrás un hombre?

Todo había cambiado
Y todo seguía idéntico.
No quedaba nada de lo que hubo
pero ahí estaba todo.
Cada cosa en su lugar
y ninguna en su espacio.
Idéntica la forma, el peso, el sitio, la función
etcétera, etcétera.
Pero ya no estaban, lo sabía.
Y también
que era posible, que nunca hubieran estado
o que lo que él recordaba
todavía no había ocurrido
o que jamás ocurriría
y entonces lo que sí estaba:
él mismo
sus recuerdos,
nunca llegarían a ese sitio,
a ese tiempo
en el que ahora estaban.
Y eso era verdad sin duda alguna
y con toda seguridad no lo era.

Supo entonces
que se iba terminando.
Palabra tras palabra, idea tras idea.
Supo que
si se negara a pronunciar la última
a escribirla, a pensarla
sería inmortal.
Pero Dios
-en su bondad infinita-
Le había ocultado cual era esa palabra
La había tachado de su manual de usuario.

Entendió finalmente
que ya no le quedaban ciudades
a las que regresar,
ni en las que perderse,
que ya había estado en todas
y que jamás conocería ninguna,
que aún no existía alguna que hubiera sido fundada
pero que todas ya eran ruinas, cenizas.
Y un viento helado.

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