Viaje al Corazón de las tinieblas

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“Al final hace falta saber donde las palabras se acaban”, escribía Carl Einstein a Pablo Picasso en enero de 1939, al tiempo que la República Española se derrumbaba traicionada por las democracias europeas que avanzaban, inconscientes, como el sonámbulo de Caligari, hacia el horror universal de la guerra, al holocausto y al monstruoso paradigma nuclear. Y esa curiosidad ontológica subsiste, debe subsistir algo (poco o mucho) en nosotros, en nuestro contemporáneo: Una indagación obstinada que, imprudentemente nos acerca al abismo de la verdad. Y eso pese a una posmodernidad profundamente descreída de los grandes relatos, de las cosmogonías. La función narrativa está perdiendo sus “functores” –así describiría Jean-François Lyotard este paisaje- sus grandes héroes, sus grandes peligros, sus grandes viajes, sus grandes metas y, acotaríamos nosotros, en consecuencia simplifica y fragmenta y, reduce y estrecha el campo de la historia a las proporciones de un microrelato.

¿Hay inocencia en este juego de proporciones? ¿Caben las gestas del colonialismo, de los genocidios, de la depredación desmesurada de la naturaleza en un relato alternativo de la realidad, en un intercambio de subjetividades, en un sistema de lenguaje que nunca dice? Y consecuentemente, ¿Hay culpa en el hombre civilizado que se limito a servir con tesón y honestidad el imperativo categórico de hacer de su razón (frente a la sinrazón de la barbarie) una ley universal?

 

Sobre “El Corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad y otras inspiraciones usadas libérrimamente: “Exterminad a todos los salvajes”; de Sven Lindqvist; “Joseph Conrad’s Letters to R. B. Cunninghame Graham”, C.T.Watts, editor, 1969; Adolf Pokorny “Carta a Himmler”, 1941; “Cahier d’un retour au pays natal”, Aimé Césaire, 1939, “Cnel. Friederich Rauch , Parte de Guerra”, 1828; Attila Jozsef “Poemas escogidos”, 1963; “Viaje al África tenebrosa en busca de Emin Bajá”, de Henry Morton Stanley, 1983; “Sonnet XIX”, de John Milton; Ezra Pound, “Personae”, 1909. “La tragedia del Congo”, de G. W. Williams, Roger Casement, Arthur Conan Doyle y Mark Twain.

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