“Y recuerdo que yo caminaba sobre un río…

”Mis recuerdos se limitan al joven Santiago Kovadloff de finales de los años sesenta. Al otro, al que sé quién es ahora, no logro identificarlo en aquel. Pasamos muchas noches desveladas en su departamento de la calle Serrano, a media cuadra de Santa Fe, noches de escritura, charlas largas, íntimas, densas y –aunque solo por mi parte- consumo inmoderado de tabaco y ginebra Bols con hielo. Disfrutábamos los recreos del trabajo que nos ocupaba. En su transcurso nos confesábamos cosas terribles, ensayábamos una traducción de la “Ode Maritima” de Álvaro de Campos (o Fernando Pessoa, ahora se me confunden), escuchábamos los rugidos, aullidos, chillidos, barritos, gruñidos, etcétera, que subían desde el Jardín Zoológico y, también, música popular brasileña (él –parte de cuya adolescencia había transcurrido en São Paulo,- me traducía las letras de Chico Buarque o Vinícius de Moraes).
Recuerdo particularmente una de ellas, se llamaba “O mar” y era de Dorival Caymmi, decía: “O mar quando quebra na Praia/ é bonito, é bonito”, y recuerdo también que nos confesamos que, de haber nacido con el talento necesario para escribir algo tan simple, tan básicamente hermoso, ni él ni yo hubiéramos tenido el coraje de firmarlo.
Nos ocupaba –ya me olvidaba de aclararlo – un libro cinematográfico cuyo protagonista, que iba a encarnar Pepe Soriano, era un poderoso industrial (a lo Cristiano Ratazzi) sumamente inquieto por el triunfo de la formula Framini-Anglada en las elecciones de la provincia de Buenos Aires de 1962.
Ese guión, tras su obligada lectura por el Ente de Calificación Cinematográfica, fue prohibido, y a nosotros, aunque ahora cueste creer nuestra ingenuidad, nos sorprendió de verdad que un organismo autorizado para cortar escenas y eliminar películas enteras, pero no para ejercer la censura previa, de todas maneras la ejerciera.
A mi radicación en España, en 1977, siguieron algunas cartas, la recepción de dos envíos de Santiago (“Zonas e indagaciones” y “Canto abierto”) y, poco más. Después, ese silencio que duele pero que -terminé entendiéndolo- resulta difícil evitar, ya que está en la naturaleza de la ausencia, en la del exilio.
En 1994 regresé al país y –si alguien me lo hubiera pronosticado no le hubiera creído- no corrí a reencontrarme con Santiago. Hablamos dos veces por teléfono, nos prometimos una cena (sin fijar la fecha) que, quizás porque reconocí afecto y emoción real en su voz, y estoy seguro que él los percibió en la mía, jamás tuvo lugar.
No creo que haya necesidad de explicar las razones.
La censura del guión cinematográfico que, como dejé dicho, escribíamos juntos en 1968, provocó algún escándalo, moderadas protestas y una demanda jurídica contra el Ente Regulador del Instituto de Cine que, por lo que recuerdo, no prosperó.
Hay estudios muy recomendables sobre la historia de la censura cinematográfica en la Argentina (anoto rápido, sin mucho rigor y como ejemplo, los de Alsina Thevenet, Hernán Invernizzi, Ramírez Llorens, Di Nubila, etcétera). No obstante, sobre este episodio puntual, que más allá del relativo interés artístico de quienes lo protagonizamos, era, sin duda, política y culturalmente trascendente, no encuentro en ellos una sola palabra.
El recorte de la Revista “Confirmado” del 3 de Julio de 1969 que adjunto, me prueba que todo aquello ocurrió, que no fue, como llegué a sospecharlo, un mal sueño.

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